Los extremos políticos coinciden en evitar la contradicción en debates presidenciales
En la carrera por la Presidencia de Colombia, un patrón preocupante emerge: los candidatos más opcionados en las encuestas, Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, están evadiendo sistemáticamente los debates. Esta decisión no es un simple asunto de agenda o logística; refleja un ego desmedido y un deseo de control que socava los principios democráticos básicos.
Un reflejo autoritario en la política colombiana
Ambos candidatos imponen condiciones arbitrarias para su participación. Cepeda exige formatos que favorezcan sus propuestas, evitando la confrontación directa, mientras que De la Espriella condiciona su asistencia a la presencia de su contendor principal. Este comportamiento denota un talante autoritario, donde solo aceptan interactuar bajo reglas propias, lejos de preguntas incómodas o contradicciones en tiempo real.
La ausencia en debates no es casual; es una estrategia calculada para mantener el control narrativo. Cepeda, desde su campaña, argumenta preferir escenarios de propuesta, pero en la práctica, esto se traduce en seleccionar cuidadosamente dónde responder. De la Espriella, por su parte, carece de experiencia en administración pública o legislativa, lo que podría exponerlo en un debate serio frente a candidatos más experimentados.
Consecuencias para la democracia y los votantes
Esta evasión constituye una falta de respeto hacia los votantes, ciudadanos y demás candidatos. En Colombia, aunque no existe una ley que obligue a debatir, hay mínimos democráticos que deberían asumirse por convicción. Normalizar que los favoritos no participen implica renunciar a elegir con información real, comparada y contrastada, esencial para una decisión informada.
Los seguidores de estos candidatos también comparten responsabilidad al no exigir transparencia. Su conformidad y justificaciones transforman la política en un comité de aplausos, donde la rendición de cuentas brilla por su ausencia. Elegir un presidente es un acto de responsabilidad, no de fe ciega, y requiere candidatos dispuestos a defender sus ideas públicamente.
Implicaciones para el futuro gobierno
Si Cepeda y De la Espriella muestran tal rigidez y control durante la campaña, ¿cómo actuarán al gobernar? Gobernar implica dirigirse a todo un país, incluyendo a quienes piensan diferente. La incapacidad para debatir con opositores sugiere una posible intolerancia al disenso en el ejercicio del poder, poniendo en riesgo la gobernabilidad democrática.
En resumen, la negativa a debatir no es solo un problema de campaña; es un síntoma de una visión antidemocrática que prioriza el control sobre el diálogo. Los ciudadanos deben cuestionar si están dispuestos a votar por líderes que evaden la contradicción, recordando que en democracia, el debate es un derecho, no un favor.



