El resurgir de los nacionalismos religiosos amenaza la separación entre fe y Estado
Nacionalismos religiosos amenazan separación fe-Estado

El retroceso histórico: cuando lo sagrado vuelve a los púlpitos del poder

Durante décadas, Occidente consideró la separación entre la fe y el Estado como un logro civilizatorio tan fundamental como la potabilización del agua o la universalización del sufragio. Sin embargo, desde la segunda década del siglo XXI, una oleada de nacionalismos religiosos y populismos providencialistas ha comenzado a erosionar este principio, reintroduciendo lo sagrado en las esferas de gobierno con una fuerza inédita en tiempos modernos.

La agenda medieval con efectos especiales del siglo XXI

En Estados Unidos, este movimiento se materializa en políticas concretas que parecen sacadas de manuales del siglo XII, pero ejecutadas con la tecnología y sofisticación comunicacional contemporánea. La agenda incluye restricciones severas de libros en colegios públicos, recortes sistemáticos a los derechos reproductivos y directrices federales que promueven activamente la oración en instituciones educativas.

El punto culminante de este proceso, al menos por ahora, llegó con el anuncio del expresidente Donald Trump de convocar a los estadounidenses en el National Mall el próximo 17 de mayo para, según sus propias palabras, "consagrar a Estados Unidos como una sola nación a Dios". Este acto simbólico enmarca en molde dorado lo que muchos analistas describen como un fresco medieval actualizado.

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La advertencia de Harari: cuando la obediencia reemplaza a la compasión

El historiador Yuval Noah Harari aborda este fenómeno con claridad quirúrgica en su análisis sobre el laicismo en "21 lecciones para el siglo XXI". El pensador israelí sitúa en el centro del pensamiento laico la búsqueda de verdades basadas en evidencia, no en la simple fe ciega. Su advertencia resulta particularmente pertinente: las personas motivadas principalmente por la obediencia, más que por la compasión, son aquellas que, ante una orden supuestamente divina de matar, no vacilarían en cumplirla.

La médula del pensamiento laico, según Harari, no reside en la negación de la fe personal, sino en la negativa categórica a convertir dogmas religiosos en razón pública. Una democracia que confunde sistemáticamente la fe con la ley no se vuelve más religiosa; simplemente se transforma en una democracia más débil y menos representativa.

Atwood: de escritora distópica a profeta involuntaria

En este contexto, resulta imposible no observar a Margaret Atwood como una especie de bruja visionaria cuyas advertencias literarias se materializan ante nuestros ojos. La autora canadiense publicó "El cuento de la criada" en 1985 y durante décadas escuchó que su creación era una distopía exagerada, un ejercicio de imaginación catastrófica sin base en la realidad.

Hoy, Atwood podría enviar la factura de sus derechos de autor directamente al Partido Republicano estadounidense. Verla convertida en profeta involuntaria del presente tiene un componente irónico indudable, pero también genera una escalofrío colectivo al comprobar cómo la ficción más oscura puede convertirse en manual de gobierno.

Talarico: la espiritualidad como brújula hacia la equidad

En medio de este pantano de moralismo recalentado, emergen figuras como James Talarico, representante demócrata de Texas, cuya trayectoria ofrece un contrapunto esperanzador. Exmaestro, graduado de la Harvard Divinity School y uno de esos políticos raros capaz de hablar de justicia social en términos de fe sin que suene a manipulación ni a mitin evangélico.

Talarico critica abiertamente el cristianismo nacionalista, defiende la educación pública de calidad y el acceso universal a la salud con un lenguaje moral que construye puentes donde otros erigen trincheras. En este ambiente envenenado donde las biblias se usan como garrotes, el político texano recuerda que la espiritualidad auténtica también puede servir como brújula hacia la equidad, en lugar de convertirse en hechicería para el control social.

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Su figura resulta refrescante precisamente por su rareza, y probablemente por eso mismo está destinada a incomodar por igual a extremistas de ambos bandos. Talarico representa la posibilidad de un debate elevado, elegante y sustancial en medio de una discusión pública ya muy rebajada por el dogmatismo y la simplificación.