Los barrotes que se levantaron en el barrio La Concordia cuentan la historia de una cárcel que el tiempo borró. Mucho antes de Palogordo o de La Modelo, la cárcel de hombres tuvo otros barrotes y otra historia. El viejo presidio funcionó durante varias décadas en la parte baja de lo que hoy es el barrio La Concordia, en los límites con San Miguel, justo donde actualmente rugen los motores y el tráfico se entrecruza entre la calle 50 y la Diagonal 15.
En ese punto, hoy ocupado por talleres mecánicos, buses y comercios, se levantaba a comienzos del siglo pasado una casona sombría de muros gruesos, ventanas enrejadas, garitas de vigilancia y rastrillos. Allí, en 1908, fueron adecuados los calabozos que reemplazaron a la antigua Cárcel Real ubicada detrás de la Alcaldía, en el Parque García Rovira, la misma que desapareció con la construcción del viejo Palacio Municipal.
Una cárcel sin celdas
Al principio, una de las características únicas de la cárcel La Concordia era su falta de celdas o calabozos, como lo recuerda Guillermo Díaz Arenas, de 80 años, vecino por varios años del centro de reclusión. Con el tiempo, esa condición inicial daría paso a una estructura más formal de encierro, acorde con las exigencias penitenciarias de la época.
La historia de aquella prisión quedó ligada para siempre al nacimiento del sector. Años antes, el presidente Rafael Reyes había impulsado en la zona una plaza que bautizó precisamente con el nombre de La Concordia, un gesto simbólico tras las heridas dejadas por la Guerra de los Mil Días. La intención era invocar calma en medio de los odios políticos aún latentes, en una ciudad que apenas empezaba a recomponerse.
Por eso, levantar allí una correccional masculina parecía estratégico para las autoridades. El lugar era entonces ‘apartado’, poco habitado, rodeado de barrancos y matorrales densos. Nada se parecía al paisaje urbano que hoy lo rodea. En aquellos días, el silencio solo era interrumpido por el paso de mulas y viajeros que entraban o salían de Bucaramanga.
El fin de la prisión y el inicio de la avenida
La vieja prisión de La Concordia funcionó hasta el 24 de febrero de 1961, cuando la edificación dejó de responder a las necesidades de una ciudad en crecimiento constante. Ese día comenzó su final. Poco después fue desocupada y el sector terminó transformado con la apertura de la Diagonal 15. Hoy, quien transite por allí difícilmente imaginará que en medio de esas vías existió una cárcel.
El antiguo terreno quedó atravesado por una gran avenida y rodeado de construcciones que aún sobreviven entre las calles 49 y 50, y las carreras 17 y 17B. Desde ese rincón, ahora dominado por talleres y negocios que fueron reemplazando el antiguo parque Regueros Peralta, todavía se perciben restos de la memoria urbana de la Bucaramanga de ayer.
Un núcleo comercial en crecimiento
Y es que La Concordia llegó a convertirse en un importante núcleo comercial de la ciudad. Muy cerca de la prisión circulaban arrieros y provincianos atraídos por el intercambio de sal, tabaco y panela. La carrera 17, entonces empedrada, era paso obligado de viajeros porque conectaba la antigua Puerta del Sol con el centro de la ciudad. Los vecinos más antiguos aún recuerdan que, a la altura de la calle 54, funcionó la primera posada del sector: El Volga, parada inevitable para quienes llegaban agotados de los caminos polvorientos.
También fue célebre la pileta pública inaugurada en 1935 frente a la cárcel. La fuente abastecía de agua fresca a los habitantes del barrio y terminó convirtiéndose en un punto de encuentro cotidiano.
El nacimiento de La Modelo
Mientras la ciudad crecía en todas direcciones, también aumentaba la población carcelaria. Se hizo inevitable entonces construir un nuevo penal, más amplio y acorde con las necesidades de la época. Así nació la cárcel de La Modelo, levantada en un predio de la calle 45 entre carreras 4 y 6, en el barrio Alfonso López.
Todo ocurría a gran velocidad. Bucaramanga se expandía sin pausa en todas sus direcciones. En esos mismos años empezaban a levantarse casas de tapia y techos de barro, mientras florecían industrias como las cigarreras de los Gamboa y las fábricas de chocatos de los Higuera, pilares del comercio popular alrededor de la plaza de mercado. De aquella cárcel de La Concordia ya no queda nada. Solo sobreviven algunas fotografías amarillentas y el recuerdo de quienes alcanzaron a verla detrás de sus enormes muros.
Hoy, el sector ya no está encerrado por muros de penitenciaría. Está atrapado en otro tipo de encierro: el de la congestión, el ruido y el afán constante de una ciudad que cruza a diario por el mismo lugar donde, hace más de un siglo, Bucaramanga levantó una de sus cárceles más recordadas.



