El ocaso de un escenario revolucionario
La isla de Cuba parece desmoronarse ante los ojos del mundo, víctima del bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos, como si se tratara de un escenario teatral donde la escenografía se deshace a pedazos y la función ya no puede continuar. Actores vestidos con desgastados uniformes verde olivo se agitan en el proscenio, pero sus parlamentos declamados en un lenguaje ideológico que para muchos espectadores internacionales ha perdido todo significado.
De la rebeldía heroica al desencanto histórico
Para las generaciones que vivieron el apogeo revolucionario, Cuba representaba la rebeldía heroica encarnada por ese puñado de jóvenes que combatían en la Sierra Maestra. La Radio Rebelde se sintonizaba en secreto desde Nicaragua, mientras la voz caribeña de Daniel Santos entonaba el himno del Movimiento 26 de julio con compases militares que resonaban como símbolos de esperanza continental.
En aquellos tiempos primigenios, el libro ¡Escucha, yanqui! de Charles Wright Mills se convirtió en una verdadera Biblia juvenil, y solo las guerrillas victoriosas parecían capaces de terminar con las dictaduras militares, las corruptas repúblicas bananeras y las elecciones fraudulentas que asolaban América Latina. Jean Paul-Sartre, tras su visita a la isla, alabó en su serie de reportajes Huracán sobre el azúcar la existencia de una "democracia directa" cubana, y a la muerte del Che Guevara lo declaró "el ser humano más completo de nuestra era".
La transformación de los símbolos revolucionarios
Los años han distanciado o transformado aquellas figuras heroicas que reinaron en el escenario político continental. Fidel Castro, amparado por el mito revolucionario, hablaba frente a centenares de miles desde la tribuna mientras una paloma se posaba en su hombro, símbolo que alimentaba la narrativa de unidad entre líder y pueblo. Se decía que lo que había en la mesa de todos los cubanos era exactamente lo mismo que había en la mesa de Fidel, construyendo la imagen del líder ascético y dedicado.
Mientras tanto, el Che Guevara, aquel "ser humano más completo", ya no se pasea por el escenario en ruinas. Su foto icónica, con la mirada avizorando el futuro y la estrella solitaria en su boina, decoró durante décadas los dormitorios estudiantiles en todo el mundo, adornó camisetas y fue enarbolada en manifestaciones de protesta, hasta que gradualmente fue sustituida por otros íconos como la imagen de Frida Kahlo.
El triunfo de "Castro" sobre "Fidel" en la memoria colectiva
Las palabras marcaban fronteras ideológicas infranqueables: la derrota de los mercenarios en playa Girón para los revolucionarios, Bahía de Cochinos para sus detractores; Fidel para los creyentes fervorosos, Castro para los enemigos de la revolución. Hoy, en la memoria histórica, "Castro" ha triunfado definitivamente sobre "Fidel", y pocos hablan ya del héroe revolucionario, convertido para la historia en un dictador que heredó el poder a su hermano, estableciendo lo que en cualquier dictadura tropical termina siendo una dinastía familiar.
Esta transformación se completa con el hecho de que ahora es el nieto del líder histórico quien negocia el destino de Cuba con Estados Unidos, ese viejo Goliat contra el que tanto se luchó, cerrando un círculo histórico que pocos podrían haber imaginado en los días de gloria revolucionaria.
El silencio de antiguos aliados y el aislamiento actual
Fue bajo aquella luz entre ideológica y sentimental que, veinte años después de la entrada de los barbudos en La Habana, se produjo la revolución sandinista en Nicaragua, otro escenario que hoy también se encuentra en harapos. Sin embargo, de aquella solidaridad revolucionaria queda poco: los antiguos abrazos fraternos se han convertido en mímicas vacías.
¿Hay algún avión, algún barco, que haya partido desde Nicaragua para llevar a Cuba medicinas, leche en polvo o conservas? La respuesta es un rotundo no. En la precavida oscuridad del actual panorama político regional reina un silencio medroso, un vacío que habla más fuerte que cualquier declaración de solidaridad.
Pero los ecos de ese silencio reverberan en todo el mundo. Salvo contadas excepciones como México y Chile, que han enviado ayuda humanitaria, la mayoría de los espectadores internacionales parecen esperar simplemente que el telón caiga de una vez por todas sobre este drama histórico. Rusia y China, antiguos aliados, buscan alejarse discretamente del teatro antes de que termine la tragedia. Incluso esa izquierda internacional que coreaba ¡Patria o muerte, venceremos! permanece callada mientras los cortinajes caen hechos girones, testigo mudo del ocaso de un sueño revolucionario que una vez inflamó corazones y mentes en todo el continente.



