La eutanasia en Colombia: Más que un debate sobre la muerte, una lucha por la vida digna
Hablar de la vida en Colombia implica navegar por narrativas aprendidas de resiliencia y celebración de lo cotidiano: los verdes paisajes, la calidez de la gente y la diversidad que parece sanarlo todo. Sin embargo, detrás de este romanticismo se esconden tensiones profundas que han moldeado a la nación. Entre violencias persistentes, desigualdades históricas y una tradición de justificar lo injustificable, defender la vida se convierte en una tarea diaria y un dilema ético permanente.
Para muchos, discutir la eutanasia en Colombia no se trata de promover la muerte, sino de cuestionar una vida que a menudo no se permite vivir plenamente. En un país conocido por su belleza, sostener la existencia puede volverse imposible, destacando la lucha por defender el derecho a una vida con dignidad.
El sistema de salud: Un laberinto burocrático que agota a los pacientes
Acceder a la salud en Colombia se ha transformado en un litigio constante, obligando a los ciudadanos a convertirse en pseudoabogados. El incremento en las solicitudes de eutanasia no refleja un deseo masivo de morir, sino un sistema incapaz de garantizar condiciones mínimas para vivir. El agotamiento no proviene únicamente de las enfermedades, sino de la burocracia, la violencia institucional y redes de cuidado desgastadas o inexistentes.
Así, el derecho a una muerte digna revela una verdad más profunda: el derecho a la vida va más allá de un cuerpo funcional y significa la posibilidad real de vivir con dignidad, bienestar y sin sufrimientos evitables.
Testimonio personal: Un cuerpo adoctrinado para resistir
Antes de las estadísticas, es esencial hablar desde la experiencia corporal. Soy una mujer de 35 años que, desde los cinco, ha sido territorio de intervención neurológica. Mi voz surge de alguien que creyó en el discurso resiliente de que "vivir siempre vale la pena". Tuve la suerte de contar con una madre que hizo posible lo imposible y una familia que nunca me dejó sola en los largos pasillos hospitalarios.
El coaching resiliente y la espiritualidad me ayudaron a soportar los dolores incomprendidos de una hidrocefalia atípica. Mi vida académica fue un reto de equilibrio entre la pasión por el conocimiento y las convulsiones diarias que me acompañaron desde los 12 hasta los 21 años. Fiel a las ideas de quien desafía los diagnósticos médicos, logré estudiar y alcanzar un posgrado, pero mis reflexiones nacen también de 10 años recorriendo la Colombia profunda trabajando en salud mental.
Se me enseñó a imaginar futuros posibles incluso en la oscuridad, a no rendirme ante dolores inimaginables y a temerle a la muerte. La primera vez que me desahuciaron tenía 12 años, pasando más de un mes en cuidados intensivos. De forma inexplicable, desperté, pero el sistema médico me etiquetó como "histérica" o con "somatización", un título que persigue a los cuerpos femeninos.
A los 21 años, un neurólogo empático investigó mi dolor durante dos años, logrando darme una vida sin dolores. De cientos de profesionales, solo recuerdo la bondad de unos 20, evidenciando que la empatía en nuestro sistema de salud es la excepción, no la regla.
El regreso del dolor y la solicitud de eutanasia
En 2020, mi mayor temor se hizo realidad: el dolor regresó. El reencuentro con el sistema de salud fue devastador, con cambios de IPS, profesionales indolentes y una tramitología asfixiante. Mi cotidianidad se convirtió en un ejercicio de equilibrar el dolor con el trabajo para pagar médicos particulares, mientras veía a mi madre, ya en la tercera edad, agotada.
En 2023, tras dos tutelas y haber invertido mis ahorros en terapias que no llegaban por la EPS, me entregué al cansancio. Solicité la eutanasia no porque quisiera morir, sino por temor a sobrevivir en un cuerpo que el sistema se negaba a entender. Afortunadamente, un equipo médico leyó mi historia clínica y propuso un tratamiento que, un año después, ha mitigado mi dolor en un 90%. Pero la pregunta persiste: ¿qué pasa con quienes no encuentran ese equipo? ¿Qué ocurre con quienes se quedan solas en la burocracia del dolor?
Marco jurídico robusto versus realidad clínica deficiente
Colombia es un referente normativo en América Latina, con avances desde la Sentencia C-239 de 1997 hasta la despenalización para enfermedades no terminales en 2021. Sin embargo, el papel lo aguanta todo, pero la realidad clínica es distinta. Según DescLAB, los procedimientos de eutanasia pasaron de 95 en 2021 a más de 350 en 2024, un incremento que sintomatiza una crisis estructural.
De acuerdo con cifras de Así Vamos en Salud, las quejas ante el sistema aumentaron un 36% en el primer semestre de 2025. En Colombia, la vida digna no se garantiza: se reclama judicialmente, evidenciando fallas profundas en la implementación de políticas públicas.
El sesgo de género: Un factor invisible en el acceso a la muerte digna
La crisis no es solo administrativa; es relacional y cultural. La formación institucional prioriza la lógica del aguante sobre la del cuidado, y cuando la empatía se erosiona, los estereotipos ocupan su lugar. Aquí emerge un factor determinante: el sesgo de género.
Aunque las estadísticas de acceso a la muerte digna no muestran brechas abismales entre géneros, el camino para llegar a ella es radicalmente distinto. El cuerpo masculino es el estándar médico con el que se analiza y legitima el dolor. Muchas mujeres que solicitan la eutanasia llegan después de años intentando demostrar que su dolor es real, agotadas de justificar su sufrimiento tras un recorrido prolongado de dolor no reconocido y desgaste institucional.
Casos como el de Martha Sepúlveda, juzgada por verse "sonriente y tranquila" al solicitar la eutanasia en 2022, demuestran cómo la apariencia se usa para invalidar el sufrimiento. Similarmente, Ángela Flórez, en su última entrevista antes de acceder a la muerte asistida en noviembre de 2025, relató cómo su dolor fue minimizado y atribuido a su estado emocional, causando un retraso crítico en su diagnóstico.
Dayan Melissa Gaona y Jackeline Ramírez llegaron a la eutanasia como última opción tras años de diagnósticos tardíos y negación de tratamientos efectivos, ilustrando cómo las mujeres suelen ser subdiagnosticadas por una cultura que traduce el dolor femenino como exageración o histeria modernizada.
Hacia una democracia sanitaria inclusiva
El derecho a morir dignamente es un avance jurídico indiscutible, pero si el acceso a ese derecho ocurre después de trayectorias marcadas por la deslegitimación del dolor femenino, la igualdad formal no basta. Una democracia sanitaria no se mide solo por permitir la muerte asistida, sino por garantizar que nadie tenga que atravesar años de sospecha para que su sufrimiento sea reconocido.
Garantizar la vida digna y la muerte digna para las mujeres con enfermedades crónicas o terminales en Colombia implica desmontar no solo las barreras administrativas, sino también los prejuicios que deciden qué cuerpos son creíbles y cuáles deben seguir justificándose.
Francisca León, paciente crónica y defensora de Derechos Humanos
Por Columnista invitada
Por María Francisca Romero



