La política moderna y la negociación de principios fundamentales
La célebre frase de Groucho Marx, "Si no le gustan nuestros principios, les tenemos otros", ha trascendido el ámbito humorístico para convertirse en una incómoda realidad que define gran parte de la política contemporánea. Lo que antes parecía una exageración cómica hoy se manifiesta como una práctica habitual donde los valores fundamentales se adaptan según las circunstancias electorales, especialmente cuando hay votos en juego.
¿Principios o productos de mercadeo político?
Por definición esencial, un principio representa una base sólida e innegociable que debería guiar la acción política. Sin embargo, cuando estos valores se vuelven intercambiables según las preferencias del electorado, dejan de ser convicciones auténticas para transformarse en simples productos de consumo político. En teoría, la actividad política debería estar fundamentada en creencias profundas y proyectos de sociedad claros, pero en la práctica observamos cómo numerosas campañas funcionan más como ejercicios de mercadeo que como debates ideológicos sustanciales.
En este contexto, el cálculo electoral termina determinando qué discursos se pronuncian, qué promesas se formulan e incluso qué posturas se adoptan públicamente. No resulta extraño, por tanto, presenciar cómo un candidato defiende hoy con fervor lo que combatía vehementemente ayer, o viceversa. Esta dinámica de adaptación constante genera un problema fundamental: la erosión progresiva de la confianza pública en las instituciones y actores políticos.
La transformación del espacio político
Cuando los principios se vuelven flexibles según conveniencia, la política deja de percibirse como un espacio para el debate honesto y la construcción colectiva, transformándose gradualmente en un espectáculo de oportunismo donde prevalece el interés particular sobre el bien común. Esta percepción ciudadana genera desencanto, apatía y desconfianza hacia el sistema democrático en su conjunto.
Sin embargo, es importante reconocer que cambiar de posición no siempre constituye un acto negativo o reprochable. La política democrática saludable implica necesariamente procesos de aprendizaje, corrección de errores y adaptación a nuevas realidades sociales. La diferencia fundamental radica entre evolucionar mediante argumentos razonados y mutar simplemente por conveniencia electoral inmediata.
Lecciones históricas sobre coherencia política
Para los antiguos filósofos griegos, un político incoherente resultaba incapaz de gobernar adecuadamente porque carecía del elemento más esencial: la unidad armoniosa entre pensamiento, palabra y acción. El ejemplo paradigmático lo encontramos en Sócrates, quien prefirió consumir la cicuta antes que renunciar a sus convicciones fundamentales.
En el contexto colombiano, hemos presenciado líderes políticos tan comprometidos con sus estructuras ideológicas que, para silenciar sus voces, solo quedaba el camino extremo del asesinato. Estos casos extremos nos recuerdan que la coherencia política representa un valor fundamental, aunque en la práctica nunca pueda alcanzar la perfección absoluta.
El equilibrio necesario entre principios y pragmatismo
La coherencia política, aunque nunca absoluta, ofrece a los ciudadanos algo fundamental: previsibilidad. Permite a la sociedad saber qué puede esperar de sus representantes, qué valores defienden genuinamente y hasta dónde están dispuestos a ceder en situaciones de negociación. El verdadero desafío democrático no consiste en buscar candidatos perfectos, sino en encontrar equilibrios que permitan mantener principios fundamentales sin caer en purismos que imposibiliten la acción de gobierno.
Como señalaba sabiamente Voltaire: "Lo perfecto es enemigo de lo bueno". Esta afirmación no justifica elegir a cualquier candidato disponible, sino que nos invita a evitar que las exigencias idealistas nos impidan tomar decisiones responsables dentro de las opciones reales disponibles. Cuando los actores políticos se aferran a posiciones rígidas, esperando soluciones impecables que coincidan al cien por ciento con sus valores, el resultado habitual es la parálisis institucional.
En la práctica concreta, la política se construye en escenarios complejos donde convergen intereses diversos y donde las decisiones casi siempre implican concesiones necesarias. Gobernar adecuadamente no depende de ser impecable en todos los aspectos, sino de poseer criterio claro, establecer límites definidos y desarrollar capacidad para producir mejoras concretas que impulsen al país hacia niveles superiores de desarrollo y bienestar colectivo.



