Botar el voto: una reflexión sobre las encuestas y la conciencia ciudadana
Botar el voto: reflexión sobre encuestas y conciencia

Por desgracia, las encuestas mandan. O al menos eso creen quienes, al decidir su voto, no leen programas de gobierno ni se atienen a sus convicciones sino a los sondeos de opinión. Las dos últimas mediciones confirman la tendencia: Iván Cepeda acumula el mayor respaldo, seguido por Abelardo de la Espriella y con Paloma Valencia creciendo en el tercer puesto. Por su parte, Sergio Fajardo, el más preparado de todos, apenas alcanza un marginal 2,5 %, y aparece condenado al ostracismo estadístico por un electorado entre acorralado y hastiado, que dice votar con la cabeza pero que en realidad vota con el miedo.

¿Qué significa realmente botar el voto?

Ante este panorama, buena parte de los colombianos supone que votar por Fajardo es botar el voto. Y con esa lógica, se van resignando a marcar un tarjetón que no refleja sus preferencias reales, sino la aritmética de las encuestas. Así las cosas, valdría la pena detenerse un momento y preguntarse qué significa realmente botar el voto.

De hecho, hay muchas formas de botar el voto, pero votar a conciencia no es una de ellas.

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Formas comunes de botar el voto

Botar el voto, por ejemplo, es votar por el que diga Petro. Es decir, respaldar al heredero de un gobierno que recibió problemas reales y los convirtió en obras maestras del desastre: el sistema de salud hecho añicos, la economía en caída libre, y una política de paz tan mal negociada y peor implementada que los grupos armados operan hoy con una comodidad que ni ellos mismos esperaban, en un país descuadernado. Un gobierno que, de paso, descubrió que era más fácil negociar con los violentos que gobernar para los ciudadanos. Todo eso, condimentado con las mismas prácticas corruptas y politiqueras que el actual mandatario denunciaba con justificada indignación cuando era senador, y que en su administración emergen sin pudor y sin pausa.

Botar el voto es también votar por ese candidato sin un solo día de experiencia en el sector público, que se vende como disruptivo, pero está rodeado de caciques sin lustre pero con maquinaria. Un candidato que descubrió que agitar la bandera es más eficiente que pensar, y que la grandilocuencia patriotera disimula bastante bien la ausencia de ideas. Como si el problema de Colombia fuera que nos falta más odio, pero mejor distribuido.

Hay muchas formas de botar el voto, pero votar a conciencia no es una de ellas.

Botar el voto es, igualmente, votar por la ‘hijita’ de Uribe, que confunde la época de la seguridad democrática con un cuento de hadas. Sí, en ese período mejoraron algunos indicadores de seguridad, pero también fueron asesinados miles de jóvenes inocentes presentados como guerrilleros, se persiguió a los magistrados de las altas cortes y a la prensa, se enriquecieron los delfines del Ubérrimo y se reformó la Constitución con trampa para reelegir a un presidente que al finalizar su segundo período terminó con varios de sus más cercanos colaboradores entre las rejas o prófugos de la justicia. Ah, y los paramilitares coparon buena parte del Congreso. Un pequeño detalle.

Votar a conciencia: responsabilidad ciudadana

En cambio, votar por alguien que ha sido honesto y eficaz en la administración pública, que ha demostrado independencia real y decencia en el ejercicio de la política, eso no es botar el voto. Eso se llama responsabilidad ciudadana, una actitud indispensable en una democracia.

Porque las encuestas, a fin de cuentas, son una opinión, y pueden ser un elemento de juicio; pero nada más. Por eso, en una coyuntura tan difícil como la actual, lo que debería importar es qué puede hacer usted con las encuestas, y no qué pueden hacer las encuestas con usted.

Darle el voto a una candidata de bolsillo, o a quien basa su estrategia en cobrar venganzas o al que pretende perpetuar el régimen del caos y la incertidumbre no es votar estratégicamente. Es votar mal. Y votar mal es la peor manera de botar el voto.

Piénselo.

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