Colombia en la encrucijada: narcoterrorismo versus democracia
Tres años de protestas ciudadanas con consignas como "Fuera Petro" reflejan el descontento popular. Actualmente, en medio del caos institucional, el desastre del Estado, el terror impuesto por organizaciones criminales y el crecimiento de una economía informal vinculada al narcotráfico que amplía la brecha socioeconómica, la población clama con desesperación por una "Colombia libre y unida".
El fin del circo político y el inicio de la opereta electoral
El 8 de marzo concluye lo que muchos denominan el "circo y la guachafita" de movimientos políticos improvisados, la ruina moral de componendas partidistas y la sobreestimación de egos con aspiraciones presidenciales. Se baja el telón del preludio de las consultas internas y comienza una nueva etapa satírica donde la nación se debate entre dos caminos:
- La miseria esclavizante de consolidar un Estado narcoterrorista que apunta hacia una dictadura constitucional.
- La posibilidad de retornar a un sistema democrático basado en valores y libertades fundamentales.
Ese día quedarán nominados los candidatos que participarán en un proceso similar a un "programa de telerrealidad política", donde las maquinarias partidistas tradicionales tienen poco que aportar. Los votos y porcentajes obtenidos en estas consultas no son transferibles y desaparecen tras el proceso. Una parte del electorado votará engañada por la ilusión de un futuro mejor, mientras otra lo hará por el temor a caer en la miseria probada de un totalitarismo narcoterrorista del siglo XXI.
Democracia en una cancha sin árbitro
La democracia compite en un escenario donde no existe un árbitro que haga cumplir las reglas frente al aparato propagandístico de un gobierno autocrático. Este gobierno, acusado de no respetar la ley de garantías, vende a los estratos 1, 2 y 3 (que representan el 75% del potencial electoral) la fantasía de un país perfecto, respaldada por el espejismo de un mayor ingreso real.
Colombia posee un inmenso potencial si es manejado adecuadamente: recursos naturales y un capital humano virtuoso que actualmente migra del país. Sin embargo, con contadas excepciones, quienes ejercen liderazgo y poder forman parte de un sistema politiquero que promete mucho pero solo premia a bandidos, el clientelismo y los contratistas del Estado.
El desencanto ciudadano y las demandas básicas
La ciudadanía está "mamada" del engaño de la política tradicional, aliada con populismos que no resuelven problemas existenciales; de corruptos que usan el poder para robar en dimensiones inimaginables; del liderazgo gremial e institucional estéril; y de la ausencia de justicia efectiva.
El votante consciente, que sabe que Colombia se ha convertido en uno de los países con peor calidad de vida, mayor déficit fiscal, costo de deuda más elevado, y mayores índices de corrupción, violencia y actividad delictiva, solo quiere respuestas concretas:
- ¿Podrá llevar el mercado a su casa y pagar sus cuentas en medio de la desenfrenada carestía?
- ¿Tendrá empleo estable, cobertura de salud y acceso a medicamentos?
- ¿Podrá convivir con seguridad en su lugar de residencia?
- ¿Tendrá la libertad de escoger su destino y confiar en que el Estado no le robe los impuestos, cumpliendo sus funciones esenciales de justicia, educación, infraestructura y servicios eficientes?
El show de telerrealidad política y el electorado desconfiado
El electorado se ve obligado a observar este "show de telerrealidad política" donde solo puede derrotar a un gobierno tramposo quien posea la capacidad tecnológica para realizar una comunicación digital que genere un efecto emocional cautivador. Debe conquistar a una mayoría dentro de un mercado potencial de votantes que tiene razones de peso para no creer en políticos ni partidos: un electorado desconfiado, apolítico e indeciso, integrado por personas que aspiran a ser libres y tener oportunidades para un mejor país y calidad de vida.
La esperanza en la unidad y el liderazgo responsable
Existe la esperanza de que alguno de quienes creen poder gobernar Colombia de manera responsable logre generar confianza en la gente. Que los actores políticos dejen de lado egos, intereses personales y enfrentamientos; abandonen el concubinato con el clientelismo y la farsa populista; y con humildad escuchen al pueblo y a figuras como Álvaro Uribe.
Deben entender que la presidencia no es un juego de niños ni el país un juguete para destruir. Sin unidad de propósito nacional y sin libertad, el descontento social aumentará entre quienes claman respeto y protección para la convivencia, ante el acecho de organizaciones criminales que podrían sumir a la ciudadanía en una resistencia civil frente a una violenta narco-confrontación por el poder estatal.



