Retos de la oposición: unidad y responsabilidad electoral frente al deterioro institucional
Nunca antes en la historia reciente de Colombia habíamos enfrentado un proceso electoral tan complejo y decisivo como el actual. Por primera vez, la Presidencia es ocupada por alguien dedicado de tiempo completo a la agitación política con recursos del Estado, mientras el país sufre un deterioro institucional, social y político de magnitudes sin precedentes.
El cuatrienio que concluye deja una nación fatigada, fracturada y saqueada. Por esta razón, las elecciones del domingo 8 de marzo y las del 31 de mayo no representan un trámite más: constituyen un punto de inflexión histórico para el futuro del país.
El mayor desafío: corregir el rumbo nacional
El reto principal de la oposición radica en corregir el rumbo del país. Para lograrlo, no basta con unificar el discurso frente al peor gobierno de nuestra historia o, más claramente, frente al desgobierno actual. Como afirmó el exministro de Petro, Alejandro Gaviria: "Estamos ante el gobierno más corrupto de la historia de Colombia".
Conviene precisar, con hechos irrebatibles, que la corrupción del petrismo no es un episodio aislado ni una simple desviación administrativa: es un patrón que ha normalizado el abuso del poder y trivializado el saqueo del erario público. La conversión del presupuesto en botín familiar y político, sumada a la peligrosa tesis de que la ideología excusa la opacidad, es una práctica profundamente instalada.
Más allá de los billones de pesos perdidos –lo cual resulta escandaloso–, resulta aún más grave que se haya formalizado el desprecio por lo público como principio de gestión.
El colapso del sistema de salud: una tragedia humana
También debe insistirse en la gravedad del colapso del sistema de salud colombiano. El daño no se mide en decretos ni en discursos, sino en vidas truncadas y sufrimiento evitable. El petrismo sometió el sistema a una demolición ideológica que terminó por destruirlo, mientras Petro justifica con narrativas el desvío de recursos de un sector vital para la población.
El resultado es desolador: pacientes que aguardan medicamentos que nunca llegan, tratamientos interrumpidos hasta convertirse en tragedias personales y familiares, y un sistema que ha abandonado a quienes más lo necesitan.
El deterioro del orden público: democracia sitiada
A estos desafíos se suma el deterioro más delicado del orden público en décadas. No se trata de simples cifras estadísticas: es la imagen de una democracia sitiada. Grupos narcoterroristas expandiéndose por el territorio nacional, vastas zonas bajo dominio criminal absoluto y la libertad ciudadana erosionada día tras día.
Todo este panorama se acompaña de la narrativa engañosa del "fraude electoral", que siembra desconfianza anticipada y debilita aún más las instituciones democráticas que deberían proteger a los colombianos.
El reto electoral: unificar al 60-70% del electorado
Sin embargo, en medio de este panorama complejo, el reto mayor de la oposición sigue siendo ganar las elecciones presidenciales. Las estadísticas históricas muestran una tendencia persistente: entre el 30 y el 35% del electorado vota tradicionalmente por la izquierda, mientras que entre el 60 y el 70% lo hace por el centro y la derecha política.
Incluso las encuestas más recientes ratifican esta realidad electoral. El desafío, entonces, es confirmarla en las urnas mediante un proceso de unidad estratégica y responsabilidad ciudadana.
Unidad y responsabilidad: el camino a seguir
Para lograr esta victoria electoral se requieren sensatez política y humildad institucional. Fue un error significativo la ausencia de Abelardo de la Espriella en la Gran Consulta, independientemente de las razones que la motivaron. Pero, más allá de esta circunstancia específica, corresponde a los electores votar por una de las alternativas de ese grupo opositor.
Las consultas internas son vías democráticas que deben aprovecharse al máximo. Los electores de la oposición debemos asumir con plena responsabilidad qué camino tomar desde el 9 de marzo, para forjar la unidad de ese 60 o 70% del electorado llamado a ganar la presidencia y cambiar el destino del país.
Quien gane en la Gran Consulta y Abelardo de la Espriella deben sentarse, sin dilaciones injustificadas, a trazar un único camino de unidad a través del mecanismo más ágil posible. No podrá haber voces sensatas que afirmen lo contrario en un momento histórico de esta magnitud.
La legalidad constituye un marco necesario, pero el país representa el propósito superior que debe guiar todas las decisiones. El desafío principal no se encuentra dentro de la oposición, sino enfrente: lo encarna el candidato del petrismo, afín a quienes históricamente han buscado destruir la democracia y las instituciones colombianas.
Por esta razón fundamental, no hay espacio para egos personales ni cálculos políticos menores en este momento crucial. Las diferencias internas deben subordinarse al interés supremo de la Nación; cuando la patria está en juego, todo lo demás se convierte en accesorio secundario.
Las elecciones de 2026 representan mucho más que un cambio de gobierno: son la oportunidad histórica para reconstruir un país fracturado, restaurar las instituciones democráticas y devolver la esperanza a millones de colombianos que han sufrido las consecuencias del peor gobierno de nuestra historia contemporánea.



