Digitalización total: ¿progreso o riesgo de colapso?
Digitalización total: ¿progreso o riesgo?

La digitalización total ingresó a nuestras vidas y negocios con la fuerza de un dogma incuestionable. Entró por la puerta, barriendo a su paso los vestigios del mundo analógico bajo la promesa de una utopía de eficiencia absoluta.

Nos sedujo mostrando solo sus bondades: la inmediatez como prueba de productividad, la “infalibilidad” de los sistemas y una “inteligencia” que da respuesta a todo. En ese idilio tecnológico, compramos la idea de que lo antiguo era sinónimo de obsoleto; nos mudamos en masa a la nube sin leer la letra pequeña, sin medir riesgos y asumiendo, con ingenuidad, que la velocidad equivale a progreso.

En un cuarto de siglo, operamos un cambio cultural drástico: lo que antes era el estándar de confianza hoy es sospechoso. Utilizar procesos analógicos pasó de ser una alternativa a considerarse un riesgo de ineficiencia y obsolescencia.

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De pronto, lo escrito a mano carece de veracidad, lo que no deja una huella digitalizada parece carecer de trazabilidad y la credibilidad se le otorga antes a un archivo encriptado que a uno firmado por un individuo.

Ante este panorama, cabe hacernos una pregunta incómoda: ¿acaso la civilización y los negocios no prosperaron y se protegieron con backups manuales durante más de dos milenios? Confiarle la memoria del mundo y la continuidad de las organizaciones exclusivamente a un código no es evolución; es amnesia histórica frente a los sistemas que sostuvieron a la humanidad por siglos.

La vulnerabilidad sistémica de la era digital

Esta vulnerabilidad sistémica nos obliga a rescatar la pregunta que formulaba hace tiempo una periodista argentina: ¿qué pasaría si internet colapsa? La respuesta es clara: una crisis de desconexión global que sofocaría, por su velocidad y alcance, a cualquier pandemia, guerra o hambruna reciente, dejando a la humanidad completamente al desnudo. ¿Puede ocurrir una catástrofe de tal magnitud? Negarlo sería de una ingenuidad imperdonable.

La infraestructura que sostiene el mundo puede quebrarse en cualquier momento, ya sea por un fallo técnico o por un acto de locura humana. Esto último no es en absoluto impensable en una época donde los liderazgos erráticos y los neuróticos digitales pululan tanto en las calles como en la red, demostrando que el botón de apagado del mundo está a merced de la inestabilidad mental de pocos.

La necesidad de un plan B analógico

Para los tecnócratas, plantear este escenario podría resultar neurótico u obtuso. Sin embargo, la verdadera desconexión inteligente radica en entender que el plan B de lo digital no puede ser otra capa digital más potente y compleja; el verdadero chequeo cruzado contra la incertidumbre se encuentra en lo analógico.

No se trata de emprender un éxodo romántico de regreso a las cavernas, sino de estructurar una convivencia sana, necesaria y, sobre todo, estratégica entre ambos mundos. En un planeta hiperconectado y frágil, mantener procesos físicos, registros en papel y dinámicas desconectadas no es un síntoma de atraso.

Al contrario: es la póliza de seguro más inteligente que una sociedad puede pagar para evitar que, el día en que las pantallas se apaguen, nos quedemos a oscuras para siempre.

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