La paradoja de la alimentación saludable: cuando el cuerpo no coopera
En consultorios nutricionales de todo el país, un fenómeno se repite con frecuencia creciente: pacientes llegan con análisis de sangre impecables y dietas meticulosamente planificadas, pero siguen experimentando fatiga, hinchazón abdominal y antojos incontrolables. Daniela Guevara Angarita, nutricionista con amplia experiencia, describe esta realidad que desafía los principios convencionales de la nutrición.
La obsesión silenciosa por lo saludable
"Doctora, ¿pero entonces por qué no me siento bien?" Esta pregunta resuena en consultorios donde personas dedicadas a su bienestar consumen avena con semillas, pechuga de pollo con verduras al vapor y nueces cuidadosamente medidas, incluso practicando ayunos prolongados, sin obtener los resultados esperados. Durante décadas, la ciencia nutricional y la industria del bienestar han promovido una idea poderosa: eres lo que comes. Bajo este lema, hemos desarrollado una obsesión colectiva por el contenido de los alimentos.
La sociedad moderna se ha especializado en contar gramos de proteína, medir índices glucémicos, debatir sobre la inflamación potencial de la leche y perseguir superalimentos exóticos como soluciones mágicas. Sin embargo, una pregunta crucial emerge: ¿y si el problema fundamental no reside en lo que comemos, sino en cómo y en qué estado fisiológico lo hacemos?
El sistema nervioso: el director invisible de la digestión
La nutricionista Guevara propone un cambio de paradigma hacia lo que denomina "la alimentación de la calma" o alimentación consciente. Este concepto sostiene que de poco sirve llenar la nevera con productos orgánicos y saludables si llegamos a la mesa con la mente en el trabajo, el corazón acelerado y los hombros tensionados. La digestión, lejos de ser un simple proceso químico, representa un acto biológico profundamente influenciado por nuestra fisiología más primitiva.
Para comprender por qué el estrés se convierte en el enemigo silencioso incluso de la ensalada más nutritiva, debemos retroceder millones de años en nuestra evolución. Nuestro cuerpo es una máquina perfectamente diseñada para la supervivencia, donde operan dos sistemas nerviosos autónomos fundamentales que funcionan como el acelerador y el freno de un vehículo.
El acelerador versus el freno biológico
Por un lado, encontramos el Sistema Nervioso Simpático, nuestro acelerador interno que se activa ante amenazas percibidas. Su función es prepararnos para la acción inmediata: luchar o huir. Cuando este sistema se enciende, ocurren cambios fisiológicos significativos:
- El corazón se acelera considerablemente
- La presión arterial aumenta de forma notable
- Las pupilas se dilatan para mejorar la visión
- La sangre se redirige hacia los músculos grandes de piernas y brazos
En este modo de emergencia biológica, funciones consideradas no prioritarias se suspenden temporalmente, incluyendo la digestión completa, la reparación celular profunda, el sistema inmunológico en su máxima expresión y las funciones reproductivas.
Por otro lado, existe el Sistema Nervioso Parasimpático, nuestro freno natural y modo de "descanso y digestión". Este sistema debería activarse después de comer, cuando nos encontramos en entornos seguros, permitiendo que:
- La sangre fluya adecuadamente hacia el estómago e intestinos
- Se liberen las enzimas digestivas necesarias
- Se absorban los nutrientes de manera óptima
El problema moderno: amenazas que no son tigres
La paradoja del siglo XXI radica en que nuestro cerebro primitivo no distingue entre un depredador real y un correo electrónico laboral. Una discusión en el tráfico, la presión por llegar puntual al colegio, la exposición a noticias alarmantes o incluso el simple desplazamiento por redes sociales antes de dormir pueden activar respuestas de estrés idénticas a las que experimentaríamos ante peligros físicos.
Cuando vivimos en un estado de alerta permanente, nuestro cuerpo queda atascado en el modo "acelerador a fondo", con el sistema simpático dominando nuestras funciones fisiológicas. "Pasamos la vida con el freno de mano puesto, pero con el pie en el acelerador", explica la especialista.
La consecuencia directa de este fenómeno es que nos sentamos ante el plato más saludable y equilibrado, pero nuestro organismo permanece en modo "huida". Y cuando el cuerpo está programado para escapar, no puede simultáneamente dedicarse a digerir adecuadamente. Esta es una ley biológica fundamental que explica por qué alimentos nutritivos pueden no rendir sus beneficios esperados cuando son consumidos bajo estrés crónico.
