Testimonio del terremoto en Caracas: miedo y ruinas en Venezuela
Terremoto en Caracas: miedo y ruinas en Venezuela

Un estruendo invisible curvó la espalda del narrador y un movimiento violento sacudió su cuerpo. Así describe Truman Percales, columnista invitado de El Espectador, el momento en que un terremoto de gran magnitud golpeó Caracas, Venezuela. El sismo se sintió antes de empezar, en un instante que la naturaleza concede al instinto para tensar el cuerpo y evitar romperse.

Alertas de la naturaleza y el caos inicial

Alaridos salvajes de guacamayas y loros espantados recorrieron el cielo, chocando contra edificios anclados sobre las ruinas de una ciudad que sufre desde hace tiempo. El narrador se abrazó a su pareja con miedo profundo, mientras un hombre joven agitaba las manos gritando para que se arrastraran hacia el centro de la calle, lejos de edificios y árboles. El Ávila, montaña emblemática de Caracas, quedó cubierta por una nube grisácea, con una puesta de sol que llegó antes de tiempo. El aire fresco se detuvo, y golpes secos rebotaron en el asfalto agrietado.

Ruinas sobre ruinas: la tragedia recurrente

El relato describe cómo el terremoto se suma a años de escombros, miseria y éxodo. Calles y esquinas están repletas de historias de quienes han cruzado fronteras huyendo o han resistido la hecatombe venezolana sin fin. El silencio que siguió al sismo es descrito como rotundo y criminal. El miedo, que se había aliviado en meses recientes, ha vuelto a moverse entre las ruinas de casas y edificios colapsados, entre barrios que ya no existen, y entre las manos temblorosas de voluntarios que remueven piedras con linternas fatigadas.

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Una mujer negra, trabajadora del hogar, se lamenta mientras intenta hablar con su hija: “Ahora que empezábamos a respirar después de tantos años”. Se oye un lloro al otro lado de la montaña, sobre la costa, una tierra desgarrada desde el fondo del Caribe por una naturaleza que también ha sufrido la codicia y el maltrato.

La maldición de las desgracias acumuladas

El columnista reflexiona que cuando una maldición así de grande llega a una familia, una vereda, una ciudad o una patria entera, no es casualidad. Nunca es casualidad que se junten todas las desgracias en la misma puerta a lo largo de una vida de padecimientos. Es la consecuencia de muchas otras pequeñas maldiciones que han pasado desapercibidas o han sido aceptadas como males menores. Ruinas sobre ruinas se repiten, ahogando la esperanza, igual que se repiten las pisadas en la selva de los que huyeron o los alaridos de las aves sobre el Ávila alertando sobre la agonía de la humanidad.

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