La degradación de la política colombiana: un circo sin honor ni grandeza
Muchos jóvenes colombianos coincidirán al afirmar que una observación detenida de la política nacional actual desemboca inevitablemente en un conjunto de reproches, vergüenzas ajenas y profundas desesperanzas hacia quienes hoy dirigen los destinos de nuestra nación. La actividad política en el país se ha transformado en un verdadero circo mediático, en un fortín de intereses particulares, donde predominan las formas más rastreras y vulgares de expresión, acompañadas por una alarmante ausencia de honor, comprobación, argumentación sólida y oratoria elevada.
La añoranza por los tribunos del pasado
Quienes estudiamos con rigor la historia política de Colombia observamos con genuina añoranza a aquellos tribunos que nos precedieron, entre los cuales destaca con luz propia uno de los más grandes: Laureano Gómez Castro. No podemos más que lamentarnos profundamente por el mefítico aire que hoy nos ahoga, cuando contrastamos la actualidad con figuras de semejante talla intelectual y moral.
Un 20 de febrero similar al nuestro, pero del lejano 1889, un hombre de fuego que posteriormente sería bautizado como Toro Farnesio, acrisoló su existencia en nuestra tierra para marcar uno de los legados políticos más profundos y duraderos de Colombia. Laureano Eleuterio Gómez Castro, aquel enorme pensador conservador, nació no para la fama efímera, sino para la eternidad del reconocimiento histórico.
La formación excepcional de un líder
Tempranamente, sin buscarlo, se vio rodeado de las más excelsas personalidades que compartían con él sangre de comarca. Aunque Gómez era bogotano de nacimiento, sus raíces calaban profundamente en las históricas veras nortesantanderanas de Ocaña. Fue así como figuras como el general Guillermo Quintero Calderón, Carlos E. Restrepo y José Vicente Concha, quienes visitaban recurrentemente al padre de Laureano, se convirtieron en auténticas lámparas de inteligencia y honorabilidad que, cual cirio pascual, transmitieron su llama purificadora a la naciente alma nimbada del joven político.
Laureano fue forjado meticulosamente en el yunque de la ratio studiorum de los jesuitas, y su conciencia así constituida comprendió con claridad meridiana que lo que realmente se jugaba en Colombia era un choque fundamental de escuelas filosóficas. No fue un hombre de armas tomar como lo acusan sus poco caritativos opositores, sino un ciudadano profundamente convencido del fragor de las ideas, sin caer jamás en el mal llamado "pluralismo" superficial ni en la incitación a la guerra civil.
El legado filosófico y moral
La profesión sincera y convencida de las "verdades eternas del derecho natural", las jerarquías sociales bien entendidas, el orden orientado hacia Dios como primer motor de la historia, la moral pública como basamento indispensable de toda organización social, su rechazo categórico al utilitarismo ramplón, la abnegada lucha contra los enemigos de la Religión católica y su infatigable labor en favor del desarrollo material del país constituyeron su legado fundamental. Un legado que, lamentablemente, ha quedado a veces olvidado en las amarillentas páginas del tiempo y cubierto por sinnúmero de calumnias que cuajaron con el triunfo del liberalismo rampante.
La crítica visionaria al Congreso
Para comprender el carácter patricio de sus razonamientos y su irrevocable sentido del deber, debemos remontarnos a 1940, cuando en una entrevista histórica, Laureano Gómez expuso las razones para retirarse del Congreso. Estas palabras, ya distantes por extensas fanegadas de décadas, parecen conservar una vigencia escalofriante en nuestra actualidad.
Su motivo central fue "desencanto y aburrimiento", para más adelante sentenciar con precisión quirúrgica: "De muchacho diome la afición de ir a las barras, y conocí bastante el Senado donde asistía Miguel Antonio Caro y la Cámara donde hablaban Guillermo Valencia y Óscar Terán. Esa aburrición no tiene cura si coincide, como es mi caso, con una curva de decadencia de la institución. Como digo, conocí el senado admirable de 1903, después en las Cámaras que he asistido, vi trabajar a ciudadanos eminentes. Conocí el esmero solícito con que antes se intervenía en la formación de las leyes y lo comparo con el desgaire con el que se hace ahora. En el estado con que ha llegado el Congreso, la preparación, el estudio, el conocimiento, la demostración, el raciocinio, no tienen cabida. Son inoperantes y baldíos."
Una trayectoria política ejemplar
Laureano Gómez, luego de graduarse como ingeniero de la Universidad Nacional, desarrolló una trayectoria política ejemplar que incluyó:
- Representante a la Cámara
- Diputado
- Senador
- Embajador
- Ministro
- Presidente del Congreso
- Director del Partido Conservador
- Presidente de la República
Fue siempre el fiscal implacable de la actividad política, un patriota excepcional, un católico ascético, un hombre de cultura inigualable y un constructor visionario de país. Sus obras completas, recopiladas meticulosamente por Eduardo Ruiz Santos, muestran su trayectoria con verdad histórica incontestable.
El rescate pendiente de su legado
Gómez, por su mismo carácter firme y principios inquebrantables, de acuerdo al historiador Jorge Meléndez Sánchez, ganó enemigos poderosos, enemigos que finalmente triunfaron, encarnación de las mañas políticas que hasta hoy han mancillado su nombre procurador. Su legado merece ser rescatado urgentemente, su vida necesita pasar por la lupa de la investigación imparcial y ser limpiada de calumnias seculares.
Mientras tanto, los jóvenes conservadores y todos aquellos que valoran la grandeza en la política, celebramos con respeto y admiración su eterno natalicio, conscientes de que figuras como Laureano Gómez representan un faro de referencia en medio de la penumbra política contemporánea.