Hace poco tuve una reunión con mi jefa para hablar sobre diversos temas acerca de mi tiempo en la institución educativa donde trabajo. En medio de esta conversación, ella me hizo una pregunta muy importante. De psicóloga a psicóloga me preguntó: ¿Cómo crees que tu carrera y tu perspectiva profesional te ayudan a ser mejor educadora? En el momento le contesté con todas las ventajas que el ser psicóloga me brinda a la hora de enseñar, como la visión profunda que tengo a la hora de notar y entender a los niños, la capacidad que tengo para conectar con ellos y la mirada global que poseo acerca del mundo que cada niño habita.
La metáfora de la esponja
Cuando salí, me quedé pensando en esa pregunta, y lo que reflexioné es que ser psicóloga también me ofrece un lente muy claro y una perspectiva muy completa sobre todo lo que los niños viven en casa, sobre todo lo que aprenden viendo a sus padres y sobre todo lo que absorben de su hogar, porque como dice el dicho, ‘los niños son como esponjas’. Sin embargo, también pensé en el otro lado de la moneda: las esponjas no solo absorben lo positivo y lo que aporta, sino que también absorben el mugre y la suciedad del entorno en el que habitan.
Así son los niños: observan a sus cuidadores, escuchan lo que dicen, ven lo que hacen y reciben la información de su contexto. Poco a poco, todo este contenido comienza a integrarse en su sistema nervioso, forjando su sentir y su visión del mundo. A diferencia de una esponja de cocina que puedes lavar, la ‘esponja’ del cerebro infantil usa lo que absorbe para construir sus cimientos.
El reflejo del hogar en el aula
En medio de esta reflexión, pensé que esto es lo que veo en mi día a día trabajando con niños: veo el reflejo de sus hogares y del entorno que habitan. Todo lo que ellos dicen y hacen con sus amigos, sus profesoras y hasta con ellos mismos es aprendido o replicado, pues los niños no solo ven, sino que su cerebro a la vez ensaya lo que observa. Gracias a las neuronas espejo, cuando un niño ve a su cuidador reaccionar con gritos ante el estrés o, por el contrario, con calma, el cerebro del niño dispara las mismas redes neuronales que si él mismo estuviera actuando así. Es por esto que esa ‘suciedad’ o, por el contrario, ‘armonía’ a la cual están expuestos en su hogar se integra y se vuelve parte de ellos.
Mis propias raíces
Este hilo de ideas me llevó a pensar en mi propio hogar, en el cual crecí y aprendí junto a mis padres y hermanos. Inmediatamente pensé en las innumerables veces que, de niña, sentada en la mesa del comedor de mi casa en Cali, escuché a mi mamá hablar sobre sus conversaciones con la admirable exsenadora Gilma Jiménez sobre la protección de los derechos de los niños y sus luchas contra la violencia infantil.
Desde que tengo uso de razón, recuerdo las historias que nos contaba mi madre sobre la realidad que vivían cientos de niños en otros hogares del país, sobre el efecto que la violencia, la negligencia y el maltrato tenían sobre los niños, y sobre sus incansables esfuerzos para luchar por esos niños y darle voz a sus derechos. Desde muy chiquita, este es un tema que está presente en mi vida y ronda constantemente por mi cabeza, como mujer, como ser humano y como psicóloga trabajando en pro del bienestar de los niños.
El llamado de los niños
Teniendo esto en cuenta, cuando este tema resurgió intensamente en mi mente hace unos días, lo primero que hice fue hablarlo con mi mamá, la periodista, columnista y mujer ejecutiva fuente de mi inspiración y admiración. En ese momento, me comentó sobre el Conversatorio de niñas, niños y adolescentes con candidatas y candidatos a la presidencia 2026, convocado por la coalición NiñezYA, que tuvo lugar el pasado 22 de abril. Dialogamos sobre esto y sobre la infografía de datos y hallazgos clave sobre las preguntas diseñadas por United Way Colombia y aeioTU para niños en jardines y colegios de seis departamentos del país.
Leyendo, me encontré con la pregunta: ‘¿Qué cosas feas o tristes crees que pasan en Colombia o en donde vives?’. A lo cual estos niños contestaron: “Los papás le pegan a los niños”, “Quiero que me respeten y no me peguen”, “No me gusta la violencia”. Fue en ese instante cuando supe que quería escribir sobre esto, pues inmediatamente me pregunté: ¿cómo es posible que sigamos haciendo caso omiso a la voz de los niños? Ellos no han tomado cursos, ni han asistido a conferencias, ni han leído artículos sobre los efectos de la violencia en su vida. Sin embargo, saben exactamente qué es lo que necesitan para su bienestar y nos lo están diciendo: seguridad, afecto, presencia, calma. ¿Por qué no los estamos escuchando entonces?
La responsabilidad de los adultos
Es completamente natural que los padres quieran siempre lo mejor para sus hijos, y que por diversos motivos, como los sistemas de creencias generacionales, la falta de acceso a información o la repetición de conductas aprendidas, el castigo físico siga siendo una opción a la hora de ‘educarlos’. Sin embargo, creo que ser padres, cuidadores y educadores también conlleva una gran obligación que suele venir implícita: darle importancia a la voz de los niños, escucharlos con atención y estar dispuestos a aprender de ellos con humildad.
Hoy más que nunca debemos generar accesibilidad a la educación parental, para que así la violencia no tenga lugar sobre la mesa. Hoy más que nunca debemos continuar luchando por nuestros niños, para asegurarnos de que puedan crecer en un entorno de seguridad y respeto. Hoy más que nunca la voz de los niños merece ser reconocida y escuchada. Hoy más que nunca porque ya entendemos que existen maneras distintas de criar y cuidar. Hoy más que nunca porque ya está comprobado científicamente que el maltrato es perjudicial para el desarrollo cognitivo, social y emocional de los niños. Hoy más que nunca porque los niños merecen cuidado, afecto y seguridad, y es nuestra responsabilidad como adultos proveerla.
Así que los invito a que nos sigamos educando y aprendiendo, pero más que nada, los invito a que sigamos haciéndoles preguntas reales a los niños y le demos poder a su voz, como lo está haciendo NiñezYA, pues a fin de cuentas ellos mismos son los que mejor saben lo que necesitan para sentirse seguros y respetados, y su voz, a diferencia de la violencia, sí tiene lugar sobre la mesa.



