El clímax de una política en crisis
Para muchos colombianos, el momento culminante de estos años de desencanto político se materializa en el tarjetón de las consultas electorales. Este documento, que debería representar la diversidad democrática, se ha convertido en un espejo distorsionado de nuestra realidad: un clímax que nos devuelve abruptamente a la cruda temperatura de una nación fracturada.
Un panorama desolador en las urnas
El tarjetón actual, notablemente empobrecido por la ausencia de los punteros en las encuestas y por consultas con ganadores prácticamente definidos de antemano, retrata con crudeza la pauperización de nuestra vida política. Nos enfrentamos a una galería de candidatos espectrales, caudillos sin pueblo que en términos futbolísticos serían calificados como "buenos jugadores sin balón", y partidos políticos que han perdido su conexión con la ciudadanía.
Pero más allá de esta triste radiografía, el tarjetón sirve como recordatorio contundente de que persiste en el escenario político un reguero de personajes envanecidos y alucinados que se consideran dignos de acceder directamente a la primera vuelta presidencial sin haber demostrado méritos previos ni contar con respaldo popular significativo.
La epidemia de la autodeificación política
Podríamos emplear términos como "megalomanía", "narcisismo" o "inseguridad compensatoria", pero quizás requiramos una palabra más precisa para describir este fenómeno. "Deificación" parece ajustarse al momento en que una persona, tras recibir atención excesiva que supera su capacidad de procesamiento emocional, se convence de que el mundo entero está fascinado con cada una de sus palabras.
Los ejemplos son dolorosamente obvios: desde el Presidente de la República, hipnotizado por su propia voz y capaz de perderse en explicaciones innecesarias o humillar a alcaldes de municipios afectados por desastres naturales, hasta cualquier figura pública que cae en la trampa de su propia inflación retórica.
Ya no se requiere ser un orador legendario como Demóstenes o un estadista de la talla de William Gladstone. En nuestro tiempo, el mundo está plagado de superiores morales auto-designados, dueños absolutos de verdades particulares y espectadores obsesivos de sus propias narrativas. No todos se limitan a proclamar dogmas desde la comodidad de sus redes sociales; algunos se proyectan directamente hacia la primera vuelta presidencial.
La dualidad del tarjetón: servicio público versus oportunismo
Al observar detenidamente ese tarjetón, encontramos una dualidad reveladora:
- Aspirantes genuinos que realmente desean servir al país con honestidad y compromiso
- Una multitud de vividores que dilapidan nuestro tiempo colectivo con ambiciones desmedidas y proyectos vacíos
Esta semana, marcada por catástrofes naturales que han exacerbado viejos escándalos, recibimos la noticia de que Colombia ha descendido al puesto 99 en el índice de lucha contra la corrupción de Transparencia Internacional. Los casos se acumulan:
- Los escándalos recurrentes de la UNGRD
- La violación sistemática de los topes de campaña en 2022
- Los diplomas exprés de la Universidad San José
- Los interventores opacos del sistema de salud
- Los 170 municipios en riesgo de fraudes electorales
- Los miles de contratos por billones de pesos firmados el mes pasado
Es en este país defraudado, estafado y enfermado por una administración que parece a un paso de culpar a la naturaleza humana por sus propios fiascos, donde emerge este tarjetón electoral. Un documento salvado por la integridad de unos pocos que comprenden la gravedad del momento histórico, pero deshonrado tanto interna como externamente por una multitud que opera bajo la peligrosa premisa de que "cualquiera puede ser presidente".
La pregunta central y su respuesta trágica
¿Cuál ha sido la interrogante fundamental que los espectadores de esta época nos hemos planteado? Si esta presidencia, ensombrecida por los nubarrones de la corrupción, lograría conjurar los vicios estructurales de nuestra democracia. Si este gobierno de vaivenes constantes transformaría nuestra forma tradicional -y frecuentemente mezquina- de hacer política.
Ya tenemos una respuesta, y constituye precisamente el clímax de este drama nacional: una respuesta trágica, carente de gloria y profundamente decepcionante. Una respuesta que se reduce a una sola palabra, pronunciada con el peso del fracaso colectivo: "No".
El tarjetón electoral, en su simplicidad burocrática, se ha convertido en el símbolo perfecto de este momento histórico: una representación tangible de cómo la ambición desmedida, la desconexión con la realidad ciudadana y la normalización de la mediocridad han secuestrado las aspiraciones democráticas de toda una nación.