La lección de vida que nos da Margot en sus 88 años
Margot tiene la capacidad de desesperarnos, pero debemos reconocer que la culpa no es suya. Yo personalmente intento mantener la calma y practicar la paciencia, haciendo un esfuerzo consciente por ver el mundo a través de sus ojos. Cuando insiste en que la llevemos al Jardín Botánico y finalmente accedemos, el paseo se transforma en una prueba para nuestros nervios.
El arte de detenerse en cada detalle
Margot se para frente a cada flor, enumera meticulosamente sus colores y pregunta incansablemente por sus nombres. Las observa y las toca con una curiosidad genuina, como si fuera la primera vez que las ve. Mi madre, mi tía y mi hermano, quienes comparten techo con ella, suelen responderle con un "Síí, Margotttt, las tenés en tu casa", utilizando ese tono de voz que delata fastidio ante lo que perciben como repetición innecesaria.
Yo prefiero guardar silencio en esos momentos, aunque ellos atribuyen mi actitud al hecho de que no vivo bajo el mismo techo. Tal vez tengan razón en su observación. Incluso a mí me genera cierta incomodidad tanta contemplación dedicada a una simple hoja: examinar sus venas verdes, medir su tamaño, o presenciar la insistencia de Margot por llevársela a casa, acumulando así los pequeños tesoros botánicos que encuentra en su camino.
La confrontación con nuestra propia impaciencia
Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, sé que mi irritación nace de mi propia incapacidad para estar presente en el momento. Margot, en cambio, domina ese arte. Con sus 88 años a cuestas, vive afortunadamente en un mundo donde ser humano se considera casi una ofensa al progreso. Las exigencias sociales sobre lo que debemos hacer para alcanzar el éxito nos atropellan constantemente.
Como el tiempo para cometer errores parece no existir, terminamos por no hacer nada, creyendo que así al menos evitamos equivocarnos. Hemos renunciado colectivamente al derecho de tener procesos: aprender requiere demasiado tiempo, y lo que realmente necesitamos es producir algo que nos valide inmediatamente. Y debe ser ahora, sin demoras.
La libertad de quien ya no tiene que demostrar nada
A Margot todo eso le resulta completamente indiferente. Ella ya no tiene que demostrarle a nadie su valía. Sus preocupaciones se centran en sus plantas, sus dulces caseros, sus hijas y sus nietos. "¿Cuándo vas a venir?", me pregunta cada vez que nuestras voces se encuentran al teléfono. Mi respuesta es siempre la misma: "En un mes", buscando tranquilizarla. Ella replica preguntando por qué tanto tiempo de espera.
Yo le explico que debo trabajar. Ella me sugiere que pida permisos, que trabaje desde su casa, que nos vayamos juntas a pasear. Su perspectiva es un recordatorio constante de que hay otras formas de habitar el tiempo, formas que hemos olvidado en la carrera del día a día.
Por Laura Camila Arévalo Domínguez, El país de Margot. Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.



