La democracia colombiana en jaque: cuando violencia y corrupción se normalizan
Cuando la violencia y la corrupción se desbordan y se mezclan en la cotidianidad de las personas, en los actos más simples de la vida diaria, significa que la democracia está fracasando estrepitosamente. Ya no somos ciudadanos libres, sino sobrevivientes atrapados en un sistema que ha perdido su rumbo esencial. Esta afirmación no es una frase efectista o retórica: es una constatación amarga y dolorosa que muchos colombianos experimentan en carne propia cada día.
La pérdida de soberanía legal y el reinado del miedo
Cuando la ley pierde completamente su soberanía y solo queda el miedo como regulador social, el resultado final no es el orden sino el sometimiento generalizado. No importa realmente si la violencia y la corrupción son impulsadas por grupos ilegales armados o por el propio Estado colombiano; en nuestra realidad nacional existen abundantes ejemplos de ambas clases. Los países que han atravesado dictaduras abiertas o camufladas lo saben perfectamente bien: cambian los discursos políticos, pero el resultado final es idéntico: ciudadanos reducidos a meros sobrevivientes.
Para quitarse la venda de los ojos y comprender mejor esta dinámica perversa, recomiendo especialmente "El Agente Secreto", la nueva película protagonizada magistralmente por Wagner Moura, cubierta de prestigiosos premios internacionales —incluidos los Globos de Oro— y centrada en un drama personal profundamente conmovedor en el Brasil de los años setenta, empachado de violencia sistémica y corrupción generalizada. Este thriller político retrata con crudeza una realidad latinoamericana que no es necesariamente peor que la de cualquier otro lugar del mundo, simplemente es más fluorescente y explícita en sus manifestaciones.
La infección de la vida cotidiana
La violencia y la corrupción aparecen y se desarrollan donde el contexto social y político propicia la ley del más fuerte o permite operar con el axioma perverso del "vivo que vive del bobo". Así infectan progresivamente el trabajo formal y también el rebusque informal, el acceso a la salud pública, a la educación de calidad, a los trámites elementales del Estado, incluso a una simple caminata tranquila por un parque urbano. Se vuelven moneda corriente en las transacciones diarias.
Se pagan regularmente "vacunas" ilegales para poder trabajar en paz, se aceptan favores indebidos y corruptos para no quedarse atrás en la competencia desleal, se guarda silencio cómplice para conservar precariamente la vida y el sustento familiar. Poco a poco se teje una red compleja de complicidades: una suma acumulativa de capitulaciones morales que degradan el tejido social completo.
La única salida posible: democracia plena y justicia independiente
Solamente la democracia en sentido pleno y auténtico —con control efectivo del territorio nacional por fuerzas del orden sometidas estrictamente a la justicia y una justicia verdaderamente independiente, competente y limpia de corrupción— es la que puede volver a cerrar la peligrosa caja de Pandora y reducir la violencia y la corrupción a su justa medida mínima, como dijo —con palabras quizás desafortunadas— un expresidente colombiano reciente. Así puede comenzar lentamente a rehacerse el progreso nacional genuino.
Lo demás, el desmadre autoritario improvisado, la tentación permanente del caudillo providencial mesiánico, resulta completamente ineficaz y termina históricamente muy mal para todos; ya lo sabemos por amarga experiencia continental. No vayamos a las urnas el próximo 8 de marzo como idiotas útiles del sistema corrupto establecido. Nuestra democracia colombiana está enredada en múltiples capas superpuestas de corrupción y violencia que obligan a muchos ciudadanos a pactar con el diablo para simplemente subsistir.
No caigamos en la trampa peligrosa de ningún extremo político, pues son solo claudicaciones del discernimiento racional. Solo la restauración completa de una democracia realmente libre, con dirigentes preparados académicamente, sensatos humanamente y verdaderamente limpios éticamente, comprometidos auténticamente con el Estado de Derecho constitucional, puede rescatarnos como nación sin hipotecar peligrosamente las libertades fundamentales conquistadas.
