Mauricio Lizcano: Una vida forjada entre la adversidad y el servicio público
Mauricio Lizcano nació en Medellín, una circunstancia más que un destino, ya que en ese momento era más accesible que llegar a Manizales. Sin embargo, su identidad no se limita a una sola ciudad: creció entre Manizales y Riosucio, en el departamento de Caldas, el lugar de origen de su familia que moldeó su carácter, acento y forma de relacionarse con los demás. Proveniente de un hogar sin privilegios económicos pero con una sólida estructura, su padre, economista, trabajaba de día y estudiaba de noche, mientras su madre se formó en la universidad pública. No había abundancia, pero sí una clara convicción: el estudio y el esfuerzo eran el único camino hacia adelante.
Infancia y formación académica
Lizcano recuerda su infancia como feliz, impregnada de afecto familiar, disciplina y una temprana sensación de responsabilidad. Como hijo mayor, comprendió rápidamente que debía asumir más responsabilidades de las que correspondían a su edad. Se educó en colegios de Manizales y, al finalizar el bachillerato, tomó una decisión crucial: mudarse a Bogotá para estudiar Derecho en la Universidad del Rosario. Llegó a la capital sin conocerla; de hecho, el primer día que pisó Bogotá coincidió con el inicio de sus estudios universitarios. Este choque inicial entre el mundo que dejaba atrás y el nuevo que descubría forjó su carácter, destacándose por su rápida adaptación, disciplina y curiosidad constante.
El quiebre familiar y el activismo
En la universidad, Lizcano se destacó como líder estudiantil, siendo presidente del consejo estudiantil y participando activamente en organizaciones juveniles internacionales. Representó a Colombia en encuentros académicos y de liderazgo en varios países, viajando y debatiendo mientras su carrera pública parecía encaminarse hacia el mérito y la preparación. Sin embargo, todo cambió en el año 2000 cuando su padre fue secuestrado por las FARC. Durante ocho años, su familia vivió en la incertidumbre, sin saber si estaba vivo o muerto, una situación que se agravó con el secuestro de su hermano durante seis meses. La violencia dejó de ser un concepto abstracto y se convirtió en una experiencia diaria que afectó cada decisión y espera.
Lejos de replegarse, Lizcano decidió hablar públicamente. Marchó, dio entrevistas y acudió a medios nacionales para defender la causa de los secuestrados cuando el tema comenzaba a desaparecer de la agenda pública. Lo hizo siendo aún estudiante, convencido de que el silencio también podía ser una forma de abandono. Con el tiempo, comprendió que la movilización social tenía límites y que muchas decisiones estructurales se tomaban desde el poder político, lo que lo llevó al Congreso como una continuación de su lucha.
Reencuentro y carrera en el Estado
Cuando su padre logró escapar del secuestro en 2008, Mauricio ya era representante a la Cámara. El reencuentro fue conmovedor pero duro: su padre regresó con un severo deterioro físico, desnutrido y ajeno a tecnologías básicas. La familia pasó días en la clínica, acompañando un proceso de recuperación tanto físico como emocional, entendiendo que la libertad también exige reaprender a vivir. Esta experiencia marcó definitivamente su relación con el Estado, llevándolo a recorrer prácticamente todas sus instancias: congresista, presidente del Congreso, ministro y funcionario en distintos gobiernos con orientaciones políticas diversas.
Trabajó con presidentes de orillas opuestas, saliendo de esos cargos sin estridencias pero sin silencios complacientes. No se asumió como militante ideológico, sino como un funcionario enfocado en ejecutar, resolver y construir acuerdos. Hoy, como candidato presidencial, rechaza las etiquetas tradicionales de derecha, izquierda o centro, considerando que estas categorías dividen al país y alimentan el odio, mientras los problemas estructurales permanecen intactos.
Visión política y vida personal
En su lectura, Colombia quedó atrapada en una lógica de polarización que reemplazó el debate por la confrontación emocional. Habla del "derecho a la alegría" como síntesis de lo perdido: un país donde muchos viven resignados, los jóvenes estudian sin garantías reales y emprender se volvió un acto de resistencia. Para él, la tecnología no es un eslogan, sino una herramienta concreta para transformar educación, productividad, empleo y Estado, siempre que se utilice con visión y disciplina.
En lo personal, mantiene un perfil sobrio. Está casado con Catalina Mesa, abogada penalista a quien conoció mientras ambos estudiaban en Estados Unidos. Tienen cinco hijos, el menor nacido hace apenas unos días. La campaña presidencial convive con pañales, madrugadas y una vida familiar intensa que hoy ocupa un lugar central en su manera de entender el poder y la responsabilidad. Las amenazas recibidas durante la campaña reactivaron recuerdos difíciles, pero no alteraron su decisión, tomando medidas de seguridad sin permitir que el miedo se convierta en parálisis.
Promesas de campaña y aspiración presidencial
Si llega a la Presidencia, Lizcano plantea un gobierno de unidad, una revisión profunda de la política de paz, la recuperación de la seguridad y un reordenamiento económico enfocado en reducir burocracia, aliviar a las pequeñas y medianas empresas, y equilibrar el aumento del salario mínimo con medidas que eviten más informalidad y desempleo. No promete épica ni redenciones históricas, sino decisiones concretas. Su historia, atravesada por la violencia, la espera y el aprendizaje institucional, lo lleva a aspirar a gobernar sin dogmas, sin odios y con la convicción de que Colombia necesita menos ruido y más resultados.