La ausencia de los candidatos presidenciales que lideran las encuestas en los debates está perjudicando la democracia colombiana. A pesar de los intentos retóricos por justificarlo, el hecho de no compartir escenario con sus contrincantes impide que los ciudadanos vean un contraste real de ideas y propuestas. Esta situación se ha normalizado en la campaña electoral, lo que representa una grave falla.
Cada candidato se limita a hablarle a su propio nicho, sin enfrentar otras posiciones. Paloma Valencia e Iván Cepeda, por ejemplo, utilizan sus roles como senadores para dar discursos en el Congreso, evitando el diálogo con otras candidaturas. Las redes sociales también permiten que cada uno distribuya su mensaje sin contradicción, mientras que las entrevistas en solitario y los discursos en plazas públicas refuerzan esta dinámica de una sola vía.
Aunque los debates tienen falencias, como respuestas cortas y frases diseñadas para clips, son espacios ideales para conocer cómo piensan y actúan los candidatos bajo presión, cómo responden a críticas y cómo tratan a sus oponentes. Además, fomentan el diálogo entre diferentes, algo esencial en un país diverso. Evitar estos espacios es un acto de arrogancia que contradice los mensajes de unidad y consenso que promueven las campañas.
Es necesario que los candidatos se reúnan, acuerden un número de debates y se comprometan a asistir, incluyendo al menos uno en segunda vuelta. Colombia necesita estos espacios para tomar decisiones informadas. Esconderse no es una opción.



