La complacencia: el enemigo silencioso que nos vacía y estanca
La complacencia: enemigo silencioso que vacía y estanca

La peligrosa seducción de la complacencia

Complacencia. Una palabra que resuena con cadencia suave, que se desliza por el paladar con aparente inocencia. Este sustantivo femenino, derivado del verbo complacer, esconde una realidad mucho más oscura de lo que su pronunciación melodiosa sugiere. La escritora y speaker Natalia Zuleta nos alerta sobre este fenómeno que actúa como un enemigo silencioso en nuestras vidas.

El disfraz engañoso de la bondad

La complacencia se instala sin hacer ruido, disfrazándose hábilmente de bondad, responsabilidad y madurez. Sin embargo, en su núcleo más profundo, nace de una práctica peligrosa del alma: la necesidad constante de aprobación externa. No es casualidad que la palabra sea femenina, señala Zuleta, pues durante siglos a las mujeres se les enseñó que su propósito en el mundo era cuidar y sostener, incluso a costa de sí mismas.

Esta educación ha creado una dinámica donde ser todo para todos se convierte en la medida de nuestra valía personal. Las mujeres entregan el 100% de sí mismas para ser las mejores hijas, esposas, novias, hermanas, compañeras de trabajo y amigas. Pero cuando lo dan todo, ¿qué les queda? El resultado es un contenedor emocional vaciado sistemáticamente.

El vacío existencial y el agotamiento

Cuando llega el inevitable agotamiento emocional y físico, muchas no saben cómo explicarlo. Incluso llegan a culpar a aquellos mismos que intentaron complacer sin que se lo hubieran pedido. En el trasfondo de esta dinámica hay algo más profundo: un vacío existencial que tratamos de llenar desesperadamente con aprobación externa.

Este vacío se amplifica en una sociedad contemporánea que nos confunde, nos sobreestimula y, paradójicamente, nos desconecta de nosotros mismos. Tememos mirarnos al espejo y aceptar que nos hemos abandonado en una adaptación pasiva al statu quo. La complacencia actúa entonces como una anestesia para nuestra identidad y nuestro carácter auténtico.

La renuncia silenciosa

Pararnos con frecuencia en la cómoda esquina del "deje así" implica renunciar a cuestionar, a incomodar y, fundamentalmente, a poner límites saludables. Nos doblegamos ante identidades colectivas que, en una tensa calma, nos hacen sentir momentáneamente bien. Es más fácil un conformismo elegante que decir no con firmeza para asegurar nuestro bienestar genuino. Más cómodo el silencio que la confrontación necesaria.

Buscamos con frecuencia una estabilidad que, en realidad, nos estanca. A pasos silenciosos, este fenómeno nos envuelve y silencia nuestra verdadera capacidad de ser creadores activos de nuestra propia felicidad. En el ámbito laboral esto se evidencia con particular claridad: construimos una versión pública de "yo puedo con todo" mientras por dentro nos fracturamos lentamente. Confundimos estabilidad con estancamiento y cumplimiento con propósito auténtico.

El peligro de la complacencia colectiva

Existe una dimensión aún más peligrosa: la complacencia colectiva. La historia humana está repleta de ejemplos donde el silencio y la adaptación pasiva sostuvieron injusticias, guerras y atrocidades de todo tipo. La aceptación silenciosa de aquello que nos incomoda profundamente también nos convierte en parte integral del problema.

La complacencia marca ese punto exacto donde dejamos de crecer como individuos y como sociedad, y empezamos simplemente a repetir patrones dañinos. Para Zuleta, este fenómeno representa una involución en el más amplio sentido de la palabra.

El camino hacia la liberación

Tal vez ha llegado el momento histórico de ser un poco más "egoístas" en el sentido saludable del término. De desaprender la ecuación simplista que iguala mujer con complacer. De elegirnos conscientemente y tomar decisiones sin culpa paralizante. De dejar de complacer tanto para simplemente ser más auténticos.

Y este llamado a la autenticidad, como bien señala la escritora, aplica por igual para hombres y mujeres, pues la complacencia como mecanismo de evasión personal no conoce de géneros, aunque haya afectado históricamente de manera particular a las mujeres.