El relato que Iván Cepeda Castro desarrolla en esta entrevista tiene que ver con su tránsito personal de la ira, la indignación y la desesperanza a la recuperación de la fe en la humanidad. El asesinato de su padre, Manuel Cepeda Vargas, se inscribe en uno de los episodios más horrorosos de nuestra historia: el genocidio de la Unión Patriótica, perpetrado en virtud de la manguala entre fuerzas estatales, militares y paramilitares. Más de seis mil muertes anunciadas, ante los ojos indolentes de un país.
El proceso emocional tras el asesinato
Iván Cepeda explica que su proceso emocional ha sido un tránsito entre la ira, la indignación y la desesperanza hacia el amor y la esperanza. "Diría que es un tránsito entre la ira, la indignación y la desesperanza hacia el amor –decir amor es muy fuerte–, pero sí hacia recuperar la esperanza, a volver a creer en la humanidad y demostrar la fuerza que se tiene. Llegar a las fortalezas viniendo de la absoluta debilidad, de la desolación, de la ruina", afirma.
Este camino, según Cepeda, ya estaba abonado porque él era adulto cuando mataron a su padre. Tenía 31 años, había estudiado, tenía experiencia y ya había comenzado una vida política. Aunque eso no reduce el impacto, de alguna manera lo prepara a uno para el dolor. Además, el contexto del genocidio contra la Unión Patriótica había ayudado a esa preparación. "Entre la gente cercana a mi casa y mi entorno, mi pregunta no era si el asesinato de mi padre iba a ocurrir, sino cuándo iba a ocurrir. En un momento era tan grave la situación que ya sabíamos cuándo iba a ocurrir", recuerda.
La preparación para el golpe
Cepeda señala que hubo una preparación consciente y deliberada para ese momento. Esa preparación incluía rituales, maneras de relacionarse y prácticas desarrolladas. "Teníamos claro que a la Unión Patriótica la estaban desapareciendo. Fueron dos candidatos presidenciales, ocho congresistas y más de seis mil personas entre dirigentes, militantes, alcaldes, concejales, diputados y simpatizantes. Fue tal la preparación que el día que lo asesinaron, mi papá se despidió de mi hermana como si fuera la última vez", relata.
Cuando mataron al general Carlos Julio Gil Colorado en julio de 1994 en un atentado atribuido a las FARC, la familia Cepeda tuvo el banderazo de que el siguiente sería Manuel. "La discusión entre mi padre y Aída Avella era cuál de los dos iba a ser asesinado primero. Aída aún recuerda que entre los dos se prestaban los escoltas", comenta. Sin embargo, cuando ocurre el hecho, el dolor es como si uno jamás se hubiera preparado. "Cuando estás ante el cadáver de tu padre asesinado es como si te fulminara un rayo. Es una situación absolutamente inédita que genera un dolor innombrable", confiesa.
La elección del camino: verdad y justicia
Frente a la muerte de su padre, Cepeda decidió no dejarse llevar por el resentimiento ni el sometimiento. Cita a Gandhi: "Cuando digo que no debemos tener resentimiento, no quiero decir que debamos someternos". Su decisión fue encontrar una vía que, sin utilizar los métodos de los perpetradores, significara reparación, satisfacción y justicia. "Mi decisión estuvo orientada a realizar acciones para encontrar verdad y justicia", afirma.
En la búsqueda de justicia formal, Cepeda se dio cuenta de que había que perder toda esperanza en la acción espontánea de la justicia institucional y que había que inventarse un camino propio. Eso suponía liderar el proceso investigativo, buscar las pruebas, encontrar los testigos y luchar para que no los asesinaran. "Aprendí a recorrer ese camino hasta encontrar la verdad", dice.
El paso a la acción política
La lucha de Cepeda se volvió acción política cuando las víctimas lograron un peso específico en la sociedad, especialmente entre 2004 y 2010, cuando la parapolítica estalló en Colombia. "La lucha de las víctimas dejó de ser individual y se convirtió en una causa social, en un problema de lucha colectiva e incluso de hegemonía cultural: las víctimas comenzaron a pedir memoria, acciones, visibilidad, reparación, acciones de Estado", explica.
En ese contexto, Cepeda decidió hacerse elegir a una corporación. "Después de ver a los paramilitares entrar elegantísimos al Congreso en 2004 y ser aplaudidos por parte de los congresistas, la de las víctimas se convirtió en una demanda grupal, social, colectiva, que tomó fuerza cuando estalló el escándalo de la parapolítica", recuerda.
La paz como vocación
Para Cepeda, sentarse en una mesa de negociación, como la de la búsqueda del acuerdo con las FARC, le ha servido para tramitar el duelo. Su proyecto de tesis doctoral versa sobre cómo ser víctima y los estadios que se recorren: el momento trágico, la conciencia, la memoria, la justicia, el castigo a los responsables y, finalmente, la paz y la reconciliación. "Lo que antes te parecía que era un exabrupto, la reconciliación, es la única posibilidad de salir del agujero negro de la violencia", afirma.
En ese giro, la verdad juega un papel fundamental. Cepeda insiste en que "el poder lo tiene la verdad". Citando a Sócrates, dice que no hay nada más difícil pero también más importante que decir la verdad. "Las víctimas tienen un poder especial porque tienen la vivencia de la verdad y la autoridad para contarla. Es una verdad que tiene un cierto grado de incontrovertibilidad", sostiene.
La venganza como obstáculo
Cepeda considera que la venganza lleva a que no aparezca la verdad ni la posibilidad de desactivar los mecanismos violentos. Cita a Hannah Arendt, quien dice que el poder es lo opuesto a la violencia. "El poder es la capacidad de los seres humanos de conciliar y crear estructuras políticas que expresan sus convenios. La violencia es la imposibilidad de hacer pactos, de acabarse los unos a los otros", explica.
El fallo de la Corte Interamericana y el perdón del Estado
En mayo de 2010, la Corte Interamericana de Derechos Humanos determinó que el Estado debía pedir perdón por el asesinato de Manuel Cepeda. Para Iván, esa sentencia tuvo un significado político profundo. "Sentí con esa sentencia como un poder que lideró el genocidio contra la UP puede ser derrotado por una acción, una persona o una figura que parece tan insignificante, tan débil como una víctima", señala.
En agosto de 2011, el entonces ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, ofreció disculpas públicas en nombre del Estado. "Germán Vargas lo hizo bien, pidió perdón como había que pedirlo. Y estaba tocado, fue sensible, consciente, y eso lo agradezco porque hasta ese momento el Estado había sido soberbio con la muerte de mi padre", recuerda Cepeda. Ese acto le hizo sentir el potencial político y transformador de las víctimas.
La candidatura presidencial como oportunidad
Cepeda asume su candidatura presidencial como una oportunidad para que el poder de la verdad de las víctimas sea aún más visible, desde la ética y el compromiso. "Pienso que mi candidatura es tal vez una oportunidad para que el poder de la verdad de las víctimas sea aún más visible, desde la ética. Desde el compromiso. Y sirva para hacer un acuerdo de paz distinto", afirma.
Su idea de ese acuerdo de paz es la paz entre todos los sectores políticos, sociales y económicos, o por lo menos un alto al fuego que permita darle un nuevo tono y talante a la política. "Después del dolor individual y del colectivo, me lleno de esperanza. Porque la acción humana tiene aún posibilidades, y a veces pasan cosas que las restauran. ¿Se resolverán los problemas de todo el país y seremos felices por la eternidad? No lo sé. Pero de pronto sí podemos lograr que el país sea mejor, un poco mejor", concluye.



