En varias ocasiones he ejercido el voto en blanco y continúo defendiendo esa opción. Sin embargo, en esta oportunidad no deseo hacerlo, no solo porque en segunda vuelta el voto en blanco carece de efecto jurídico, sino porque el descontento que manifiesta no ha sido tomado en cuenta por quien gana, ni siquiera cuando ha superado el 4 % de la votación, como ocurrió en las segundas vueltas de 2014 y 2018. En Colombia, eso de "gobernar para todos" —frase común en los discursos de victoria— ha sido, en el mejor de los casos, un intento breve, superficial y fallido. Los opositores y quienes votan en blanco nunca han tenido cabida.
Preocupación por el modelo de país
Esta vez, aunque mantengo la inquietud por no tener cabida, tengo una preocupación mayor: la transformación del modelo de país, pues con ambos candidatos se encienden mis alarmas. No exactamente por lo que proponen —de hecho, coinciden en algunos puntos— sino por cómo plantean lograrlo. En un caso, tengo la certeza de que su método no dará los resultados que le convienen a Colombia; en el otro, tengo una nerviosa incertidumbre sobre lo que haría con su inmenso poder como gobernante. En términos gráficos, siento que Colombia camina hacia un abismo: en un caso con los ojos abiertos, y en el otro con los ojos cerrados.
Una posición de centro
Siendo de centro, como me autodefino, nunca he estado en contra de la derecha o la izquierda. Siempre he reconocido sus fortalezas y criticado sus errores, rechazando los delitos de ambas. Soy una de esas tibias que muchos miran con recelo, pero orgullosamente tibia. Lo que he combatido es el autoritarismo, el fanatismo, la descalificación violenta al adversario, la resistencia a la crítica, la censura, el matoneo, el uso inescrupuloso del poder y los recursos del Estado para asegurar respaldo popular, y el rompimiento de las reglas democráticas.
Dejo fuera del análisis algunos ideales que considero fundamentales, pero que ya me resigné a que esta vez tampoco lograremos, como la convivencia respetuosa entre quienes piensan distinto. Históricamente, en ambas corrientes ideológicas ha sucedido esto, y es más probable cuanto más extremas son, como en el balotaje actual. Con esto en mente, trato de responderme varias preguntas: ¿de qué y de quién podemos recuperarnos más fácilmente los colombianos? ¿Qué proyectos, valores y principios son más viables de defender, aunque sea difícil, si el próximo gobierno los pone en jaque?
Polarización y reconciliación
El resultado de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo mostró que sumar entre diferentes interesa a pocos. Las encuestas ya lo evidenciaban: solo un 6,5 % prioriza la capacidad de unir a los colombianos para elegir candidato, según Invamer de mayo, y se confirmó con el magro resultado de los candidatos de centro en primera vuelta (5,21 % entre Sergio Fajardo y Claudia López).
La reconciliación queda para después... ¡algún día! Lo que viene, gane quien gane, será un nosotros contra ellos y ellos contra nosotros. En ese escenario, mi pregunta final no es quién podrá salvarnos, sino de quién podremos salvarnos. Con la respuesta que me dé, definiré mi voto, teniendo claro que esta vez esta tibia ha decidido no votar en blanco.
Pensamiento suelto: Quiero pensar que fue principalmente por la polarización, y no por tratarse de una mujer y un gay, que tanta gente rechazó la fórmula Paloma-Oviedo. ¿Peco por ingenua?



