El 'bestiaplanete' humano: la única especie que es su propio depredador
El 'bestiaplanete' humano: especie que es su propio depredador

El 'bestiaplanete' humano: la única especie que es su propio depredador

¿Qué podemos decirles a nuestros hijos sobre este mundo violento e irracional? ¿Cómo explicarles que un presidente estadounidense ordene un bombardeo que elimine 180 vidas irrepetibles en una escuela de niñas en Irán? ¿Qué respuesta dar ante titulares que anuncian líderes militares norteamericanos afirmando que Dios ungió a Trump para causar el Apocalipsis, o tropas israelíes destruyendo clínicas de fertilidad en Gaza, o la guerra de Putin entrando en su quinto año, o la existencia de 56 conflictos armados simultáneos en el planeta?

La pregunta sin respuesta

El dilema se repite en cada hogar: ¿debemos simplemente aceptar, como gritó aquella reina de belleza en 2006, que "la gente está loca"? El padre de Mafalda, ese entrañable personaje que prefiere cuidar sus plantas antes que enfrentar mezquindades humanas, tampoco encuentra palabras para explicarle a su hija por qué el mundo no es solo un horizonte de posibilidades, sino también un lugar oscuro y desolador.

Es la propia Mafalda quien, en sus sueños visitada por extraterrestres aterrados con este "bestiaplanete", nos revela una verdad incómoda: el ser humano es el único animal fanático, el único animal delirante que se permite ser su propio depredador. En una serie de viñetas que parecen pesadillas risibles, la niña cruza a pie un mapamundi plagado de onomatopeyas bélicas hasta llegar a una zona de conflicto, donde grita a dos soldados a punto de matarse: "¿Quieren acabar ya este jaleo y dejar dormir en paz a la humanidad?"

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La historia que se repite

¿Será siempre así? ¿Continuará este mundo sin aprender de la destrucción de Varsovia, Beit Hanun, Mariúpol, Nagasaki e Hiroshima, con sus millones de almas perdidas? ¿Seguiremos eligiendo el liderazgo de megalómanos voraces e incendiarios, con sus sombras monstruosas, capaces de justificar atrocidades con frases como "para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos" mientras aplastan regiones del planeta como en un juego de mesa sangriento?

Las preguntas se acumulan sin respuestas claras: ¿vendrá después de esta Tercera Guerra Mundial el futuro verde y despejado que prometen algunos? ¿Llegaremos algún día, tras siglos de desigualdades y desequilibrios, al tan anunciado reino de Dios? ¿Qué clase de criatura es esta que se encoge de hombros ante su propia bestialidad y pasa los siglos dejando tras de sí huérfanos de padres y huérfanos de hijos?

El silencio cómplice y la responsabilidad personal

Hace meses, al preguntarle a una amiga progresista por qué tantos activistas brillantes de nuestro país han guardado silencio ante la corrupción gubernamental o el sabotaje del sistema de salud -que algún día equivaldrá a un bombardeo-, recibí una respuesta reveladora: "Porque es muy difícil bajarse de una causa después de años de perderse, en su nombre, los cumpleaños de los hijos".

Desde ese momento he reforzado mi convicción de que -especialmente en un país donde el 80% de los niños son criados solo por madres coraje- la verdadera revolución es ser un buen padre. Un buen padre:

  • Regala ficciones que alimentan la imaginación
  • Enseña a contener la violencia
  • Desmonta fanatismos peligrosos
  • Explica los titulares de prensa sin ambages
  • Se niega simbólicamente a bombardear
  • Se resiste a la guerra en su vida cotidiana
  • Y, sobre todo, está presente

El espejo de nuestra especie

¿Qué clase de criatura es esta que se encoge de hombros ante su bestialidad? La misma que se ve en el espejo cada mañana. Que, a pesar de los museos que documentan exterminios históricos, sigue siendo capaz de reducir a su prójimo a "daño colateral" en discursos y decisiones.

Pero también es la criatura que puede leerles Mafalda a sus hijos en las noches, defendiéndolos de la crudeza del mundo y entregándoles el derecho fundamental de dormir en paz. En esa aparente simpleza -una tira cómica de hace más de medio siglo- reside una potencia transformadora que los discursos grandilocuentes han perdido.

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El "bestiaplanete" no es solo el mundo exterior: es el reflejo de nuestras contradicciones como especie. Somos depredadores de nosotros mismos, pero también guardianes potenciales de un futuro diferente. La elección, como sugiere Silva Romero, comienza en la intimidad del hogar, en la decisión cotidiana de ser padres que no solo procrean, sino que construyen paz desde el ejemplo.