El teatro político colombiano: donde la masculinidad se impone mediante el silencio
Los discursos pendencieros que caracterizan la actual campaña electoral en Colombia no son un fenómeno aislado, sino la manifestación visible de una construcción histórica profundamente arraigada. Este escenario, que algunos analistas denominan el «teatro de la política», representa la puesta en escena sistemática del ideal de superioridad masculina, exacerbado por estrategias populistas que apelan a emociones primarias.
Los 90 minutos del poder político
Existe una analogía reveladora entre el fútbol y la política. En un partido, después del pitazo final, los jugadores pueden besarse, abrazarse y llorar sin temor a señalamientos, porque ya han «demostrado su virilidad» durante los 90 minutos de juego. Pero en la arena política, ¿cuándo llega ese momento de humanidad para los políticos? La respuesta es compleja y está entrelazada con siglos de construcción filosófica.
La teoría política moderna, desde Hobbes y Locke hasta Kant y Hegel, fue elaborada frente a un espejo que reflejaba una única imagen: la del sujeto masculino. Como sintetizan Juan Iván Martínez-Ortega y otros investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México en su artículo Masculinidad y política (2025), «la filosofía moderna estableció el concepto de un sujeto jurídico-contractual como un individuo carente, necesitado de satisfacción y deseoso de posesión». Este modelo específico de masculinidad «ha justificado históricamente la dominación y la violencia» como mecanismos legítimos de ejercicio del poder.
El contrato social patriarcal
Kate Millet, en su obra seminal Política sexual (1970), comprendió que el sexo es una categoría social profundamente impregnada de política. El poder constituye la esencia misma de la actividad política, y en los hombres esta necesidad de dominio y control se manifiesta a través de:
- Un lenguaje que privilegia el uso de la fuerza sobre el diálogo
- Jerarquizaciones múltiples (sexuales, étnicas, sociales)
- Narrativas bélicas que enmarcan la competencia política como guerra
Todo este sistema se perpetúa bajo el amparo de un «contrato social» tácito que implica encubrir, negar y callar: el pacto patriarcal. Como reza el dicho popular, «calladitos se ven más machitos», frase que encapsula perfectamente esta dinámica de poder.
La insuficiencia del voto femenino
Derribar este contrato patriarcal no se logra simplemente votando por mujeres. Ser mujer no constituye una condición suficiente para merecer ser elegida, pero sí es absolutamente necesaria para que su carrera y proyecto político sean revisados de forma diferencial. El sistema está diseñado intencionalmente para que la atención se concentre en los «duelos de machos», marginando otras formas de hacer política.
Las cifras de ONU Mujeres (con datos de 145 países correspondientes a 2025) son elocuentes:
- Solo un 27,2% de las curules parlamentarias a nivel mundial están ocupadas por mujeres
- La igualdad de género en las más altas esferas de poder se logrará, al ritmo actual, en 130 años
- Solo seis países tienen un 50% o más de mujeres en sus congresos: Rwanda (64%), Cuba (56%), Nicaragua (55%), Andorra, México y Emiratos Árabes Unidos (50%)
- La paridad en los congresos mundiales no se alcanzará antes de 2063
En América Latina, las mujeres ocupan aproximadamente un 36% de los escaños parlamentarios, una cifra que, aunque superior al promedio mundial, sigue siendo insuficiente.
El caso colombiano: silencios que hablan más fuerte que las palabras
En Colombia, el pacto patriarcal comenzó mucho antes de la revelación de los Archivos Epstein. Una pregunta crucial surge: ¿por qué el movimiento #MeToo no prosperó significativamente en el país a pesar de las denuncias públicas realizadas por periodistas como Claudia Morales y Claudia Julieta Duque? La respuesta está en los engranajes bien aceitados de un sistema que se reproduce incluso en las urnas.
Las elecciones representan los «90 minutos» de los políticos, tanto en campaña como en el ejercicio del poder. Una vez terminado este tiempo simbólico, quedan las lealtades inquebrantables, los favores que se pagan hasta la eternidad y la gratitud ciega que socava los fundamentos mismos de la democracia. ¿Cuántas mordazas invisibles existen en los tarjetones al Congreso y en las consultas internas?
El silencio se ha convertido en el brazo armado —y cobarde— del pacto patriarcal colombiano. Esta es la razón por la cual partidos políticos como el Conservador no exigen respuestas contundentes de sus dirigentes (como en el caso de Andrés Pastrana) y algunos de sus miembros, tanto hombres como mujeres, expresan apoyo público incondicional al «héroe en desgracia». Se trata de una solidaridad de partido, de clase y de cuerpo que trasciende cualquier consideración ética.
La misma norma tácita aplica para cada político que, con el objetivo de preservar su esfera de dominio, archiva, desestima o absuelve investigaciones en instancias como la Comisión de Investigación y Acusación, ya sea contra mandatarios como Álvaro Uribe o Gustavo Petro, por citar ejemplos emblemáticos.
Las mujeres ya no lloran, preguntan
En la política colombiana contemporánea, los silencios estratégicos constituyen los besos, los abrazos y el llanto de los machos. Son la expresión última de una complicidad que sostiene estructuras de poder anacrónicas. Frente a esta realidad, las mujeres han transformado su rol: ya no lloran, preguntan. Y votan.
El movimiento #NoAlPactoDeSilencio representa una de las respuestas organizadas a esta dinámica perversa, exigiendo transparencia, rendición de cuentas y una ruptura definitiva con los pactos tácitos que han caracterizado la política colombiana durante décadas. La batalla no es solo por más mujeres en cargos de poder, sino por transformar radicalmente las reglas no escritas que gobiernan el ejercicio del poder mismo.
