El chef que descendió al infierno del Bronx: obligado a cocinar restos humanos en Bogotá
Su relato constituye uno de los testimonios más escalofriantes sobre lo que realmente ocurría en el Bronx, un sector donde el horror formaba parte de la cotidianidad. Durante años, las narrativas sobre este lugar fueron consideradas exageraciones o mitos urbanos, atribuidas frecuentemente al consumo de sustancias psicoactivas.
Sin embargo, la verdad se confirmó de manera contundente cuando las autoridades ejecutaron un masivo operativo el 28 de mayo de 2016, con la participación de miles de uniformados que intervinieron el área. Entre las voces que emergieron de las sombras se encuentra la de Óscar Rosas, un chef cuya trayectoria profesional lo llevó por cocinas de hoteles y restaurantes alrededor del mundo, pero cuyo destino lo condujo a uno de los capítulos más oscuros en la historia reciente de la capital colombiana.
De una prometedora carrera internacional a la adicción
Antes de sucumbir al consumo de drogas, Rosas proyectaba convertirse en uno de los chefs más destacados. Su experiencia abarcó establecimientos en Estados Unidos, Brasil, Italia y Holanda. Preocupados por su adicción, sus padres lo enviaron a estudiar a Nueva York, donde lograba sobresalir en las cocinas, pero su dependencia lo perseguía implacablemente.
Sus empleos terminaban sistemáticamente cuando llegaba bajo efectos de drogas o generaba disturbios. Aunque recorrió el mundo ejerciendo su oficio, nunca logró abandonar las sustancias. En un punto crítico, tomó la decisión de regresar a Colombia con el propósito de comprar una finca en Tenjo, formar una familia y dejar las drogas.
No obstante, esa determinación duró apenas una semana. Pronto buscó sustancias más potentes y terminó en el barrio Santa Fe, específicamente en el infame Bronx.
El descenso a los túneles del horror
Para financiar su adicción, Rosas comenzó a trabajar dentro del sector, primero limpiando calles, luego vendiendo y empacando drogas. Con el tiempo, su habilidad culinaria llamó la atención de 'Los sayayines', la organización criminal que controlaba el territorio. Este rol, que parecía una forma de supervivencia, lo llevó al extremo más abyecto de su existencia.
Fue encerrado en un túnel durante tres años, donde fue obligado a cocinar sin posibilidad de salir. El momento más impactante sobrevino cuando comprendió el origen de la carne que debía preparar.
"Saco lo que está en la bolsa de cuero, la extiendo. Cojo el ajo, cojo la cebolla, pero miro bien la carne y era un cuerpo humano completo, sin pies, sin cabeza, sin manos, sin huesos. Miro al sayayin y el sayayin me pega con la culata. Le dije: 'no voy a cocinar eso, eso es piel humana', me dijo: 'no solo lo va a cocinar, lo va a probar y se lo va a comer, o si no nos lo comemos a usted'".
Desde ese instante, su vida transcurrió en un espacio que él mismo describió como un lugar sin salida. "Era una cañería antigua de Bogotá, lo único que cabía era la mesa, el muerto y muchos extranjeros. Era un restaurante de caníbales".
El escape y la nueva vida
Su liberación ocurrió tras intentar quitarse la vida. Se cortó el cuello con una botella, lo que forzó a su custodio a sacarlo del túnel. "Salimos por una puerta al Parque de los Mártires y ahí me dejó botado", relató en el programa 'Los informantes'. Fue trasladado a una clínica, donde logró sobrevivir, pero inicialmente nadie creyó su historia.
Con el tiempo, su testimonio fue respaldado por investigaciones y operativos que confirmaron la existencia de túneles, casas de tortura y redes de explotación dentro del Bronx. Hoy, su vida es completamente diferente. Vive en Floridablanca, Santander, junto a su esposa, donde fundó una organización para ayudar a personas con adicciones, buscando evitar que otros atraviesen por las atrocidades que él experimentó.



