Ser buen ciudadano en Colombia: más que un discurso, una práctica diaria de coherencia
Ser buen ciudadano: práctica diaria de coherencia en Colombia

Ser buen ciudadano en Colombia: más que un discurso, una práctica diaria de coherencia

Cuando reflexionamos sobre lo que significa ser un buen ciudadano, inevitablemente recordamos la famosa frase de John F. Kennedy: "No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país". La citamos con frecuencia, la aplaudimos en discursos, pero rara vez la interiorizamos y la convertimos en acción concreta en nuestra vida diaria.

La realidad colombiana y la necesidad de autorreflexión

En un país como Colombia, marcado profundamente por la pobreza extrema, la violencia persistente, la narcoguerrilla y una corrupción que parece no tener fin, esa célebre frase nos confronta con una realidad incómoda que muchos prefieren evitar: la autorreflexión sincera sobre nuestro propio papel en la sociedad.

Hemos desarrollado casi a la perfección el arte de exigir con indignación, con rabia desbordada e incluso con desprecio hacia las instituciones. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a cuestionarnos qué tanto contribuimos, desde nuestras acciones cotidianas, a aquello mismo que criticamos con tanta vehemencia.

Banner ancho de Pickt — app de listas de compras colaborativas para Telegram

Ser buen ciudadano no consiste en mirar hacia afuera y señalar a los demás; comienza por una mirada interna, por examinar nuestras propias decisiones y comportamientos. Implica comprender que cada elección que tomamos, por mínima o insignificante que parezca, tiene un impacto directo o indirecto en quienes nos rodean y en la sociedad en su conjunto.

La corrupción silenciosa y la cultura ciudadana

Nada cambia realmente en una nación donde se condena la corrupción a voz en cuello, pero luego se practica en silencio y en la intimidad de lo cotidiano. Esto ocurre cuando, con nuestras propias acciones, no damos buen ejemplo a nuestros hijos, cuando nos colamos descaradamente en una fila, cuando evadimos el pago de impuestos o cuando normalizamos la trampa pequeña argumentando que "no pasa nada".

Sí pasa, y mucho más de lo que imaginamos, porque es precisamente en esos pequeños actos donde se construye, ladrillo a ladrillo, una cultura ciudadana perversa que después lamentamos padecer como sociedad. Esa cultura se alimenta de la incoherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, entre lo que exigimos a los demás y lo que estamos dispuestos a dar nosotros mismos.

El momento electoral y la responsabilidad ciudadana

En las próximas semanas, los colombianos tendremos la oportunidad de elegir un nuevo presidente para el país. Solemos cargar este momento con una ilusión desbordada, como si en una sola elección se jugara todo el destino de la nación. En esta ocasión particular, sin embargo, sí nos la estamos jugando toda, pues venimos de un período marcado por una profunda incoherencia entre las promesas hechas y los hechos concretos.

Como ciudadanos, hemos sido demasiado pasivos, aceptando e ignorando que se nos prometa sin que se nos cumpla. El único poder real que tenemos en este momento es no votar por quienes nos están llevando al precipicio. Votar con conciencia significa elegir a quienes demuestren una capacidad real de convertir sus promesas en realidad tangible.

Esto incluye contar con un sistema de salud donde la población sea atendida con eficiencia y dignidad, disminuir significativamente los índices de pobreza extrema, y establecer un sistema de subsidio de vivienda que brinde oportunidades reales a las familias para acceder a una casa propia, entre otras prioridades urgentes.

La transformación nacional: un proceso colectivo

Votar conscientemente implica, al mismo tiempo, asumir una responsabilidad activa de nuestra parte: hacer seguimiento constante a las gestiones, exigir resultados concretos y no premiar el incumplimiento con nuestra indiferencia o con nuestro voto en futuras elecciones.

Lo único que transforma verdaderamente a una nación -de manera lenta, difícil, pero real y sostenible- es la suma de comportamientos íntegros, mantenidos consistentemente en el tiempo. Esto aplica tanto para quienes ejercen el gobierno como para nosotros, los ciudadanos de a pie.

Banner post-artículo de Pickt — app de listas de compras colaborativas con ilustración familiar

Al final del día, ser un buen ciudadano no es una idea noble ni un discurso bien intencionado; comienza en lo pequeño, en lo que nadie ve, en lo que no da reconocimiento ni aplausos. El país que anhelamos no depende exclusivamente de quien ocupa el poder, sino de lo que cada uno de nosotros está dispuesto a hacer, o dejar de hacer, en su ámbito de influencia.

Se trata de elegir constantemente entre la retórica vacía y los hechos concretos, entre la queja estéril y la acción constructiva. El cambio auténtico no se promete en campañas electorales; se practica día a día con la coherencia inquebrantable entre lo que decimos y lo que hacemos. Y esa práctica comienza hoy, con cada decisión que tomamos.