Inundaciones en Colombia: el ciudadano paga dos veces por desastres recurrentes
Ciudadano paga dos veces por inundaciones recurrentes

El doble costo de las inundaciones para los colombianos

En las afueras de Montería, la creciente llegó sin aviso durante la madrugada, cuando la casa aún dormía. Al abrir la puerta, Eugenio encontró el agua dentro de su vivienda. Con esfuerzo logró rescatar a su madre y dos sobrinos, pero después llegaron los golpes, las heridas y ese silencio denso que persiste cuando el susto no se disipa. Al amanecer comenzó la inevitable evaluación de daños: el ñame, la yuca y el maíz quedaron sumergidos, los animales dispersos y la casa inhabitable.

"Eso lo sembramos para pagarle el estudio al muchacho", comentó Eugenio sin dramatismo, añadiendo una frase que resuena demasiado en el territorio nacional: "El año pasado también nos pasó, pero este año fue peor".

De fenómeno climático a variable macroeconómica

La verdadera noticia no es el fenómeno climático en sí mismo, sino el desastre recurrente que genera. Lo que antes constituía una excepción hoy se ha convertido en una realidad estructural. El clima ha dejado de ser un tema meramente ambiental para transformarse en una variable macroeconómica que impacta directamente la infraestructura, la salud pública, la logística, los precios de los alimentos y las finanzas estatales.

Cuando ocurren inundaciones, el ciudadano promedio paga dos veces consecutivas. Primero, con las pérdidas directas: cosechas arrasadas, trabajo rural interrumpido, carreteras cortadas, enfermedades emergentes, escuelas cerradas y precios de alimentos en aumento constante. Posteriormente, con la factura fiscal: impuestos extraordinarios, reasignaciones presupuestales que recortan otras prioridades, deuda más costosa y un Estado que corre detrás de los eventos en lugar de anticiparlos proactivamente.

Una arquitectura financiera para la resiliencia climática

Esta situación no tendría por qué perpetuarse. Si el riesgo es recurrente, la financiación debe ser igualmente recurrente, automática y blindada contra desvíos. Las naciones que mejor están aprendiendo a convivir con un clima más extremo no lo hacen mediante discursos retóricos, sino implementando una arquitectura simple que separa la respuesta inmediata de la reconstrucción y los eventos extremos, estableciendo candados para que los recursos no se desvíen.

Esta arquitectura puede explicarse en tres niveles fundamentales:

  1. Caja rápida (horas y días): Dinero disponible inmediatamente para evacuación, albergues, salud pública, asistencia alimentaria y reparaciones urgentes. Se logra mediante reservas presupuestales preaprobadas y mecanismos que aceleran desembolsos cuando se cumplen condiciones técnicas verificables, como umbrales de lluvia o niveles de ríos específicos. La palabra clave aquí es velocidad, pues la tragedia no espera.
  2. Reconstrucción resiliente (semanas y meses): En esta fase se reparan puentes, vías, acueductos, escuelas y viviendas, pero con una regla fundamental: no reconstruir la vulnerabilidad. Reconstruir "mejor" significa obras con estándares adecuados al nuevo clima, mantenimiento financiado adecuadamente y decisiones territoriales que reduzcan la exposición al riesgo. Esta capa requiere un fondo estable, no improvisado, para evitar caer en ciclos de endeudamiento de última hora.
  3. Protección anticipatoria para eventos extremos: Cuando el impacto es masivo, ni la caja rápida ni el fondo de reconstrucción son suficientes. Aquí entran herramientas para proteger la sostenibilidad fiscal ante choques severos: transferencia de riesgo, reaseguros, mecanismos de mercado y líneas contingentes. No se trata de sofisticación financiera, sino de evitar el pánico presupuestal y el "sálvese quien pueda" económico.

Candados institucionales para el uso transparente de recursos

La discusión decisiva no se limita a los instrumentos financieros, sino que abarca la institucionalidad necesaria para "sellar el dinero". En Colombia, el problema no consiste únicamente en conseguir recursos, sino en garantizar que se utilicen para los fines prometidos sin diluirse en la política cotidiana. Los candados deben incorporarse desde el diseño mismo del sistema:

  • Cuenta separada y destinación específica: recursos en vehículos fiduciarios o cuentas especiales que no puedan financiar gasto corriente.
  • Reglas de activación y elegibilidad claras: uso exclusivo bajo criterios técnicos y categorías de gasto permitidas.
  • Transparencia en tiempo real: tablero público que muestre proyectos, montos, contratistas y avances físicos y financieros.
  • Auditoría externa obligatoria: revisión anual con publicación de hallazgos y consecuencias.
  • Caducidad y reversión: recursos no ejecutados no se reetiquetan; retornan al fondo o se reprograman dentro del mismo propósito.
  • Condicionalidad de resiliencia: si una obra no mejora el estándar frente al riesgo, no recibe financiación.

Cambiando el debate nacional sobre desastres

Esta arquitectura transforma radicalmente el debate nacional. La pregunta deja de ser "¿cuánto impuesto subimos hoy?" y se convierte en "¿qué sistema evita que cada invierno nos cobre el futuro?". Porque improvisar caja resulta extremadamente costoso: castiga a los hogares con precios más altos, a las empresas con logística interrumpida y al Estado con credibilidad fiscal erosionada.

La pérdida de Eugenio no constituye un accidente privado, sino un síntoma público de mayor envergadura. Un país que acepta que el clima representa un régimen permanente debe aceptar también que la resiliencia no es un gasto accesorio, sino la infraestructura fundamental para la estabilidad a largo plazo. El mensaje final es directo e ineludible: o blindamos una caja climática sana -rápida, transparente y orientada a reconstruir mejor- o seguiremos financiando cada creciente con la misma moneda: el ciudadano medio pagando dos veces y el futuro pagando la diferencia acumulada.