Influencer capturado: el vínculo entre redes sociales y crimen en Barranquilla
Influencer capturado por extorsión en Barranquilla

Durante años, el algoritmo de Facebook convirtió a "el cobradiario de moda" en un rostro familiar para cientos de miles de barranquilleros. El personaje, interpretado por Junior Chacón, aparecía entre chistes, exageraciones y escenas cotidianas del controvertido 'gota a gota': el préstamo rápido, la cuota diaria, el atraso, la amenaza disfrazada de broma y demás. Todo envuelto en humor costeño y una narrativa que normaliza lo que, en estricto sentido, es un delito.

La línea entre personaje y realidad

Fuera de las redes, Chacón no solo representaba al cobradiario, ya que realmente vivía de ese oficio ilegal, según fuentes judiciales. Sus videos no eran una parodia distante, sino una teatralización de prácticas reales, reproducidas casi sin filtros ante una audiencia que superó los 683 mil seguidores. Ese capital simbólico dio un giro abrupto con su captura en un reciente operativo contra la extorsión en Barranquilla y Soledad. No cayó por usura, sino por extorsión.

El operativo y el caso Chacón

La ofensiva fue adelantada por la Policía Metropolitana de Barranquilla, con apoyo de unidades especializadas. El resultado: siete personas capturadas y un menor de edad aprehendido, señalados de integrar una estructura dedicada exclusivamente a la extorsión. Durante los allanamientos, las autoridades incautaron $3.980.000 en efectivo, dinero que correspondería a cobros extorsivos recientes. También fueron decomisadas motocicletas utilizadas para vigilancia y cobro, teléfonos celulares, un arma de fuego, un arma traumática modificada, cartuchos y material intimidatorio, entre ellos panfletos y escritos usados para marcar territorio. Una de esas motos tenía el sello del protagonista de esta historia: Junior Chacón.

Banner ancho de Pickt — app de listas de compras colaborativas para Telegram

La red exigía pagos que oscilaban entre $500.000 y $5 millones, dependiendo del tamaño del negocio. Comerciantes pequeños y medianos, en barrios de Barranquilla y Soledad, quedaron atrapados en el dilema recurrente de pagar para sobrevivir o denunciar y exponerse. En conjunto, registraban al menos cinco anotaciones por delitos como porte ilegal de armas, concierto para delinquir, receptación y tráfico de estupefacientes. Es en ese entramado donde aparece el nombre de Junior Chacón. Su personaje no solo reflejaba una realidad violenta; la amplificaba y la legitimaba. Entre chanzas y bromas, sus videos reproducían prácticas ilegales y, en algunos casos, rozaban la apología de un delito socialmente tolerado.

El patrón se repite

Antes de la captura de Junior Chacón, otro nombre ya había marcado una alerta temprana sobre la relación entre influencia digital, pagadiario y violencia real: Eykon el Cole. José Manuel Albino Barrios, conocido en redes como Eykon el Cole, construyó su audiencia de forma muy similar: desde el mundo del cobrador informal. Durante la pandemia, sus videos, cargados de humor popular, refranes costeños y dramatizaciones exageradas, se viralizaron al retratar escenas reconocibles del gota a gota. Pero Eykon tampoco actuaba desde la ficción. Era pagadiario fuera de las cámaras, y ese oficio era el insumo principal de su contenido.

El 13 de agosto de 2025, ese personaje colapsó. Agentes del CTI de la Fiscalía lo capturaron en el barrio San Luis, por orden judicial, por tentativa de homicidio agravado y porte ilegal de armas. Según la investigación, el 28 de mayo de 2024 habría disparado por la espalda contra Waimer de Jesús Alandete Guerra, vendedor de sopas, tras una discusión por una deuda de 360.000 pesos. La víctima sobrevivió gracias a la reacción de la comunidad. Un niño de ocho años que jugaba cerca estuvo también en riesgo. Los casos de Chacón y Eykon funcionan como síntomas de un mismo fenómeno.

Una puerta de entrada al crimen organizado

Para entender el caso, hay que mirar más allá de los influencers. El gota a gota —o pagadiario— no es solo un préstamo informal. Expertos consultados por EL TIEMPO hablan de este fenómeno como una economía criminal en expansión. En 2024, los reportes oficiales registraron 19 homicidios asociados a cobradiarios en el Atlántico. En 2025, la cifra escaló a 31 víctimas, incluso antes de cerrarse el año. Un aumento del 63 % que, según analistas de seguridad, refleja que la violencia dejó de ser incidental y se volvió estructural.

Banner post-artículo de Pickt — app de listas de compras colaborativas con ilustración familiar

El negocio opera sobre un mapa invisible. Cada barrio tiene rutas de cobro asignadas. Entrar sin permiso equivale a una amenaza directa. Las organizaciones criminales —como Los Costeños y Los Pepes— disputan estos microterritorios porque cada cobrador representa dinero constante y control social. Cuando alguien ingresa a una zona sin autorización o se niega a pagar la cuota exigida, se desencadenan amenazas, atentados o asesinatos. Las llamadas rutas de cobro son más que calles y carreras, son nodos de poder en los que se recauda dinero y alimenta una cadena criminal completa: prestamistas ilegales, cobradores, extorsión, lavado de activos y compra de armas. No es exagerado afirmar que este flujo financiero ha contribuido a sostener la guerra urbana que ha dejado cientos de muertos en el Atlántico desde 2024.

La ilegalidad normalizada

Aunque el pagadiario se ha normalizado en muchos barrios como una solución rápida ante la exclusión del sistema financiero formal, es una práctica ilegal en Colombia. El artículo 305 del Código Penal tipifica como delito la usura y cobrar intereses por encima de la tasa autorizada por la Superintendencia Financiera puede acarrear penas de 32 a 90 meses de prisión, además de multas de 66 a 300 salarios mínimos. Pero la usura rara vez camina sola. Suele ir acompañada de extorsión, amenazas, lavado de activos, concierto para delinquir e incluso homicidio. Las redes que controlan el negocio operan con lógicas criminales y métodos violentos para garantizar el pago.

Esa ilegalidad explica otro fenómeno: los cobradiarios no acuden a las autoridades cuando son amenazados, porque hacerlo implicaría reconocer su propia actividad delictiva. Quedan atrapados en una zona gris sin protección, sin regulación y expuestos tanto a la extorsión como a la muerte. El uso de las redes sociales para legitimar economías ilegales profundamente violentas con humor, cercanía y viralidad opera como blindaje simbólico. Esto diluye la percepción de riesgo y desplaza la discusión de la ilegalidad. Estos tipos transforman prácticas criminales en piezas de entretenimiento cotidiano, pero, a los ojos de la verdad, lo que queda es el mismo mapa invisible del gota a gota y una cadena criminal que no distingue entre personaje e individuo.