Por irreconciliables que parezcan las diferencias entre los principales aspirantes a suceder a Gustavo Petro, hay algo que todos tienen en común: todos prometen representar alguna u otra versión de cambio. Uno de los principales lemas de campaña de Iván Cepeda, el candidato de izquierda que lidera todas las encuestas, es precisamente: “el cambio continúa”, un eslogan similar al que usó Claudia Sheinbaum en su campaña por la presidencia de México. En el caso de Cepeda, por supuesto, se trata de una referencia directa a Petro, quien estructuró su proyecto político alrededor del concepto del cambio, probablemente inspirándose en la campaña de Obama en el 2008.
La estrategia de la derecha
Al otro lado del ring ideológico, Abelardo de la Espriella, segundo en todas las encuestas, ha desplegado una millonaria estrategia para diferenciarse de su principal contendora en la derecha, Paloma Valencia, acusándola de representar a “los mismos de siempre”. Esta estrategia guarda cierta semejanza con uno de los eslóganes con los que Bill Clinton, en el 92, pretendió diferenciarse de su rival, George H. W. Bush: “cambio vs lo mismo de siempre”. En palabras de De la Espriella: “Yo no vine a hacer la política de siempre, yo vine a cambiar la política para siempre”. En últimas, esta estrategia le sirve para posicionarse como una versión distinta de cambio a la que promueve la izquierda. Todo parece indicar que De la Espriella entendió, mucho antes que Valencia, que hay un amplio sector del electorado de derecha que se opone al gobierno de Petro pero no quiere volver al pasado. Es muy posible que el esfuerzo retórico de De la Espriella por venderse como cambio y a Valencia como continuismo sirva para explicar la ventaja del abogado en las encuestas. Quizás también sea cierto que la llegada de prácticamente todos los partidos tradicionales a la campaña de Valencia, así como su empeño en referirse a sí misma como la hija de Uribe, le hayan facilitado la tarea a De la Espriella.
Valencia y su propia versión del cambio
Con todo y eso, Valencia también insiste en representar no el pasado sino cambio. Incluso, hace poco, sostuvo que la estrategia principal de su campaña es “sumar para cambiar a Colombia”. Si lo que se promete en la derecha y en la izquierda es cambio, en el centro la historia no es muy distinta. De hecho, el eslogan principal de la campaña de Fajardo es: “Cambio. Serio. Seguro”. Mientras tanto, en palabras de la otra candidata de centro, Claudia López: “Los verdes ya cambiaron la política una vez con la Ola Verde. La cambiaron de nuevo con la Consulta Anticorrupción. Y en 2026, los #VerdesConClaudia vamos a cambiarla por tercera vez”.
La disputa simbólica
De manera que la actual contienda por la presidencia parece ser realmente una disputa simbólica por representar el cambio. Y quien logre personificar el cambio de manera más convincente, como sucedió en el 22, probablemente se quedará con el premio mayor. ¡El precio es correcto!
El cambio como fin en sí mismo
Pero hay algo más que estos intentos por personificar el cambio tienen en común: en todos los casos, el concepto del cambio es retratado no como un medio sino como un fin en sí mismo; es decir, no como un proceso necesario para alcanzar un propósito, como la justicia social, sino como el propósito per se. El problema, por supuesto, no está en querer que las condiciones injustas de una sociedad cambien, sino en haber convertido al cambio en sí mismo en un anhelo colectivo. A la larga, se trata de una palabra que no hace más que describir una transformación, la cual siempre puede ser para bien o para mal. Más aún, el cambio es un objetivo que, apenas lo conseguimos, se convierte en continuismo y, por eso, deja de interesarnos, motivando una búsqueda, como la del poeta trágico, destinada al fracaso. Por eso, la gran ironía es que precisamente el rasgo que todos los candidatos presidenciales comparten haya resultado ser síntoma de nuestro delirio colectivo.



