La victoria de Abelardo De la Espriella en las elecciones presidenciales de 2026 dejó múltiples lecturas políticas, pero una de las que más fuerza ha ganado en los días posteriores apunta al papel que habrían desempeñado las comunidades religiosas en el resultado. La estrecha diferencia de 250.000 votos reactivó el debate sobre la capacidad de movilización de las iglesias y el peso que pueden tener como electorado.
El voto religioso, un factor clave en la contienda
Según análisis recientes, la capacidad de movilización religiosa fue relevante en la elección del próximo presidente de Colombia, como plantea el consultor político Nicolás Rojas Holguín en una columna de opinión. En ella sostiene que la fe se consolidó como fuerza electoral con influencia nacional. De acuerdo con el autor, durante años buena parte de la dirigencia política, los analistas y los consultores concentraron sus esfuerzos en interpretar variables como las encuestas, las alianzas partidistas y las estructuras regionales tradicionales, mientras una fuerza social de gran tamaño crecía silenciosa. La elección de 2026 puso en evidencia un componente religioso que no siempre fue correctamente dimensionado.
Demografía religiosa en Colombia
El argumento parte de una realidad demográfica que, según expone Rojas Holguín, sigue caracterizando al país: entre el 80% y 90% de colombianos se identifican con una religión, y el cristianismo continúa siendo ampliamente mayoritario. Añade que los sectores evangélicos y protestantes reúnen millones de personas, además de una extensa red de iglesias con presencia nacional en prácticamente todos los municipios del territorio nacional.
Estrategia de campaña basada en valores
Bajo esa perspectiva, la pregunta no era si ese electorado existía, sino quién lograría interpretarlo políticamente. Para el consultor, De la Espriella identificó una oportunidad al construir mensajes relacionados con valores cristianos. Lo que para algunos observadores podía verse como una expresión ideológica o una convicción personal, para el autor correspondió a una estrategia de conexión con una audiencia específica. Rojas Holguín sostiene que uno de los mayores aciertos consistió en construir comunidad política alrededor de principios compartidos. Millones de ciudadanos encontraron representación en mensajes vinculados con sus creencias y valores, lo que permitió ampliar la conversación electoral más allá de temas como la economía, la seguridad o la administración pública.
Movilización más allá de lo programático
Partiendo de lo anterior, afirma que cuando una elección entra en terreno de valores, la movilización puede adquirir intensidad superior. Las personas pueden modificar su posición frente a determinadas políticas públicas, pero difícilmente abandonan aquello que consideran esencial para su forma de entender la vida. Desde esa óptica, la campaña logró activar motivaciones más profundas dentro de una parte importante del electorado.
La diferencia de 250.000 votos y el rol de las iglesias
La estrecha distancia es elemento central del análisis. Para Rojas Holguín, una diferencia de 250.000 votos convierte a un grupo en actor determinante dentro de la contienda electoral. En ese contexto, el autor destaca el trabajo de iglesias y líderes religiosos durante la campaña. A su juicio, lo ocurrido en 2026 marcó una diferencia frente a procesos anteriores porque transformó afinidad cultural en expresión política organizada. Mientras la atención pública se concentraba en los movimientos de los partidos tradicionales, se consolidaba una estructura con presencia territorial, capacidad de convocatoria y un mensaje claramente definido.
El papel de Marco Acosta y la Gerencia Nacional de la Fe
Dentro de ese proceso, el autor otorga un papel destacado a Marco Acosta, pastor y concejal de Bogotá, a través de la denominada Gerencia Nacional de la Fe. Su labor permitió articular iglesias, líderes religiosos y comunidades alrededor de temas como la defensa de la vida, el fortalecimiento de la familia, la libertad religiosa y otros valores considerados prioritarios por millones de ciudadanos.
Implicaciones para el futuro político
Más allá del resultado electoral, Rojas Holguín considera que el principal aporte consistió en demostrar que un amplio sector de la sociedad está dispuesto a participar activamente en la discusión sobre el rumbo del país. La elección presidencial confirmó que las comunidades de fe pueden actuar como actores políticos con capacidad de incidencia nacional cuando logran organizarse alrededor de objetivos comunes. De esta forma, el debate ya no gira únicamente sobre cargos dentro del nuevo Gobierno, sino que se traslada a la representación de ciudadanos movilizados por estos principios dentro de las decisiones públicas. En ese escenario, la elección de 2026 deja una señal que, según el análisis, será difícil de ignorar para quienes aspiren a gobernar Colombia o sus regiones en los próximos años: la fe ya no se expresa únicamente desde los templos, sino que también ocupa un lugar visible dentro del nuevo mapa del poder político nacional.



