Política exterior colombiana: timidez y mediocridad en campañas
Política exterior colombiana: timidez y mediocridad

Las campañas presidenciales colombianas muestran una notable timidez temática y programática en cuestiones exteriores. La política exterior no moviliza votos, no enciende pasiones ni articula emociones colectivas; se la relega a un lugar marginal dentro del repertorio discursivo de los aspirantes. Es comprensible, pero no justificable, que así ocurra.

Urgencias domésticas y marginalidad exterior

Las urgencias domésticas explican, en parte, que los asuntos globales ocupen el último peldaño en la jerarquía de prioridades. Sin embargo, esa marginalidad persistente solo augura la inercia de más de lo mismo: una agenda reducida, una política tímida, un desenvolvimiento mediocre y, en última instancia, una inconclusión del interés nacional. Colombia ha operado al margen de las grandes preocupaciones mundiales no por razones estratégicas de aislamiento, sino por desconocimientos, desconexiones, parroquialismo y una altísima demanda de preocupaciones domésticas que nublan la vista exterior.

La necesidad de una cancillería sofisticada

Quien aspire a ocupar la presidencia debe comprender que no solo administrará problemas internos, sino que representará al Estado en un mundo permacrítico, polipolar y estructuralmente incierto. Un entorno donde los consensos se han vuelto una anomalía y el ascenso de autoritarismos se perfila como nueva normalidad. El próximo gobierno requerirá una cancillería altamente sofisticada y una comprensión nítida de que la política exterior es un vector estratégico para encontrarle un lugar en el mundo al país.

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Ejes fundamentales de la estrategia exterior

Más allá de afinidades ideológicas, la estrategia exterior debe responder a la culminación de un proyecto estatal. Ese proyecto debería gravitar sobre algunos ejes fundamentales:

  • Seguridad internacional y crimen transnacional: El aspirante debe delinear una estrategia compleja frente a redes criminales sofisticadas que emulan a Estados. Implica replantear la relación con Estados Unidos desde una racionalidad estratégica, incorporando amenazas híbridas como ciberseguridad y actores armados no estatales con proyección regional.
  • Relación con Washington: Bogotá debe calibrar su política exterior en sintonía con la realidad estadounidense. La clave está en una autonomía estratégica con diversificación estructural, abordando narcotráfico, seguridad hemisférica, migración, cadenas globales de valor y derechos humanos.
  • Vecindario y Venezuela: América Latina, especialmente la cuestión venezolana, ocupará parte sustantiva de la atención diplomática. El manejo de fronteras exige presencia estatal efectiva; sin Estado en las fronteras, no hay política exterior posible.

Dimensiones eludidas por los candidatos

Los candidatos suelen eludir la necesidad de adoptar posiciones frente a grandes tensiones sistémicas: la guerra en Ucrania, conflictos en Medio Oriente, el poder de las grandes corporaciones tecnológicas en la geopolítica. Colombia no puede seguir siendo un actor silencioso. La timidez en política exterior se parece a la mediocridad. Colombia es un Estado pequeño estructuralmente, y por eso requiere mayor claridad estratégica. El multilateralismo puede ser un escenario de proyección relevante, con roles activos en misiones internacionales y consolidación de mecanismos de paz en África, por ejemplo.

Ser un país bioceánico y amazónico es una posibilidad de ser atractivos, pero de nada sirve sin coherencia ni estrategia. O somos objeto o somos sujetos en la arena internacional. Los candidatos deben resistir la tentación de clichés y apostar por una doctrina de política exterior. Pensar estratégicamente el lugar de Colombia en el mundo no es un lujo intelectual, sino una condición de supervivencia en un sistema internacional cada vez más exigente.

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