El voto unánime no es fusil, es dependencia: lo que necesitan los pobres
Voto unánime no es fusil, es dependencia estatal

En una mesa de votación en San Calixto, Catatumbo, 174 ciudadanos emitieron su voto. Los 174 fueron para Iván Cepeda. No hubo un solo voto en blanco ni nulo. Este caso no es aislado. David González documentó 812 mesas casi unánimes por Cepeda, y ocho de cada diez están en el Pacífico: Nariño, Cauca, Chocó y Valle. En un municipio con grupos armados, una mesa tiene 2,2 veces más probabilidad de votar en bloque. Aun así, varios analistas sostienen que el voto fusil no existe.

La racionalidad detrás del voto unánime

Pero ese debate, aunque importante, no es el que más le importa al país. La pregunta no es cómo votaron los más pobres, sino por qué votan así. El adulto mayor del Pacífico que por años recibió $80.000 de Colombia Mayor pasó a $230.000, casi el triple. Llegó la renta ciudadana, llegaron los contratos, llegaron más programas. ¿Por qué habrían de votar distinto? No es irracionalidad. Es racionalidad perfecta en un sistema que hizo de la dependencia estatal el único camino de movilidad. No votaron por el socialismo. Votaron para no perder lo único que el Estado les dio, porque nunca les permitió construir lo propio.

La falacia del Estado como salvador

Ante esto, el consenso es que lo que necesitan los territorios pobres es más Estado, y que los empresarios sean más “solidarios”, es decir, que paguen más impuestos y, con ello, más programas, más contratos y más transferencias. Es la falacia del Estado que saca de la pobreza. Pero los departamentos donde el Estado más ha gastado con programas sociales llevan décadas siendo los más pobres. No a pesar de su presencia, sino a causa de ella. Porque llegó a mandar, no a servir.

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Estado que estorba, no que libera

Llegó a cobrar impuestos, a regular, a exigir permisos, a repartir contratos entre una élite y a sembrar la dependencia y la mentalidad de víctima. Pero no llegó a dar seguridad para que un empresario opere sin pagar vacunas. No llegó a ofrecer justicia. No llegó a construir las vías por donde un campesino saque su cosecha. Llegó con todo lo que estorba y sin nada de lo que libera.

Igualdad de permiso: la clave para salir de la pobreza

Lo que los más pobres necesitan es la igualdad de permiso de Deirdre McCloskey, que De la Espriella y Restrepo deberían tatuar en su programa de gobierno. No igualdad de resultados, que es inmoral. No igualdad de oportunidades, que es utopía. Solo que nadie tenga trabas artificiales para participar en la economía. Que el pescador de Tumaco venda sin un inspector que le exige papeles impagables. Que la señora de Buenaventura abra su negocio sin un trámite que cuesta más de lo que tiene. Que el joven del Chocó entre a redes de riqueza sin que su única opción sea el Estado o el grupo armado. No piden subsidio. Piden permiso.

¿Cómo se entrega ese permiso?

Con lo que el Estado colombiano nunca ha dado bien allí: seguridad para trabajar, justicia para que se cumplan los contratos y humildad para dejar de estorbar. Achicar el Estado no es recortar burocracia en Bogotá. Es quitarle las garras de encima a la gente de Quibdó, de Tumaco, de San Calixto.

La pregunta de fondo: ¿son libres esas comunidades?

La pregunta de fondo no es si el voto fue libre o forzado. Es si esas comunidades son libres. Y no lo son: décadas de clientelismo las amarraron a su única fuente de ingreso, el gobierno de turno. El nuevo gobierno puede romper ese ciclo. No con más programas ni más impuestos, sino con lo que nunca hizo: seguridad, justicia y dejar de estorbar. Los pobres de Colombia no necesitan más Estado. Necesitan permiso para dejar de necesitarlo.

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