En la política, como en la vida, la iniciativa es como la inocencia: cuando se pierde, nunca se recupera. En ambos ámbitos, la pérdida se siente como un golpe duro del que solo se toma conciencia después de recibirlo. Además, la recuperación es difícil y lenta. Pero la iniciativa no se pierde de un momento a otro; se va diluyendo en una cadena de errores silenciosos y fracturas imperceptibles que conducen a la inmovilidad.
En política, la iniciativa se define como esa fuerza que permite a un político impulsar cambios, establecer agendas, movilizar apoyos y orientar el curso de los acontecimientos. Es la base para construir poder y hacer política. Maquiavelo entendía que la iniciativa es la fuerza que permite al gobernante moldear los acontecimientos; su pérdida lo deja a merced de la fortuna. Un gobernante sin iniciativa no moldea los hechos, sino que estos lo arrastran por el fango, marcando el declive del poder. Para Gramsci, la iniciativa es el fundamento de la hegemonía; perderla no solo la resquebraja, sino que inicia una crisis de autoridad.
Esto es lo que ocurrió tanto con el gobierno como con la oposición en Colombia. Por un lado, Gustavo Petro, debido a continuos errores y fracturas institucionales generadas por sus órdenes, fue perdiendo la iniciativa política. Su excesiva presencia en redes sociales, declaraciones inadecuadas, falta de respeto por las reglas del juego político e institucional, el desorden interno del Gobierno y la sucesión de escándalos de corrupción en todos los niveles le permitían mantener el control de la agenda pública, pero le restaban capacidad para impulsar sus reformas en el Congreso, movilizar apoyos en las calles y orientar el curso de los acontecimientos gubernamentales, en un escenario con cada vez más frentes de confrontación política.
La entrada en el proceso electoral, lejos de dar un lugar protagónico al candidato Iván Cepeda, sobrecargó de responsabilidades al Gobierno y desgastó el poder presidencial. El candidato del Pacto Histórico desarrolló una campaña de primera vuelta montado en la cresta de la popularidad del Presidente y la acogida de sus "realizaciones". Sin darse cuenta, como diría Miguel Yusti, convirtieron a Cepeda en un subalterno de Petro. Creyeron que con el discurso de Petro y los silencios del candidato ante los escándalos y problemas del Gobierno sería suficiente para ganar en primera vuelta.
Sin embargo, el verdadero problema radicó en otro lugar. La preocupación obsesiva por el presidente Uribe hizo perder el foco a la campaña de Cepeda. Desde la formulación de la propuesta de gobierno (que cita a Uribe casi un centenar de veces) hasta la designación de la senadora nasa Aida Quilcué como candidata a la vicepresidencia, todas las decisiones y acciones estuvieron atravesadas por el objetivo de derrotar a Uribe. No se percataron de que Uribe, nublado por la amenaza que representaba la creciente favorabilidad electoral de Cepeda para su futuro, también había perdido el foco al no poner orden en la cada vez más desorganizada y errática campaña de su candidata Paloma Valencia. Como jefe de la oposición, también se había quedado sin iniciativa política.
La inmovilidad y el silencio le hicieron perder a Cepeda la iniciativa política en el proceso electoral. El exceso de confianza en las encuestas y el encerramiento de los responsables de la campaña no le permitieron escuchar ni siquiera los llamados de Petro a reaccionar. Tanto que el Presidente llegó a considerar la posibilidad de renunciar para asumir la campaña de su heredero. Los 10’300.000 votos de Abelardo les hicieron sentir el golpe de haber perdido la iniciativa política, pero ya era tarde. También habían perdido la inocencia.
Lecciones de la pérdida de iniciativa
Este análisis de Pedro Medellín, profesor titular de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional, subraya cómo la falta de iniciativa puede desencadenar crisis políticas profundas. La experiencia de Petro y Cepeda muestra que la inmovilidad y el silencio, junto con la obsesión por el adversario, pueden costar caro en el terreno electoral. La iniciativa, esa magia del poder, requiere acción constante, adaptación y capacidad de escucha para no perder el rumbo.



