8 de marzo: De la conmemoración simbólica al poder político real de las mujeres
Colombia es un país de nombre femenino y de mayoría poblacional femenina, con las mujeres representando el 51% de sus habitantes. Somos madres, hijas, hermanas, profesionales, emprendedoras, trabajadoras y votantes. Habitamos todos los espacios de la sociedad: aulas educativas, empresas, campos agrícolas, hospitales, hogares y ciudades. Sin embargo, esta presencia mayoritaria contrasta dramáticamente con nuestra subrepresentación en la arquitectura del poder político nacional.
Elecciones 2026: Una oportunidad histórica
La coincidencia del Día Internacional de la Mujer con procesos electorales otorga a este 8 de marzo una connotación especial. Se presenta una oportunidad inigualable para que la conmemoración trascienda lo simbólico y se materialice en presencia femenina efectiva en los espacios de decisión. Para estas elecciones, aproximadamente el 40% de las candidaturas inscritas para Senado y Cámara corresponden a mujeres. El verdadero desafío será convertir estas aspiraciones en representación parlamentaria efectiva.
La realidad legislativa: Avances insuficientes
En el Congreso de la República, la participación femenina sigue siendo baja:
- En el Senado: 31 mujeres de 108 curules (28,7%)
- En la Cámara de Representantes: 56 mujeres de 187 escaños (apenas rozando el 30%)
Aunque estos números representan un avance frente a décadas anteriores, estamos lejos de alcanzar la paridad en un país donde las mujeres constituyen la mayoría poblacional. La pregunta que surge es inevitable: ¿Podría el periodo 2026-2030 convertirse en el Congreso con mayor presencia femenina de nuestra historia?
El poder ejecutivo: Desafíos estructurales
En el ámbito ejecutivo territorial, la situación es aún más desafiante. Al no estar sujetas a leyes de cuotas, las gobernaciones y alcaldías dependen de recursos económicos, estructuras partidistas y dinámicas políticas que no siempre favorecen a las candidaturas femeninas. El periodo 2024-2027 marcó un hito histórico cuando seis departamentos eligieron simultáneamente mujeres como gobernadoras, representando el 18,8% del total nacional. Sin embargo, en el ámbito municipal la realidad es menos alentadora:
- Solo 146 mujeres fueron elegidas alcaldesas entre 1.102 municipios (13,3%)
- En ciudades capitales, apenas una mujer resultó electa: Johana Aranda en Ibagué
- En diez departamentos completos no se eligió ni una sola mujer como alcaldesa en ninguno de sus municipios
Estos datos plantean interrogantes fundamentales: ¿Prefiere el electorado colombiano que gobiernen hombres? Y de ser así, ¿por qué? ¿Se trata de dinámicas políticas arraigadas, costumbres sociales, estereotipos de género, patrones de participación electoral o valoraciones diferenciales del liderazgo?
El poder judicial: Ejemplos esperanzadores
En contraste con los poderes legislativo y ejecutivo, la rama judicial ofrece ejemplos más alentadores. Mientras la Corte Suprema mantiene históricamente baja participación femenina y el Consejo de Estado muestra avances limitados, otras instituciones demuestran que la paridad es posible y beneficiosa:
- Corte Constitucional: 44,4% de mujeres
- Consejo Superior de la Judicatura: 50% de mujeres
- Jurisdicción Especial para la Paz (JEP): 55,3% de mujeres
Estas experiencias revelan patrones significativos. A medida que la Corte Constitucional se ha acercado a la paridad, su jurisprudencia ha evolucionado de ser meramente protectora a convertirse en transformadora con enfoque interseccional, defendiendo la paridad política y controlando sesgos judiciales. La JEP demuestra que cuando los procesos son transparentes, competitivos y con reglas claras, el talento femenino llega por capacidad y mérito, no por cuotas simbólicas.
Un llamado a la acción electoral
No se trata de votar por mujeres simplemente por su género, sino de analizar seriamente todas las propuestas y reconocer que Colombia cuenta con mujeres preparadas, íntegras y capaces que continúan enfrentando barreras estructurales para acceder a espacios de representación. Este 8 de marzo ofrece la oportunidad de transformar el homenaje simbólico en acción política concreta.
Una democracia madura debería reflejar la composición de su sociedad. En Colombia, las mujeres somos mayoría poblacional pero minoría política. Tal vez no se trata de esperar pasivamente que aumente nuestra presencia en el poder, sino de tomar acciones deliberadas para lograrlo. Este 8 de marzo, particularmente, se trata de decidirlo en las urnas.
La equidad no puede quedarse en el discurso. Debe materializarse en curules, despachos gubernamentales y tribunales. Colombia tiene el potencial de demostrar que cuando las reglas son claras y los procesos son abiertos, las mujeres llegan al poder por mérito y capacidad, contribuyendo a construir una democracia más representativa, inclusiva y legítima.



