Cada cuatro años, los programas de gobierno presidenciales repiten la promesa de convertir la Orinoquía en la despensa de Colombia. Esta región ya aporta cerca del 30 % de la producción agrícola nacional, pero más allá de fortalecer cultivos de soya, arroz y ganadería, pocas propuestas abordan las necesidades reales de un territorio marcado por el conflicto, la concentración de tierras y la disputa territorial. Para entenderlo, basta examinar las propuestas de los cinco candidatos con mayor intención de voto, que dibujan una región pensada principalmente desde el desarrollo agroindustrial y ganadero, con algún complemento de turismo sostenible.
Abelardo de la Espriella y el "Matto Grosso Colombiano"
Abelardo de la Espriella propone crear el "Matto Grosso Colombiano", ampliando la frontera agrícola en 1,5 millones de hectáreas en la altillanura. La comparación con el estado brasileño de Mato Grosso no es casual: ese territorio es símbolo tanto de fortaleza agrícola como de deforestación amazónica. Trasladar ese modelo a la Orinoquía genera dudas sobre su viabilidad, pues requeriría consulta previa con pueblos indígenas como los Sikuani y Piapoco, guardianes de la tierra. Omitir este paso sería inconstitucional.
Sergio Fajardo y Claudia López: propuestas más elaboradas
Sergio Fajardo plantea un "nuevo polo agro-productivo" con planes de ordenamiento territorial a través de las Regiones Administrativas y de Planificación (RAP). Su propuesta suena institucional y coherente, pero Colombia tiene un historial de planes bien formulados que nunca se ejecutaron. Sin presupuesto asignado ni voluntad política, podría quedar en el discurso. Claudia López, por su parte, ofrece la propuesta más completa, rechazando el monocultivo y apostando por sistemas silvopastoriles que protejan humedales y morichales. Busca un equilibrio entre producción y conservación, pero resulta difícil que en cuatro años la región se consolide como epicentro agroindustrial cuando aún no hay estabilidad en la vía al Llano ni en otras conexiones viales con el resto del país.
El problema de fondo: la tenencia de la tierra
Más allá del modelo productivo, la discusión clave es quién controla la tierra. Claudia López presenta la apuesta más seria en este aspecto: formalización predial, catastro multipropósito, crédito barato y precio de compra garantizado, con el campesinado como socio. El catastro ya avanza, lo que da una base real. Sin embargo, los modelos asociativos en Colombia suelen beneficiar a intermediarios más que a comunidades; sin garantías jurídicas sólidas, la formalización puede facilitar la acumulación de tierras en lugar de solucionarla.
Iván Cepeda y Paloma Valencia: diagnósticos y propuestas
Iván Cepeda hace un diagnóstico político, señalando la disputa geopolítica por el agua, minerales e hidrocarburos en la Orinoquía. Acierta en el diagnóstico, pero no explica cómo sus "Pactos territoriales" cambiarán la dinámica de poder en la región. Incluso al hablar de recursos estratégicos, el territorio sigue siendo visto como objeto de disputa económica más que como espacio habitado. Paloma Valencia propone reforestación comercial en los Llanos con apoyo de Finagro. Técnicamente viable, pero los árboles comerciales tardan entre 10 y 25 años en crecer; en un gobierno de cuatro años se siembra, pero no se cosecha ni se consolida la industria.
Un imaginario persistente
Estas propuestas revelan un imaginario persistente: los Llanos como espacio para expandir la producción agrícola y ganadera, un territorio pensado para proveer, no para construir junto a sus habitantes. La formalización y redistribución de la tierra quedan relegadas, porque implican limitar la concentración de capital y discutir quién tiene derecho sobre el territorio. Gobernar los Llanos exige partir de una pregunta distinta: ¿qué quieren quienes viven ahí? Mientras esa pregunta no sea el punto de partida, seguiremos viendo propuestas que prometen el futuro de la región sin consultar a su gente por el presente.



