La última vez que un periodista entrevistó a Jhon Mario Pájaro Berrío, su vida era el sueño de cualquier persona que hubiera tenido un balón en los pies. Corría 2018. Este samario era una joven promesa del fútbol profesional colombiano, despertando el interés de la prensa por su notable desempeño en la Copa Primera C, donde defendía los colores del Boca Juniors de Cali. Ese equipo le permitió escalar al Deportes Quindío, donde debutó como profesional. Hoy todo es distinto. Una serie de derrotas, lesiones y malas decisiones lo llevaron a la cárcel La Modelo de Bogotá, donde cumple una condena de cinco años por narcotráfico. Es entrevistado en el patio 4B, de delincuencia común. Esta es su historia.
Un sueño truncado
“Nunca llegué a pensar estar en un lugar de estos. Es más, yo cuando pasaba por la cárcel de Santa Marta, decía: ‘Dios, guárdame de un lugar de estos’. Y bueno, aquí estoy. Muchas veces me he soñado que estoy en los mejores restaurantes, los mejores sitios, las mejores mujeres. Pero cuando me despierto, veo la realidad”, dice Pájaro. Paga una doble sentencia: la primera, por intentar traficar droga en 2024, buscando una salida económica tras dejar atrás una carrera prometedora; la segunda, la nostalgia de lo que pudo ser y no fue.
Nacido en Santa Marta, desde pequeño su cuerpo reveló su propósito: contextura atlética, casi un metro noventa de estatura y una fascinación magnética por el balón. Empezó en el Atlético Santa Marta, donde hizo inferiores como volante por la banda, con una zancada similar a la de Cristiano Ronaldo. Como todo deportista con posibilidades de llegar al profesionalismo, se hizo migrante de oportunidades y terminó en Cali, acogido en Maderos Fútbol Club. Aún menor de edad, ya había dejado a su familia en busca del sueño de hacer del fútbol un proyecto de vida.
“Yo me la pasaba en fuera de lugar. Entonces, en un partido me dijeron que me parara de defensa central y me fue bien, y no cambié de posición. De ahí fui a probar a Boca Juniors de Cali, donde quedé. Empecé en las inferiores, fui progresando, ganando títulos. Luego me vieron en Deportes Quindío, donde debuté en 2018 contra Orsomarso, en Palmira”, recuerda. La noche anterior al partido, le tocó concentrar con Wilson “El Pájaro” Carpintero, un hombre con una carrera exitosa que estaba a punto de retirarse.
En el equipo, Pájaro compartió con el arquero Nelson Ramos, quien también cerraba su carrera. “Sus cierres eran muy claros. Hablaba mucho. Es de la costa y tenía un temperamento agresivo. Ordenaba la defensa”, dice. Ramos lamenta aquella vez que visitó La Modelo para un evento benéfico y encontró a Pájaro, a quien recordaba como una joven promesa. “Cuando lo vi, lo único que hice fue llorar y decirle: ¿Qué haces aquí, huevón? Él me abrazó y me pidió perdón. No tenía palabras, porque una persona tan joven, con gran futuro, y verlo en una cárcel vestido con un jean y una chaqueta destruida, fue muy triste”.
El pájaro que dejó el nido
Pájaro fue el primero de su familia en llegar al profesionalismo. Hoy tiene un hermano en la primera división de Grecia y otro en las inferiores del Once Caldas. Su carrera prometedora incluyó casi 20 partidos como profesional en Boca Juniors de Cali. Tras la pandemia de COVID-19, dio el salto al Real Cartagena, donde jugó seis partidos y compartió con José Enamorado, hoy en el Cruzeiro brasileño. Estuvo cerca de fichar por el Sheriff de Moldavia, recordado por haberle ganado al Real Madrid en el Santiago Bernabéu en 2021. Pero lo que parecía una carrera sin techo se derrumbó en un pestañeo.
“Tuve una lesión. Estuve a tres centímetros de romperme el tendón de Aquiles. Me dijeron: si te operas, la recuperación es de 4 a 6 meses; si no, con terapia puede ser de 4 a 7. Por miedo a operarme, decidí recuperarme con terapia. Me recuperé físicamente, pero psicológicamente estaba mal. Cuando iba a patear sentía que me iba a reventar. Fue algo psicológico grave. Me tomé más tiempo del necesario. En total estuve fuera 9 meses. Cuando me recuperé, los compañeros me llevaban demasiada ventaja en ritmo y fútbol. No me renovaron contrato en Real Cartagena”, explica.
Estuvo varios meses inactivo hasta que surgió una oportunidad en Meridiano de Quito, Ecuador. “Me pintaron pajaritos en el aire”, dice. Los empresarios que lo llevaron le hicieron un contrato profesional, pero le pagaron menos de lo firmado, no le dieron alojamiento ni guayos, y ni siquiera lo inscribieron al torneo. Estuvo seis meses entrenando sin jugar. En 2023, regresó a Cali para entrenar con Acolfutpro, la agremiación de futbolistas sin contrato, pero no recibió ninguna oferta. La desesperanza lo obligó a volver a Santa Marta, donde la vida cambió para siempre.
El delito y la caída
“Ahí llega la otra parte de mi historia. De este aprendizaje de vida, donde decido hacer lo que hice, el delito que me tiene aquí. Me puse a andar con droga. Me dejé llevar de la necesidad, del momento, de la angustia, del sueño que veía perderse. Decido viajar con eso, la droga, y en el aeropuerto El Dorado me agarran. Me cogen preso. Fue el 7 de abril de 2024”, recuerda Pájaro.
Desde su celda en La Modelo, un espacio de unos tres por tres metros, compartido, narra su realidad. Tiene una pequeña tula con guayos, ropa doblada en una repisa, una cachucha, elementos de aseo, pastillas, chancletas y buzos para el frío. Una camiseta con su nombre y el número 27. Comparte lugar con presos por delitos comunes, la mayoría por robo y microtráfico. El patio está pintado de azul, con una cancha de microfútbol, cobijas secándose y personas que sobrellevan su estancia a su manera: unos caminan, otros se acurrucan en el piso, algunos juegan parqués. El verdadero deporte es matar el tiempo.
Pájaro no da detalles del contexto de su delito, pero sí de sus consecuencias. Al momento de su captura, estaba de novio con una mujer que, al enterarse, perdió un niño que llevaba en su interior. “La noticia sorprende a mi expareja. Y lo pierdo. Ella tenía 4 meses de embarazo. Era mi primer hijo. Y era niño… era niño”, dice. Aceptó cargos para obtener una pena reducida, que quedó en cuatro años y medio. Perdió contacto con quienes decían ser sus amigos. Solo recibe atención de su familia. Inició de cero, renunciando a navidades, cumpleaños y una vida que se vislumbraba en el horizonte, ahora reducida a un patio que, curiosamente, parece el estadio La Bombonera de Boca Juniors.
No está muerto quien pelea
Esta historia es posible gracias a Fabián Cárdenas, un dragoneante del Inpec que coordina el área de deportes de La Modelo. Cuenta con una cancha de fútbol al interior del penal, utilizada por dragoneantes, internos y el director, el coronel Daniel Gutiérrez. Un espacio con un oscuro pasado: en la época de violencia más cruda, a inicios de los 2000, allí fue asesinado el interno Alfonso Balmes Parra en una vendetta de narcotraficantes del Valle.
“Yo me acuerdo cuando lo vi jugar por primera vez. Saltaba como 70 u 80 centímetros. Tiene un pegue muy duro. Dije: más allá de traerlo a jugar, debemos entrenarlo. Lo veo en un equipo profesional de Colombia. Imagínese en dos años que juegue en el Unión Magdalena. Me encantaría que esta historia llegara lejos. Le dije que se la creyera”, señala Cárdenas. El dragoneante notó dos situaciones: al interior de la prisión hay un talento natural y la condena no tardará en terminar. En los próximos meses, Pájaro solicitará libertad condicional. Por ello, entrena todas las mañanas en la cancha de fútbol.
Pájaro apelará al viento que le favorece: aceptó cargos, es representante de Derechos Humanos de su patio, ha demostrado buen comportamiento y es ejemplo de resocialización. La cárcel está hecha para eso. En un mundo abandonado por el Estado, donde reincidir es lo más probable, Pájaro solo piensa en volver a la sociedad para entregarse al fútbol. “¿Cómo me veo en dos años? Vea —señala un avión que pasa—, cogiendo un vuelo hacia Arabia. O a Europa. A probarme en un equipo. Allá voy a estar. Porque quien se lo propone lo logra. No importa si primero tengo que jugar primera C. Confío en mis condiciones”, dice.
El camino es más difícil que cuando intentaba debutar. Además del paso del tiempo, que en los futbolistas es especialmente delicado, Jhon Mario Pájaro deberá enfrentar una sociedad que estigmatiza a los reos. Pero, como no hay terco que no corone, nada está escrito en este país de historias increíbles. “Mi sueño es jugar en el Junior de Barranquilla. Me estoy preparando para salir y seguir logrando mi sueño, con anhelo, esfuerzo y mucho sacrificio. Vamos para adelante, nunca dejen de desistir por sus sueños, y luchen por ellos. Dios los bendiga”, concluye.



