La pregunta que ronda a los docentes: ¿Por qué hacemos lo que hacemos?
La pregunta que ronda a los docentes: ¿Por qué hacemos lo que hacemos?

La pregunta persistente en la mente de los educadores

Aunque siempre debemos abordarla con cautela, no deja de ser una cuestión inquietante que aparece recurrentemente, especialmente al finalizar una jornada de clases. Esta interrogante surge de manera espontánea y sus posibles respuestas pueden ser múltiples e incluso estar entrelazadas de formas sutiles. En cualquier caso, considero que es saludable plantearla y reflexionar profundamente sobre ella, sin caer en exageraciones ni dramatismos innecesarios.

Estoy convencido de que esta experiencia es común a todas las profesiones, cada una manifestándola según sus particularidades y según la disposición de quien se formula la pregunta. El objetivo es provocar esta reflexión sin incurrir en falsas autoindulgencias ni en angustias infundadas. El simple hecho de pensar en ello ya representa una ganancia significativa para el desarrollo profesional.

El cansancio docente: un fenómeno natural y complejo

Sucede que, en ocasiones, uno se cansa. De todo. De lo que realiza y, por paradójico que parezca, de lo que deja de hacer. Esto no tiene nada de extraño ni de negativo. Tampoco está necesariamente relacionado con la edad. Simplemente, ocurre que uno experimenta fatiga.

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Los maestros, en particular, tenemos una marcada tendencia hacia la rutina, hacia la repetición de patrones, hacia convertir el noble y hermoso arte de la docencia en círculos concéntricos que se superponen. Por diversas razones, frecuentemente asociadas al ámbito laboral escolar, a las condiciones concretas de trabajo y a las limitaciones institucionales que enfrentamos.

Y, en una aparente paradoja, son precisamente esas restricciones las que posibilitan que el docente reflexione sobre su labor de enseñar un saber específico que, al menos en teoría, es lo que lo define como maestro.

La verdadera esencia del maestro

La realidad, sin embargo, es más compleja de lo que parece. Lo que convierte a alguien en maestro no es únicamente el conocimiento que transmite. Aunque indispensable, el saber disciplinar es apenas uno de los componentes del intrincado entramado de saberes que un educador debe considerar.

Son sus estudiantes quienes verdaderamente lo convierten en maestro, de ahí surge su obligación de conocer profundamente a sus alumnos y los diversos contextos en los que se desenvuelven. Debe comprender la relación íntima que establece con el conocimiento que transmite, porque es evidente que un maestro ha tomado su saber para ser enseñado; es decir, para transformarlo en un saber pedagógico.

Finalmente, debe mantenerse actualizado respecto a los centros de creación e información de las comunidades que desarrollan los saberes, los cuales él como educador apropia de alguna manera e interpreta. Todo esto sin olvidar la relación que sus discípulos van estableciendo con aquello que les enseña y que cada uno asimila según su propia personalidad e intereses particulares.

El andamiaje relacional del aula

Esa compleja red de relaciones que se construye diariamente dentro y fuera del aula es precisamente donde surge la pregunta fundamental: ¿por qué hacemos lo que hacemos? O su variante cercana: ¿qué sucedería si lo hiciéramos de manera diferente?

Reflexionar sobre nuestras prácticas docentes constituye un primer paso esencial para investigar nuestros saberes y la forma en que los transmitimos. Además, este ejercicio de introspección puede ayudar a espantar el cansancio que a veces nos abruma.

Me planteo esta cuestión con especial interés porque sé que pocos de nuestros estudiantes han expresado el deseo de seguir el camino de convertirse en maestros. De parecerse a nosotros. Se cuentan con los dedos de las manos. Las razones son múltiples y variadas.

Lo cierto es que, en términos generales, las cohortes de bachilleres eligen todo tipo de carreras profesionales, entre las cuales las licenciaturas y las carreras de educación y pedagogía aparecen escasamente representadas. ¿Por qué ocurre esto? ¿Cuánta responsabilidad tenemos nosotros en esta situación?

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La belleza del cansancio docente

En mi caso personal, a pesar del agotamiento que aparece y desaparece cíclicamente, yo quise emular a mis maestros, a algunos en particular. Deseé ser como ellos, dedicarme a la enseñanza porque constituye, sin duda alguna, una de las formas más bellas del cansancio humano. Una fatiga que nace del compromiso, de la entrega y de la construcción constante de conocimiento compartido.

La docencia, con sus desafíos y sus recompensas, sigue siendo un espacio donde la pregunta sobre el sentido de nuestra labor seguirá resonando, invitándonos a mejorar, a reinventarnos y a encontrar nuevas respuestas en el diálogo permanente con nuestros estudiantes y con nosotros mismos.