La extrema derecha colombiana repite su única estrategia fallida en medio de críticas
La extrema derecha colombiana, encarnada principalmente en el Centro Democrático, demuestra una incapacidad persistente para comprender la historia como un proceso dinámico de transformaciones. En lugar de ello, la concibe como un documento rígido e inmodificable que glorifica su propio pasado, impregnado de ese aroma rancio de lo antiguo que intentan insertar forzosamente en el presente. Esta visión estática explica por qué la inexperta dirigencia uribista ha optado por "reimprimir" la única estrategia que conoce, a pesar de que cada vez les resulta menos efectiva.
Cambios superficiales en un discurso desgastado
Los ajustes realizados son mínimos y superficiales. Han sustituido el machacado concepto de chavismo por el término neocomunismo, un vocablo que nadie entiende ni digiere adecuadamente, especialmente ahora que los chavistas se han convertido en los nuevos aliados de figuras como Trump. Además, han recurrido sin decoro a la alegoría política de Arturo Alape, vinculando el cadáver insepulto de Miguel Turbay con "La Far" en un retorcido intento por enlodar la imagen de Iván Cepeda mediante un triple salto mortal retórico.
Este estancamiento evidencia un problema de fondo: la dirección está en manos de un político con aires de autócrata, rodeado de áulicos carentes de capacidad decisoria. La cartilla que siguen repite la vergonzante idea de aceptar adhesiones sin escrúpulos, sin importar el origen o las intenciones. Para semejante indigestión política, ni siquiera el omeprazol resultaría efectivo.
Desprecio por el debate y el ciudadano
Todo vale en su estrategia, ejecutada sin el más mínimo escalofrío moral. Esquivan el debate con el cínico argumento de que "a la gente no le interesan esos temas", lo que revela su proverbial desprecio por el ciudadano. Su única preocupación es conseguir votos para retomar sus andanzas políticas. No obstante, en ese clasismo y oportunismo, el autodenominado Centro Democrático representa fielmente a sus bases, que se ven reflejadas y encarnadas en esos vericuetos retóricos.
El descaro llegó a tal punto que su otrora rival, Abelardo de la Espriella, les enfrentó con lanza en ristre. Aunque su motivación pudo ser más un acto de desesperación ante el desinflamiento de su parafernalia política que un gesto de coherencia, el hecho subraya las fracturas internas y la pérdida de relevancia en el escenario político, siempre que Oviedo se lo permita.
Incertidumbre y repetición histórica
La gran duda ahora es cuánto le durará el impulso a Paloma Valencia o si, como ocurrió hace cuatro años con Fico, deban adherirse a otra figura y terminen repitiendo la historia. Esa misma historia que, para ellos, parece haberse quedado encerrada en un fascículo polvoriento, incapaz de evolucionar. La estrategia de la extrema derecha colombiana, lejos de renovarse, insiste en tácticas desgastadas que cada vez encuentran menos eco en una sociedad que demanda debates sustanciales y propuestas frescas.



