En 2025, Colombia registró 433.678 nacimientos, la cifra más baja de la última década, y una tasa global de fecundidad de 1,0 hijos por mujer, por debajo del 1,1 de 2024 y muy lejos del nivel de reemplazo poblacional de 2,1. En un país que hace apenas cincuenta años tenía seis hijos por mujer, y que en 2008 registraba más de 715.000 nacimientos, la caída es dramática. Colombia perdió, en menos de dos décadas, la capacidad demográfica de reponerse. En fecundidad, ya es más frugal que Italia y España, se iguala con el Japón envejecido y se acerca, sin haber sido rico, al abismo demográfico de Corea del Sur.
Factores económicos y sociales detrás de la caída
Las lecturas convencionales de esta caída son ciertas, pero insuficientes. Los salarios no alcanzan; la vivienda se volvió inaccesible; el trabajo formal escasea; las mujeres, más educadas, más autónomas y más presentes en el mercado laboral que nunca, posponen o eluden una maternidad que este país no les hace fácil. Todo eso es verdad y ninguna política pública puede ignorarlo. Pero el diagnóstico económico no explica del todo lo que estamos viendo. Israel, en guerra permanente, tiene 2,9 hijos por mujer. Corea del Sur, próspera y en paz, tiene 0,7. La diferencia entre ambos no la mide el PIB, sino algo más difícil de nombrar: la convicción de que el futuro merece ser habitado.
Una crisis de esperanza
Ese es el fondo del asunto. Una sociedad que deja de tener hijos es una sociedad que, sin decirlo en voz alta, ha dejado de creer en su continuidad. No se trata de moralizar contra los jóvenes ni de acusarlos de egoísmo generacional, como hacen los púlpitos apurados. Se trata de reconocer que hay algo más profundo que el precio del arriendo o la incertidumbre laboral: hay un desgaste de la esperanza. Traer a alguien al mundo es, en el fondo, un acto de fe. Fe en que la vida vale la pena. Fe en que el país seguirá existiendo mañana. Fe en que uno mismo tendrá algo que legar más allá de la ansiedad. Cuando esa fe se apaga, ninguna estadística la reemplaza.
Consecuencias demográficas y económicas
Las consecuencias materiales de esta pérdida ya están a la vuelta de la esquina. Para 2036, dentro de apenas diez años, la población colombiana mayor de 60 años superará a la de menores de 15. Para 2070, uno de cada tres colombianos tendrá más de 65 años. El sistema pensional, ya frágil, no está preparado: apenas el 25% de la población en edad de trabajar cotiza efectivamente, y solo el 25% de los mayores de 60 recibe una pensión formal. Los colegios pequeños cierran cursos; los pediatras se reconvierten en geriatras; las salas de maternidad se transforman en unidades para adultos mayores. El país que se avecina no es peor ni mejor: es simplemente otro, y llegará con o sin nuestro consentimiento.
Un envejecimiento sin riqueza
Colombia se está envejeciendo antes de haberse vuelto rica, y llegará a esa vejez sin las redes de cuidado, sin las pensiones ni la infraestructura hospitalaria que hicieron soportable el envejecimiento europeo o japonés. Y llegará, además, con una herida más profunda que la fiscal: la sensación difusa de que, en la vida colombiana, las heridas nunca cierran. Esa desesperanza no aparece en las encuestas, pero se expresa en cada cuna que no se compró. La respuesta no puede ser solo económica —vivienda, salarios, cuidado infantil, políticas familiares serias—, aunque todo eso haga falta, y urgentemente. Tiene que ser también una respuesta de sentido: reconstruir la convicción de que Colombia es un lugar donde valga la pena empezar algo.
Un país que deja de tener hijos no desaparece. Se apaga por dentro, silenciosamente, un cuarto de casa a la vez. Colombia tiene todavía tiempo de decidir si quiere seguir siendo un país al que valga la pena traer a alguien. Pero el tiempo, como siempre en estos temas, se está acabando.



