Las consultas del 8 de marzo: una prueba crucial para la democracia colombiana
Consultas del 8 de marzo: prueba para la democracia

Las consultas del 8 de marzo: un embudo democrático en la balanza

Las consultas electorales programadas para el próximo 8 de marzo no representan un simple trámite electoral ni una mera antesala decorativa de la primera vuelta presidencial. En realidad, constituyen una prueba decisiva para un mecanismo que, cuando se utiliza adecuadamente, actúa como un verdadero embudo democrático: ordena, alinea, integra y depura la oferta política antes de que la nación se enfrente a una dispersión total de candidaturas. Lo que ocurra ese día determinará si las consultas continúan siendo una herramienta viva y efectiva o si comienzan a languidecer por agotamiento y desinterés ciudadano.

El potencial y los riesgos de las consultas

La idea subyacente a las consultas es sólida y prometedora: inyectar democracia directa en la selección de un candidato único, obligando a los liderazgos políticos a medirse, exponerse y someterse al veredicto del voto popular. Este proceso recuerda a los aspirantes que no basta con poseer micrófono, redes sociales o recursos económicos para culminar una recolección de firmas; deben ganarse el respaldo ciudadano. En Colombia, ya hemos presenciado ejemplos de consultas exitosas. En 2018, la elección de Iván Duque como candidato único y posterior presidente demostró su eficacia, y en 2022, permitió a Gustavo Petro consolidarse y potenciarse con Francia Márquez, quien aportó un significativo caudal de votos y terminó siendo elegida vicepresidenta de la República.

Sin embargo, cuando las consultas se vacían de contenido y participación, cuando la ciudadanía no acude a las urnas y el número de votos es tímido, el mensaje resulta demoledor. En esta ocasión, cualquier cifra por debajo de los 4 millones de votos será interpretada, con razón, como un fracaso rotundo. En el ámbito político, los fracasos se castigan con rapidez: el mecanismo pierde atractivo y credibilidad. ¿Para qué someterse a una consulta si se puede ir directamente a la primera vuelta, sin filtros, desgaste o reglas compartidas? Este es el peligro real: condenar al país a una lista interminable de aspirantes, cada uno convencido de que su nombre basta, jugando a la épica personal y hablando de "su momento histórico". Un escenario donde la nación se ve obligada a escoger en medio del ruido, la fragmentación y la confusión, debilitando la democracia y complicando la gobernabilidad.

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Un debate global y local

En Colombia, cuando las consultas han sido competitivas y convocantes, han servido para ordenar el tablero político, escoger candidaturas únicas y legitimar liderazgos. Han generado la sensación, tan escasa en la actualidad, de que el ciudadano no solo vota por personas, sino que define ideas y proyectos colectivos. A nivel global, el debate es similar. En democracias que enfrentan altos niveles de fragmentación, las primarias abiertas han demostrado ser una herramienta eficaz para concentrar fuerzas y reducir la dispersión extrema. No se trata de una rareza o extravagancia, sino de una respuesta práctica a sistemas políticos cada vez más atomizados. Cuando funcionan, fortalecen la democracia; cuando se abandonan, el sistema se desordena.

En medio de una política marcada por la personalización y los nombres propios, escuchar a quienes, desde los extremos, llaman a no votar en las consultas debilita la idea de colectivos afines y conduce a un caudillismo que anula la posibilidad de un liderazgo compartido y amplio. Aquellos que despotrican de las consultas como mecanismo sano y democrático le hacen un flaco favor al país. Renunciar a las consultas no constituye un acto de lucidez política, como predican convenientemente algunos; es, más bien, abrirle la puerta al caos y la desorganización.

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La prueba definitiva

Creer en este mecanismo implica reconocer que alinea, integra y obliga a los liderazgos a mirarse de frente con los ciudadanos. Pero también hay que admitir, sin rodeos, que hoy las consultas están más a prueba que nunca. El 8 de marzo no solo se definirá quién gana en términos electorales; se determinará si este embudo democrático sigue teniendo sentido o si lo dejamos erosionarse hasta desaparecer. Y después, no habrá espacio para quejarse del desorden resultante. La participación ciudadana será clave para evitar que la democracia colombiana se debilite aún más, enfrentando un futuro de fragmentación y dificultades de gobernabilidad.