Fajardo enfrenta el desafío de reinventar su estrategia electoral
A sesenta y un días de la primera vuelta presidencial, el panorama político colombiano carece de un eje claro que ordene la contienda. En este escenario complejo, la discusión sobre coaliciones ha dejado de ser una simple opción para convertirse en una condición fundamental de viabilidad electoral. La postura del exalcalde y exgobernador Sergio Fajardo genera interrogantes significativos dentro de este contexto político en constante evolución.
La narrativa de autosuficiencia en un sistema que premia acuerdos
Fajardo mantiene con notable disciplina una narrativa basada en la autosuficiencia, repitiendo consignas como "hemos construido un camino", "somos distintos" y "seguimos adelante". Esta posición, aunque proyecta independencia, coherencia y carácter ante un segmento específico del electorado, presenta limitaciones evidentes en un sistema político que tradicionalmente ha premiado los acuerdos estratégicos y las alianzas de conveniencia.
El análisis político revela que esta postura conecta principalmente con un nicho reducido de votantes, mientras que limita considerablemente el margen de crecimiento entre el amplio universo de indecisos que caracteriza las elecciones colombianas. La pregunta central ya no gira en torno a si la candidatura de Fajardo se ha desinflado, sino más bien si está adecuadamente calibrada para competir en una contienda donde la construcción de mayorías improbables resulta esencial.
El error estratégico: confundir diferenciación con aislamiento
La campaña de Fajardo opera bajo la premisa de que el desgaste de los bloques políticos tradicionales abre espacio para una opción "limpia" y no coaligada. Sin embargo, con la ola verde agotada y la morada sin lograr activarse plenamente, ese margen de maniobra se estrecha considerablemente. Aquí radica el error fundamental: confundir diferenciación con aislamiento político.
El giro estratégico que necesita la candidatura no implica salir a buscar alianzas de forma reactiva, lo cual podría interpretarse como incoherencia política, sino más bien resignificar el concepto mismo de coalición. Se trata de construir no un simple ensamblaje de apoyos ni un acuerdo entre élites, sino un pacto con reglas explícitas, objetivos concretos y fronteras bien trazadas desde el inicio.
Tres ajustes estratégicos fundamentales
- Cambio de enfoque en la construcción de apoyos: El ajuste necesario es más de enfoque que de fondo, pasando del "no me uno" a convocar coincidencias para resolver problemas concretos. Se trata de sustituir negociaciones visibles por adhesiones temáticas y sectoriales en áreas como educación, seguridad local, empleo juvenil y desarrollo regional.
- Ampliación de respaldos indirectos: Es fundamental desarrollar una estrategia de respaldos indirectos con voces conectadas a la vida pública más allá de circuitos cerrados. No se trata de acuerdos formales, sino de apoyos visibles de liderazgos intermedios regionales, técnicos y sociales que validen la candidatura como punto de encuentro.
- Narrativa de mayoría en construcción: A esta altura del proceso electoral, más que simplemente sumar apoyos, es crucial demostrar capacidad de crecimiento constante. Esto implica mostrar movimiento permanente, agenda en expansión y presencia territorial creciente mediante eventos, vocerías compartidas y microcoaliciones territoriales.
El costo de no ajustar la estrategia
Todas las coaliciones políticas implican costos y concesiones, pero no participar en ellas también pasa factura electoral. Quedarse por fuera del umbral competitivo en una elección que tradicionalmente se define entre quienes logran estructurar bloques coherentes representa un riesgo significativo. La pregunta crítica ya no es si Fajardo va a cambiar su enfoque, sino si alcanzará a hacerlo sin que ese giro estratégico sea percibido como oportunista.
El desafío central consiste en crecer electoralmente sin cargar con el costo reputacional asociado a las coaliciones tradicionales. La solución pasa por construir apoyos sin que estos sean percibidos como meras transacciones políticas, acumulando señales creíbles de que la candidatura ha dejado de estar aislada y comienza a generar tracción real en el electorado.
En medio del panorama de polarización política que caracteriza a Colombia, el punto central no son las fallas específicas de ninguna candidatura, sino lo que el país puede ganar con propuestas moderadas y construcciones colectivas. El tiempo apremia para realizar los ajustes necesarios que permitan competir efectivamente en una contienda que se define día a día.



