Jorge Luis Borges: el genio que transformó la literatura
Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires en 1899, en una casa con patio que luego aparecería en sus poemas. Descendía de hombres de letras y de guerra, y confesó sentirse acomplejado por no ser un hombre de acción, sino un lector sedentario. De su biblioteca paterna recibió la poesía; de su madre, el gran amor de su vida.
Borges creció en el barrio de Palermo, entonces una zona marginal de cuchilleros. Era tímido y tartamudo, y en la escuela sufrió burlas por ello. En su juventud europea se unió a las vanguardias, siendo ultraísta militante. Al regresar a Argentina, se transformó en un poeta criollista, fascinado por la mitología patria. Compuso milongas y tangos, y escribió cuentos como Hombre de la esquina rosada, narrando hazañas de cuchilleros.
Dijo que había vivido poco y leído mucho. Su curiosidad y cosmopolitismo dieron lugar a un universo donde Las mil y una noches bailaban con gauchos del Martín Fierro. En los años 30, se convirtió en el Borges de la revista Sur, filósofo del tiempo y lo infinito, que provocaba con textos trampa y exploraciones de la realidad.
Fue desafortunado en el amor. Su vida sentimental fue una serie de frustraciones, y cuando el amor existía, su madre lo alejaba. Sorprende que el dolor apenas apareciera en sus relatos: lo psicológico y lo pasional quedaron reducidos a conceptos intelectuales.
En 1938 sufrió un accidente que casi le cuesta la vida. De sus sueños de hospital recibió inspiración para relatos espléndidos. Despertó con la intuición de que la realidad era tan ilusoria como las ficciones, y solo las creaciones nos dan herramientas de interpretación.
Evitó la novela, a la que llamó "laborioso desvarío", y se centró en cuentos inteligentes y misteriosos. En 1941 publicó El jardín de senderos que se bifurcan, incluido en Ficciones. En 1949 publicó El Aleph, su obra maestra, donde aparecen sus dos dimensiones: el Borges de biblioteca, erudito y universal, y el Borges argentino, fascinado por la gauchesca.
La fama le llegó cuando ya era ciego, después de un oscurecimiento progresivo. En 1963, mientras aún reseñaba literatura en revistas, cayó sobre él una reputación mundial. En París, deslumbraba con conferencias sobre el género fantástico, desplegando su conocimiento infinito.
En 1975, la muerte de su madre le arrebató a la mujer de su vida. A ella dedicó El remordimiento, poema donde lamentaba haber sido un infeliz. Ni la soledad ni la ceguera apagaron su pasión literaria: a sus ochenta años dictaba poemas y viajaba por un mundo que solo podía imaginar. En su senectud fue un mito, un símbolo de argentinidad y un eterno entre los literatos del siglo XX.
Borges murió en Suiza el 14 de junio de 1986. Según Bioy Casares, murió recitando el Padrenuestro en anglosajón, inglés, francés y español. Sus restos yacen en el Cementerio de los Reyes. Es probable que muriera sin aceptar la transformación que su obra trajo a la literatura hispanoamericana.
Su obra transformó la lengua de tanto desobedecerla. Hizo del español una lengua puntual y precisa, con adjetivos insólitos y economía de recursos patológica: en sus textos nunca faltaron ni sobraron las palabras. Borges fue una anomalía: no era un escritor encerrado en una tradición nacional, y eso facilitó su libre conocimiento de la cultura mundial. Nadie conocía como él los mitos escandinavos, la literatura inglesa o las tradiciones orientales. Encarnó la ruptura de un complejo de la literatura latinoamericana.
De su obra se hicieron películas, tangos y poemas. Influenció a quien lo leyó, a menudo causando estragos en quienes las formas borgianas convirtieron en parodias. Con el tiempo, es evidente que la revolución de Borges es unipersonal y nace de una pura autenticidad. Dicen que los escritores no consiguen escribir lo que quieren, solo lo que pueden. Pero leyendo sus páginas, uno no puede evitar pensar que quizás Borges llegó a conseguirlo. Él mismo lo decía: “No sé por qué insisto en ser Borges”.



