El heroico rescate de Gustavo Bohórquez en el accidente aéreo de El Dorado en 1960
Rescate heroico en accidente aéreo de El Dorado en 1960

El día que un joven salvó diez vidas en las aguas heladas de El Dorado

En una casa de retiro del barrio Pontevedra, en el noroccidente de Bogotá, Gustavo Bohórquez Martínez, de 88 años, revive con sorprendente claridad un episodio que marcó su vida para siempre. Aunque el alzhéimer ha comenzado a abrir vacíos en su memoria, la noche del 19 de abril de 1960 permanece intacta en su recuerdo, como si hubiera ocurrido ayer.

Un accidente que conmocionó a la aviación colombiana

Para aquel entonces, Gustavo trabajaba en el recién inaugurado aeropuerto El Dorado, ofreciendo café colombiano a los viajeros nacionales e internacionales. Tenía apenas 23 años y había llegado a Bogotá desde Fresno, Tolima, en busca de oportunidades después de estudiar hasta cuarto de bachillerato en su pueblo natal.

Aquella tarde aguardaba la llegada del vuelo 503 de Lloyd Aéreo Colombiano, procedente de Estados Unidos con escalas en Barranquilla y Medellín. Según reconstrucciones históricas del portal especializado Volavi, el avión Curtiss C-46 con matrícula HK-390 se aproximaba a la pista principal cuando, a unos 430 metros de la cabecera, se precipitó a tierra durante la maniobra final de aproximación.

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Eran las 7:08 de la noche cuando la aeronave terminó destrozada en una laguna cercana al río Bogotá. El impacto dejó 32 fallecidos y 19 sobrevivientes, entre ellos el comandante de la aeronave, el capitán Jaime Velilla.

El instinto heroico de un joven rescatista

Desde el aeropuerto, Gustavo presenció la escena en cuestión de segundos. Recuerda vívidamente cómo el avión descendió demasiado durante el aterrizaje, golpeó la orilla que separaba la pista del río y finalmente se metió en el agua mientras los testigos observaban horrorizados.

Lo que hizo después ocurrió casi por instinto. "Había varias personas alrededor, pero tal vez el único que sabía nadar era yo", relata hoy, con la serenidad que dan los años. Sin pensarlo demasiado, se quitó la ropa, quedó en calzoncillos y se lanzó a la laguna de aguas heladas.

Su formación en los boy scouts durante la infancia, donde aprendió a nadar y recibió nociones básicas de rescate, resultaría decisiva en ese momento crítico. Siguiendo las enseñanzas recibidas en el colegio, sabía que no debía tomar de frente a una persona que se está ahogando, pues podría arrastrarlo al fondo. La técnica correcta era sujetarla por detrás, pasar el brazo por debajo de los suyos y llevarla hacia la orilla.

Nueve mujeres y un piloto: el décimo rescate

Así fue sacando a los sobrevivientes uno por uno. Afuera, otras personas esperaban para ayudarlos y administrarles primeros auxilios mientras expulsaban el agua que habían tragado. En total, logró rescatar a nueve mujeres del agua helada.

Cuando ya estaba exhausto y pensaba salir de la laguna, vio unas burbujas que subían a la superficie. Intuyendo que allí había alguien más, se acercó al lugar y encontró al piloto del avión, atrapado por el cinturón de seguridad. Recuerda haber visto las charreteras de su uniforme antes de liberarlo en cuestión de segundos.

Tomándolo por detrás, como había hecho con los demás, avanzó varios metros cargándolo hasta la orilla. Para ese momento ya estaba muy cansado, pero reunió fuerzas para sacarlo del agua. Cuando llegaron a tierra, pidió ayuda inmediatamente y advirtió que el piloto estaba en muy mal estado. Siguiendo las maniobras que conocía, le presionaron el abdomen para que expulsara el agua. Para Gustavo Bohórquez, ese fue el décimo rescate de aquella noche.

El caótico escenario del rescate

Según la reconstrucción histórica publicada por Volavi, las labores de rescate se realizaron en medio de gran confusión, con participación de bomberos, personal del aeropuerto, voluntarios y personas que estaban cerca del lugar del siniestro. El cuerpo de bomberos del aeropuerto no contaba entonces con equipos adecuados para rescate en la laguna y las primeras maniobras se realizaron con medios precarios.

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Ambulancias y personal médico comenzaron a llegar desde distintos puntos de la ciudad mientras curiosos y rescatistas improvisados se agolpaban en el lugar. En medio de ese caos, el joven que había sacado a varias personas del agua simplemente volvió a vestirse. "Cuando todo terminó, me sequé, me puse la ropa y nadie me dijo nada. Nadie preguntó. La vida siguió", recuerda con cierta nostalgia.

Un reconocimiento perdido y una satisfacción permanente

Tiempo después recibió una carta de la Federación Nacional de Cafeteros agradeciéndole lo ocurrido, pero ese documento se perdió con los años y nunca volvió a aparecer. Anhela volver a tener ese papel entre sus manos, como testimonio tangible de su acto heroico.

Las personas que ayudó tampoco volvieron a contactarlo. A ninguno de los sobrevivientes lo volvió a ver. Aun así, nunca sintió que necesitara reconocimiento. "Me queda la satisfacción de haber ayudado a tantas personas y a sus familias", afirma con convicción.

Hace poco, uno de sus hijos intentó reconstruir la historia y buscar documentos de aquel episodio. No encontraron la carta, pero sí los registros del accidente que sacudió a la aviación colombiana en 1960.

La memoria que resiste al tiempo

En la casa de retiro de Pontevedra, Gustavo Bohórquez habla de aquel momento con serenidad. Explica que actuó por su modo de ser, "por hacer el bien sin mirar a quién" y por aplicar lo que había aprendido a lo largo de su vida.

Puede que el tiempo haya difuminado otros momentos. Pero ese capítulo –la laguna helada, las burbujas que anuncian a alguien bajo el agua, el esfuerzo final para sacar al último sobreviviente– permanece intacto en su memoria.

En una ciudad donde con frecuencia se escuchan historias duras, también vale la pena recordar gestos de valentía como este: el de personas que, sin pensarlo demasiado y aun poniendo en riesgo su propia vida, deciden salvar la de otros. La historia de Gustavo Bohórquez es un testimonio vivo de que el heroísmo existe, a veces en los momentos más inesperados y en las personas más comunes.