El ocaso del petrismo y el uribismo: una nueva era política emerge en Colombia
Por primera vez en tres años y medio de gobierno, han transcurrido diez días consecutivos en los que el presidente Gustavo Petro no ha logrado controlar la agenda pública nacional. A pesar de la expedición de decretos polémicos, declaraciones inadecuadas y episodios de homofobia, la presencia del primer mandatario ha pasado prácticamente desapercibida en el debate nacional.
Un millón doscientos cincuenta y cinco mil votos han obligado a los colombianos a detenerse y observar con atención al nuevo protagonista de la escena política: Juan Daniel Oviedo. Su meticulosa construcción de la aspiración presidencial, su trayectoria vital, los recursos desplegados en campaña y los resultados obtenidos en la consulta lo han catapultado al estrellato político inmediato.
El peso electoral que despierta pasiones encontradas
El impacto político y electoral que Oviedo está acumulando entre los votantes es de tal magnitud que genera reacciones extremas: enamora a algunos sectores mientras desata animadversión visceral en otros. Más allá del momento coyuntural, su irrupción ha evidenciado el ocaso definitivo de una generación que transformó la política colombiana desde mediados de los años noventa.
Todo comenzó con la aparición disruptiva de Antanas Mockus en la política y su posterior elección como alcalde de Bogotá. Tras su innovadora forma de gobernar y hacer política, emergieron figuras como Sergio Fajardo, Claudia López, Enrique Peñalosa y una extensa lista de nuevos dirigentes pertenecientes a esta generación transformadora.
La consolidación del petrismo y el uribismo
Dentro de este movimiento generacional, dos figuras alcanzaron los más altos niveles de consolidación: Álvaro Uribe, proveniente del partidismo tradicional, y Gustavo Petro, surgido de los acuerdos de paz con el M-19. Fue en este contexto histórico donde crecieron y se fortalecieron tanto el petrismo como el uribismo como fenómenos políticos determinantes.
Esta generación, con su acción disruptiva y apoyándose en los mecanismos de participación y democracia directa establecidos por la Constitución de 1991, rompió las formas tradicionales de mediación política que vivían sus últimos días de concentración en los partidos y medios de comunicación convencionales.
En aquella época, lo que no se decidía en el Partido Liberal se definía en EL TIEMPO o El Espectador; y lo que no se determinaba en el Partido Conservador se resolvía en El Siglo o La República. En las regiones ocurría exactamente lo mismo: lo que no se despachaba en los directorios regionales de los partidos se tramitaba en los periódicos locales. Estas mediaciones desaparecieron cuando se impusieron nuevas formas de comunicación e interacción con la ciudadanía.
La paradoja de la supervivencia partidista
Sin embargo, la generación del petrouribismo, lejos de consolidar su gesta política mediante mecanismos de organización partidista tradicional, optó por formas de organización para la movilización social cada vez más regidas por la fuerza personal o el poder caudillista que encarnaban sus líderes. Ni Antanas Mockus, ni Sergio Fajardo, ni Enrique Peñalosa lograron trascender sus proyectos políticos hacia partidos con fuerza política autónoma.
Solo Álvaro Uribe con el Centro Democrático y posteriormente Gustavo Petro con el Pacto Histórico consiguieron dar forma trascendente a organizaciones políticas partidistas que recogieron muchas de las ideas y prácticas de gobierno de esta generación. Mientras la mayoría de las organizaciones políticas de este período caían en el vacío de un centrismo político sin ideología ni proyecto definido, los partidos creados por Uribe y Petro se consolidaron como los más importantes del país, con perfiles ideológicos y electorales claramente delineados.
Pero aquí surge la gran paradoja: la supervivencia de cada uno de estos partidos depende actualmente de que sus máximos líderes den un paso al costado. Deben convertirse en soldados más de la causa, permitiendo que nuevos dirigentes asuman el timón de mando.
La encrucijada existencial de los partidos
En el caso del Centro Democrático, como el mismo Uribe ha señalado, los nuevos líderes "no deben arrastrar con el pasado" de quien fue su gestor. Esta es la condición fundamental para transitar de un partido personalista (uribista) hacia un proyecto verdaderamente colectivo.
Para el Pacto Histórico, en las nuevas condiciones políticas, Petro ya no tiene espacio para ejercer como jefe indiscutido. Esa tarea debe asumirla Roy Barreras o figuras como Iván Cepeda. No solo porque el Pacto necesita establecer un perfil político de izquierda más definido, que supere la agenda inmediata de lo que se le ocurra a su líder, sino porque debe desarrollar un carácter más orgánico y ordenado como partido político institucionalizado.
La irrupción de Juan Daniel Oviedo representa así el punto de inflexión que evidencia el agotamiento de un ciclo político. Los partidos más importantes de Colombia enfrentan ahora el desafío existencial de renovarse desde sus bases o arriesgarse a la irrelevancia en un panorama político que demanda nuevas formas, nuevos liderazgos y nuevas narrativas.



