Crónica desde el corazón: Un día en la única sala de consumo supervisado de Bogotá
Un día en la única sala de consumo supervisado de Bogotá

Un refugio de dignidad en medio del caos urbano

En el corazón del centro de Bogotá, donde el ruido de los vehículos y el trajín de recicladores marcan el ritmo diario, existe un pequeño espacio que desafía la indiferencia urbana. Se trata de la única sala de consumo de drogas supervisada de la ciudad, un proyecto llamado 'Cambie' que ha transformado su impacto de manera notable: mientras en febrero de 2025 atendió a 56 personas, en el mismo mes de 2026 la cifra se triplicó, alcanzando los 160 usos.

Un oasis donde la humanidad prevalece

Beatriz García, enfermera del lugar, recibe a los visitantes con una calidez maternal mientras mantiene el espacio impecable. "Aquí, el primer paso para sentirse humanos otra vez es cruzar una puerta que no juzga", afirma. Para quienes llegan -muchos marcados por años en las calles, el polvo y el desgaste- este recinto representa algo radicalmente distinto: un lugar donde no importa su apariencia, sino su condición humana.

El flujo varía diariamente: desde cinco o seis personas hasta treinta. Cada una trae historias de calle, soledad y rechazo. Afuera enfrentan discriminación constante; adentro encuentran reducción de riesgos y acompañamiento genuino. "Si hay alguna sobredosis, sabemos cómo reaccionar y cómo revertirla. Así como ellos entran caminando, salen por sus propios medios", explica Beatriz con la seguridad de quien ha presenciado transformaciones.

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Resultados tangibles que salvan vidas

Las cifras hablan por sí solas:

  • Desde su apertura en 2023, el programa ha superado los 3.000 usos
  • Cuenta con más de 100 usuarios registrados
  • Ha atendido y revertido 15 sobredosis, cuatro fuera del dispositivo
  • Distribuyó más de 650 dosis de naloxona, revirtiendo otras 18 sobredosis en entornos comunitarios
  • Entregó más de 60.000 jeringas estériles y recolectó más de 18.000 usadas

Estefanía Sánchez, directora del programa operado por la Corporación Acción Técnica Social, destaca que este es el primer dispositivo de su tipo en Colombia. El crecimiento en la demanda responde a la confianza construida, la necesidad de espacios seguros ante la variabilidad de las sustancias y el acceso a servicios normalmente inalcanzables.

Voces desde el interior: "No somos la droga que nos inyectamos"

Lorena, trabajadora "par" que acompaña desde su propia experiencia como usuaria, explica: "El hecho de que yo consuma no define quién soy. También estudio, trabajo y aporto". Su rol incluye orientar, corregir prácticas inseguras y estar alerta ante riesgos. "A veces vienen solo a sentarse, a comer, a hablar. Eso es lo que les hace falta: ser escuchados", añade.

Camila, usuaria del lugar, llegó a Bogotá hace dos años y conoció la sala pocas semanas después. "Yo, que he viajado y conozco, digo que esta sala es lo mejor", afirma. Habla de la discriminación que enfrentan quienes consumen heroína: "Somos seres humanos que estamos padeciendo una enfermedad". En su caso, el consumo llegó tras perder a su hijo y sus padres. "Quedé sola. La droga fue un refugio", confiesa.

Álex, venezolano de 24 años, resume: "Nos dan comida, ropa, estabilidad. Aquí hay protección". Diego, que empezó a consumir a los 13, coincide: "En la calle lo tratan muy mal a uno. Aquí somos familia". Y sintetiza lo que muchos sienten: "No somos la droga que nos inyectamos, somos personas".

Transformaciones silenciosas y desafíos persistentes

El equipo ha registrado cambios significativos en los comportamientos: reducción en la reutilización e intercambio de jeringas, aumento en prácticas de autocuidado y mayor devolución de material usado. Estas transformaciones, aunque silenciosas, son clave para disminuir riesgos en salud y mejorar la convivencia.

Sin embargo, los retos son enormes. El programa no cuenta con financiación estatal y depende de cooperación internacional, limitando su crecimiento y sostenibilidad. Muchos usuarios carecen de documentos, no están afiliados al sistema de salud o no son recibidos en instituciones por su condición. Otros no acceden a medicamentos o especialistas, a pesar de que los síndromes de abstinencia pueden ser severos.

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Beatriz insiste en la necesidad de reconocer la realidad: "El sol no se puede tapar con un dedo". Considera que deberían existir más espacios como este en Bogotá, capaces de reducir riesgos, salvar vidas y ofrecer alternativas reales.

Una década de trabajo comunitario

Detrás de este espacio hay más de diez años de labor. Desde 2010, la organización identificó el aumento del consumo inyectado e implementó estrategias de reducción de riesgos. En 2015 introdujo la naloxona en el ámbito comunitario y en 2023 dio el paso crucial con la apertura de la primera sala de consumo supervisado del país.

El objetivo es claro: prevenir muertes evitables y reducir daños asociados al consumo, incluyendo disminuir la transmisión de VIH y hepatitis, evitar sobredosis fatales y reducir el consumo en el espacio público. "Esto no es alcahuetería", aclara Beatriz. "La problemática existe y lo que hacemos es encaminarla".

El trabajo también se extiende a la comunidad circundante. Mediante acuerdos con vecinos, el equipo ayuda a retirar jeringas del espacio público mediante jornadas de recolección, buscando reducir riesgos y mantener la convivencia en el sector.

Al final del día, lo que ocurre en este lugar trasciende las estadísticas. Se materializa en un café caliente, una conversación sincera, una curación cuidadosa o un abrazo oportuno. En un espacio donde, temporalmente, quienes llegan dejan de ser señalados para ser reconocidos como personas. En una ciudad que aún lucha por comprender este fenómeno complejo, esa diferencia humana no solo transforma vidas: literalmente las salva.