La escoba de Fajardo y el eco artificial de las redes sociales
Cuando Sergio Fajardo lanzó su campaña con la icónica escoba, las redes sociales colombianas se inundaron de comentarios repetitivos que asociaban la imagen con "Regina 11". Desde reflexiones superficiales hasta chistes de dudoso ingenio, la conversación digital se estancó en una sola dirección, revelando un fenómeno preocupante en la comunicación política contemporánea.
La repetición como falsa originalidad
Lo más llamativo no fue la asociación en sí, que resultaba evidente, sino el tono de cada comentario: cada usuario parecía convencido de haber realizado una observación única y perspicaz. Esta repetición masiva venía acompañada de un orgullo moral peculiar, como si detectar la referencia obvia fuera un logro intelectual destacable.
La respuesta de Fajardo intentó capitalizar esta dinámica: "Ahora que tengo su atención por la escoba y Regina 11, hablemos de nuestra propuesta...". Sin embargo, incluso esta maniobra estratégica terminó pareciéndose al problema que pretendía superar: otra fórmula predecible para convertir ruido digital en visibilidad política.
Marketing político y audiencias programadas
Desde hace tiempo, el marketing político ha ido desdibujando la comunicación sustantiva, reduciéndola a un repertorio de fórmulas efectistas. Pero la inteligencia artificial, o más exactamente, el uso rutinario y perezoso que muchos equipos de campaña hacen de estas herramientas, ha introducido un elemento aún más preocupante: audiencias artificiales para campañas artificiales.
No solo tenemos políticos cuyos discursos parecen redactados por prompts de IA, sino también públicos que reaccionan de manera igualmente automatizada: detectan el guiño más evidente, lo convierten en comentario automático y lo repiten con aire de originalidad descubierta.
Lo que nadie analizó de la campaña
Lo paradójico es que casi nadie se detuvo a analizar aspectos sustanciales de la campaña de Fajardo. Se podía haber examinado, por ejemplo, por qué la escoba aparecía orientada hacia arriba: no en el gesto doméstico de barrer, tradicionalmente asociado a lo femenino, sino levantada como emblema, casi como arma o insignia moral espartana.
También cabía preguntarse qué significa políticamente "barrer" algo: limpiar, depurar, higienizar. Verbos que suenan bien porque prometen orden sin explicar los mecanismos concretos para lograrlo, reduciendo problemas estructurales complejos a simples cuestiones de limpieza.
La transformación de Fajardo resulta particularmente significativa: un político que durante años cultivó una imagen de sensatez profesoral y tecnocracia moderada termina recurriendo a un símbolo elemental, visualmente enfático, casi caricaturesco. ¿Es un intento de endurecer su imagen? ¿Una admisión de que la moderación ya no genera atención suficiente? ¿O la prueba de que incluso el centro político, después de despreciar el espectáculo, siente que debe imitarlo para sobrevivir?
El caso Lizcano y la fórmula del gato
Fajardo no es el único ejemplo. La campaña de Mauricio Lizcano ilustra la misma dinámica: su equipo probablemente pensó que "lo que más funciona en redes son los gatos", transformando al candidato en un felino digital. La audiencia respondió compartiendo el contenido sin fricción, con comentarios automáticos sobre el "michi" Lizcano, repitiendo la misma fórmula simplificadora.
El problema fundamental no está solo en la escoba o el gato como recursos de campaña, sino en audiencias que creen estar opinando cuando, en realidad, ejecutan respuestas programadas. Ciudadanos encantados con su propia agudeza prefabricada, satisfechos porque, por un instante, sienten que han dicho algo original.
Esta dinámica crea un círculo vicioso: campañas artificiales diseñadas para audiencias artificiales, donde el contenido sustancial se diluye en favor de la reactividad inmediata y la repetición automática, vaciando el debate político de profundidad y análisis crítico.



