El instante silencioso que revela nuestra ausencia
En la película “Comer, rezar, amar”, la protagonista Liz llega a un ashram en India y pregunta a alguien que no responde, pero que le muestra una escarapela que dice “estoy en silencio”. Esa escena evidencia una práctica que busca algo muy simple, pero casi inalcanzable en estos días: estar presente. En la vida cotidiana, muchas veces los días, las semanas y los meses pasan tan rápido que no somos conscientes del tiempo que tomó. En el yoga también sucede: existe un momento silencioso que suele pasar desapercibido, el instante en que uno se sienta sobre el tapete. Aparentemente ya llegó, pero el cuerpo puede estar ahí mientras la mente sigue respondiendo correos, repasando una pelea o anticipando el mañana. La práctica aún no ha comenzado porque la persona todavía no ha llegado.
La paradoja de la hiperconexión
Ese instante resume una paradoja de nuestra época. Vivimos convencidos de que estamos en todas partes: en la oficina, en una reunión familiar, en una conversación con un amigo o de vacaciones. Pero, ¿cuántas veces estamos realmente presentes? La tecnología nos permite estar conectados permanentemente y, al mismo tiempo, ausentes de casi todo. Llegamos físicamente a los lugares, pero emocional y mentalmente seguimos en otro espacio. Ni qué decir de los constantes estímulos externos que recibimos en los celulares: llamadas repetitivas de Rusia, SMS de promociones y mensajes de WhatsApp que hay que responder afanosamente. El yoga nos recuerda que la verdadera llegada no depende de la geografía, sino de la atención que brindamos al momento.
Aceptar el instante sin cambiarlo
Llegar implica aceptar el instante en el que estamos sin intentar cambiarlo de inmediato. Esa aceptación suele ser incómoda porque nos enfrenta con el cansancio, la ansiedad, el miedo o la dispersión que hemos acumulado sin darnos cuenta. Tal vez por eso muchas personas prefieren mantenerse ocupadas: hacer resulta más fácil que detenerse y observar. En la vida cotidiana ocurre lo mismo. Antes de iniciar un nuevo trabajo, de tomar una decisión importante o de comenzar una conversación difícil, existe un instante de llegada. Es el momento de reconocer desde qué lugar emocional estamos actuando. Cuando ese espacio desaparece, reaccionamos en lugar de responder; repetimos hábitos en lugar de elegir conscientemente.
Una lección económica: presencia versus productividad
Incluso hay una lección económica en esta idea. La productividad moderna premia la velocidad, pero rara vez la presencia. Medimos cuánto hacemos, no cuánta atención ponemos en lo que hacemos. Sin embargo, eso no significa que no podamos desarrollar la habilidad silenciosa de llegar antes de actuar. Tal vez por eso el inicio de una práctica de yoga no consiste en adoptar la postura más difícil, sino en el desafío de respirar y darse cuenta de que uno está aquí. Parece un gesto sencillo, pero puede convertirse en el acto más revolucionario de su día. Porque, de los 1.440 minutos que tiene un día, ¿cuántos estamos realmente presentes?



