La memoria histórica frente a la repetición de atrocidades: ¿Basta con recordar?
Para quienes creemos que los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario representan el esfuerzo colectivo de generaciones para limitar el poder y evitar abusos, estos tiempos recientes son de profundo duelo. En distintos rincones del planeta, diversos gobiernos violan sistemáticamente los derechos de sus ciudadanos y emprenden acciones internacionales que contravienen de manera flagrante las normas humanitarias más básicas.
La era de las víctimas y sus limitaciones
Desde hace décadas, organizaciones sociales emprenden trabajos de memoria que otorgan un papel central al testimonio de las víctimas. Este giro busca desafiar los olvidos y censuras que forman parte de historias santificadas en museos y textos escolares, diseñadas para inculcar narrativas patrias intachables donde se borran las atrocidades cometidas durante la formación de los Estados-nación modernos.
La incorporación de otras voces viene acompañada del reconocimiento de archivos y fuentes antes descartados: cartas olvidadas, retratos borrosos que guardan dolor, relatos orales transmitidos entre generaciones y otras prácticas culturales anteriormente desestimadas como fuentes válidas. Bajo presión social, algunos Estados han modificado sus políticas de memoria para incluir lo que permanecía oculto, impulsando narrativas más inclusivas y complejas.
Sin embargo, esta energía memorística, aunque corrige ciertos olvidos y exclusiones, resulta insuficiente para cultivar una ciudadanía genuinamente comprometida con la defensa de los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y la no repetición de las atrocidades.
La no repetición: más allá del ejercicio de empatía selectiva
Los trabajos de memoria centrados en visibilizar sufrimientos antes negados y honrar las luchas de las víctimas enfrentan al menos dos barreras fundamentales que impiden su traducción en un compromiso firme con la resolución pacífica de conflictos.
La primera barrera radica en que, según diversos estudios sobre representaciones de la memoria, quienes escuchan testimonios de víctimas tienden a identificarse principalmente con los sufrimientos de grupos con los que comparten características similares. Si soy una persona politizada, me conmueven especialmente quienes adhieren a mi postura ideológica; si pertenezco a la comunidad LGBTIQ+, me desgarra la suerte de quienes comparten mi orientación sexual o identidad de género.
Estas solidaridades desatadas por identificaciones de similitud refuerzan un "espíritu de cuerpo" y frecuentemente vienen acompañadas de la creencia de que ese sufrimiento particular es irrepetible e incomparable. Está muy lejos de generar empatías cruzadas, aquellas que emergen cuando el dolor de personas con quienes no comparto características me conmueve profundamente, proporcionando así una base sólida para un compromiso sin excepciones con los derechos humanos universales.
A esta limitación de las empatías unilaterales se suma otra igualmente crucial: la memoria permite comprender la singularidad del sufrimiento de cada grupo, pero no necesariamente los mecanismos estructurales que hicieron posibles esas atrocidades. Puedo conmoverme con la suerte de quienes fueron sometidos a la trata esclavista o sobrevivieron a campos de exterminio, pero cada conmoción emocional, por separado, difícilmente me permite comprender las circunstancias sistémicas que permitieron que semejantes crímenes ocurrieran.
Los engranajes culturales: estereotipos como preludio de violaciones masivas
Los engranajes son mecanismos que, una vez puestos en movimiento, se refuerzan mutuamente y adquieren tracción propia. Se identifican no caso por caso, sino mediante la comparación y búsqueda de "parecidos de familia" entre procesos que desembocan en situaciones similares, ya sean genocidios, politicidios, masacres reiteradas o regímenes autoritarios.
Diversas investigaciones históricas señalan el papel crucial que han jugado las palabras en eventos trágicos, particularmente aquellas que asignan ciertos atributos deshumanizantes a los actores en conflicto. Desde el poder nazi que llamó "parásitos" a los judíos preparando el terreno para la "solución final", hasta el gobierno de Netanyahu que se refiere a los palestinos como "bestias salvajes", los círculos de poder ponen en circulación etiquetas vejatorias que luego replican los medios y se filtran en el lenguaje cotidiano.
Este lenguaje incorporado en la vida diaria se transforma en emociones como el odio, el desprecio o el miedo agudo, autorizando así el trato indigno de esos "otros" percibidos como no humanos.
Resistir al engranaje en tiempos de polarización tóxica
El lenguaje nos arrastra sin que nos percatemos. Hoy, en un ambiente de guerras internacionales y polarizaciones tóxicas, nos deslizamos con facilidad impresionante hacia esos lenguajes generalizantes y estereotípicos. Estados Unidos se condensa en la representación de una nación imperialista y racista, olvidando que casi la mitad de su población votó en contra de Trump y que muchos ciudadanos protestan activamente contra sus políticas.
Israel se transforma en un pueblo homogéneo y compacto, ignorando la oposición de muchos judíos, incluidos rabinos, a las políticas sionistas y coloniales. Irán, un país de 90 millones de personas con distintas etnias y religiones, termina reducido a ser la nación de los ayatolás, borrando el valiente esfuerzo de quienes protestan contra el régimen. Aquí en Colombia, algunos candidatos atizan odios a través del lenguaje que usan para referirse a sus opositores, reviviendo conflictos que queremos superar.
Las grandes tragedias se repiten, las nuestras y las de otros, porque no somos capaces de identificar el veneno oculto en los discursos y las similitudes existentes entre distintos procesos históricos. La memoria, aunque imprescindible, necesita para alcanzar toda su potencia cultivar las empatías cruzadas que nos permiten sentirnos parte de una comunidad humana que no admite excepciones.
Debe además acompañarse de un esfuerzo colectivo de reflexión pública sobre las condiciones históricas que llevan a la ocurrencia de crímenes que hasta hace poco repugnaban a una conciencia humanitaria que ahora, desafortunadamente, se encuentra bajo fuego constante en numerosos frentes globales.



