Colombia necesita un proyecto ético a largo plazo, más allá de la retórica política
Colombia requiere un proyecto ético a largo plazo

Colombia merece un proyecto ético a largo plazo, más allá de la retórica

Estamos agotados de la superioridad en los micrófonos y las redes sociales, porque lo que realmente anhelamos es mayor responsabilidad en los procesos que construyen confianza. José David Castellanos, en abril de 2026, compartió una reflexión profunda que resuena en el contexto político actual.

La ética como compromiso duradero

Recientemente, me topé con una frase que anoté en mi libreta: “La ética es un proyecto a largo plazo”. No recuerdo si la leí textualmente o si la fui construyendo a lo largo del tiempo a partir de diversas lecturas. Sin embargo, después de una campaña electoral, y especialmente tras una derrota, esta idea se siente más cierta que nunca.

En el ámbito político, es muy sencillo hablar de ética cuando las circunstancias son favorables. Es fácil mencionar principios cuando hay aplausos, respaldos y cuando la conversación pública gira a nuestro favor. Lo verdaderamente complicado es mantener esos principios cuando surge la frustración, cuando las cuentas no cuadran y cuando el golpe nos obliga a detenernos y mirar hacia nuestro interior.

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La derrota como momento de verdad

Por esta razón, después de las elecciones, escribí que la derrota es una parte inherente del ejercicio político. No fue una frase para salir del apuro, sino una convicción profunda. Perdue duele, sin duda alguna. Duele a nivel personal, colectivo y humano. Duele aún más cuando detrás hubo un trabajo honesto, el esfuerzo de muchas personas y una ilusión compartida. Pero una derrota también puede convertirse en un momento de verdad, un instante en el que descubrimos si estábamos en esto solo para alcanzar el poder o si realmente estábamos dispuestos a aprender, corregir y seguir adelante.

La visión de Adela Cortina sobre la ética

Adela Cortina, una de las voces más lúcidas de la filosofía moral en español, ha insistido en algo que en Colombia deberíamos repetir con mayor frecuencia: la ética no es un adorno del discurso ni una pose para tiempos tranquilos. La ética está relacionada con el carácter, la confianza, la responsabilidad y la manera en que una persona —o una institución— decide actuar cuando nadie le garantiza una recompensa inmediata. La ética se cultiva, no nace de la improvisación o de la nada.

Una idea suya que me impacta profundamente es que la moral no consiste solo en no hacer daño, sino también en “no defraudar la confianza”. Esta frase debería estar escrita en la puerta de cada oficina pública, de cada campaña electoral y de cada partido político. Porque una parte significativa de la crisis que vive la política colombiana no surge únicamente de errores técnicos o diferencias ideológicas.

El origen de la crisis política

Se origina en algo más profundo: la sensación de que en demasiadas ocasiones se ha roto la palabra, se ha abusado de la esperanza y se ha utilizado a la gente como un medio, no como un fin. La ética también es un proyecto a largo plazo porque el carácter no se construye en un solo día. Se forma decisión tras decisión. En esto, Cortina tiene razón, ya que una vida buena, decente y digna no depende de un impulso momentáneo, sino de la capacidad de sostener objetivos de largo aliento, especialmente cuando el camino se vuelve cuesta arriba.

La degradación de la política

También por esto, la política se degrada cuando se convierte únicamente en un cálculo coyuntural o en un afán por ser tendencia. Un líder que solo piensa en la próxima pelea, en el próximo clic o en la próxima conveniencia, termina perdiendo de vista lo más importante: para qué está haciendo política y a quién le debe responder. Estas respuestas se encuentran en los barrios y en los territorios, no en las pantallas.

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Reflexiones sobre libertad y responsabilidad

Hoy, cuando muchos confunden firmeza con agresividad o libertad con capricho, vale la pena recordar otra advertencia de Cortina: “Hacer sin mirar a quién se daña, no es libertad”. Y esto aplica para todo: para el gobernante que se acostumbra a decidir sin asumir consecuencias, para el opositor que cree que cualquier ataque es válido y para el dirigente que, por ganar una discusión, está dispuesto a romper los puentes que una democracia necesita para mantenerse viva.

La importancia de la autocrítica

Después de una derrota, la tentación más fácil es buscar culpables en todas partes. Sin embargo, la opción más útil es realizar una autocrítica. Revisar qué funcionó, qué no funcionó, qué faltó, qué se dijo mal, qué se escuchó poco y qué se dejó de ver. Esto no es debilidad; también es ética. Porque la ética no solo habla de cómo tratamos a los demás, sino que también se refiere a la honestidad con la que somos capaces de mirarnos a nosotros mismos.

Una reflexión para Bogotá y Colombia

Creo, además, que esta reflexión no solo es válida para una campaña política, sino también para una ciudad y para un país. Bogotá, como pocas veces, resume muchas de las tensiones de Colombia: la prisa, la polarización, la desigualdad, la desconfianza y la rabia, entre otras. Pero también refleja la capacidad de trabajar, de levantarse, de corregir y de volver a empezar. Por eso, defender a Bogotá no puede ser únicamente una consigna electoral; tiene que ser una manera de entender lo público: cuidar el dinero, vigilar los contratos, respetar las reglas, decir la verdad, corregir a tiempo y no tratar al ciudadano como espectador de una pelea ajena.

Necesidades urgentes de la política colombiana

La política colombiana necesita menos improvisación moral y más consistencia. Menos superioridad en los micrófonos y las redes sociales, y más seriedad de fondo. Menos ansiedad por el resultado inmediato y más responsabilidad con el proceso largo de construir confianza. También he escuchado que la confianza, como el carácter, tarda mucho en formarse y muy poco en romperse.

Conclusión: la ética en la derrota

Sigo creyendo, por todo esto, que la ética es un proyecto a largo plazo. Lo es en la vida personal, en el servicio público y también en la derrota. Tal vez ahí se pruebe más que nunca, cuando no hay euforia y solo quedan la conciencia, la palabra y la decisión de no renunciar a la esencia, a la identidad y a las convicciones. Perder una elección no debería significar perder el rumbo, y mucho menos perder las razones por las que se decidió entrar a la política. Este momento nos exige paciencia para pensar, humildad para corregir y firmeza para seguir, no con rabia ni con cinismo, sino con carácter. Anhelo, sinceramente, que Colombia algún día celebre un proyecto ético de largo plazo.