El llamado desesperado de un nonagenario defensor de los derechos humanos
Stéphane Hessel lanzó un grito desesperado que aún resuena en el aire. Este hombre, quien falleció en 2012 a los 95 años, no comprendía por qué las nuevas generaciones no salían a las calles a manifestar su descontento como lo hicieron sus antecesores. Hessel no era cualquier voz: fue un sobreviviente de los campos de concentración nazis y participó activamente en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por las Naciones Unidas en 1948.
La paradoja del bienestar y la indignación selectiva
En su manifiesto ¡Indignaos!, publicado en 2010, Hessel expresaba su profundo desconcierto. ¿Cómo era posible que en medio de una riqueza desbordante los gobiernos alegaran falta de recursos para mantener la seguridad social y las pensiones? Recordaba que Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, surgió de las cenizas para construir sociedades inclusivas basadas en la tributación progresiva y la solidaridad colectiva.
Con angustia retórica preguntaba: "¿Cómo puede faltar hoy dinero para mantener estas conquistas si la producción de riqueza ha aumentado considerablemente desde la Liberación, cuando Europa estaba en ruinas?". Su mensaje a la juventud era claro y contundente: "¡Tomad el relevo, indignaos!".
La responsabilidad individual frente a la indiferencia colectiva
Hessel recuperaba una frase de Jean-Paul Sartre para subrayar la responsabilidad personal: "Vosotros sois responsables en tanto que individuos". Para él, la opción moral pertenece al sujeto y no depende de poderes externos o divinidades. La peor actitud posible era la indiferencia, esa que nace de culpar a otros mientras se evade la propia responsabilidad.
El llamado a la indignación mantiene una vigencia escalofriante. Hace quince años, Hessel ya declaraba: "Mi principal indignación concierne a Palestina... Gaza es una prisión a cielo abierto para millón y medio de palestinos". Lamentablemente, desde entonces la situación no ha hecho más que deteriorarse.
El silencio global frente a las crisis contemporáneas
Recientemente, expresidentes como Lula da Silva han manifestado su perplejidad porque "estamos perdiendo nuestra capacidad de indignarnos". La humanidad parece no reaccionar ante el genocidio en Gaza, permite que continúen las guerras en Ucrania y se agudicen las hambrunas en África.
Mientras tanto, figuras como Donald Trump lanzan misiles en el Caribe e intervienen en Venezuela y Cuba con una transparencia que antes era impensable. La ONU parece haber fracasado en su misión fundamental, y la pasividad del Consejo de Seguridad resulta cada vez más sorprendente ante el resquebrajamiento del orden internacional.
La moral en tiempos de líderes polarizantes
El sentimiento moral de la indignación resulta imprescindible para actuar y construir sociedades mejores. Sin este impulso ético, permitimos que pasen hechos que contradicen los principios básicos de las sociedades liberales.
Paul Krugman recientemente contrastaba a Abraham Lincoln con Donald Trump. Mientras Lincoln proclamaba: "Sin malicia hacia nadie, con caridad para todos", Trump amenaza: "El martes será el día de la central eléctrica y del puente... Locos malditos, si no quieren vivir en el infierno, abran el puto estrecho".
¿Qué nos está pasando como sociedad? ¿Por qué no nos indignamos ante estas realidades? La pregunta resulta angustiosa porque líderes como Trump, Netanyahu y Putin existen gracias a que millones comparten su visión y consideran que no hay motivos para incomodarse. El legado de Hessel nos interpela directamente: la indignación no es solo un derecho, sino un deber moral para preservar la dignidad humana.



