Diáspora venezolana en Miami revive sueño del retorno tras cambios políticos
En restaurantes, peluquerías y diversos comercios de Doral, Florida, la comunidad venezolana exiliada comienza a hablar abiertamente sobre una posibilidad que parecía lejana durante años: el regreso a su país de origen. La pregunta "¿Llegó la hora de volver?" resuena en conversaciones que mezclan esperanza, nostalgia y cautela.
Conversaciones que resurgen en la comunidad
Mientras recoge mesas en un restaurante, Carolina Corrales reconoce el acento de unos comensales y no duda en intervenir: "¿Son venezolanos, verdad? ¿Es cierto que pronto podemos regresar?". Esta mesera, quien prefirió usar un nombre ficticio por temor, salió de Venezuela hace más de una década cuando trabajaba para Petróleos de Venezuela. "Aún tengo familia en Caracas y no los he podido ver. El 3 de enero sin duda me devolvió la esperanza", confesó mientras continuaba con sus labores.
Según datos del Pew Research Center, en 2024 se contabilizaban aproximadamente 474.000 venezolanos viviendo en Florida, con 254.000 residiendo en el área metropolitana de Miami y otros 127.000 en Orlando. Esta concentración ha convertido a Doral, apodado "Doralzuela", en un epicentro de la diáspora.
Historias de exilio y anhelo
Roberto Marrero, quien estuvo más de un año preso en Caracas tras ser detenido en 2019 cuando trabajaba con Juan Guaidó, ahora exiliado en Miami, declaró a este medio: "Sin duda quiero regresar, ya me apegué a la amnistía y mi apoderado está haciendo el proceso". Marrero, acusado en su momento de vinculación con una "célula terrorista", mantiene su compromiso con la democracia venezolana.
La espera frente al restaurante 'El Arepazo' para un encuentro con el entonces presidente Donald Trump reveló más historias. Un barbero que prefirió no identificarse compartió su travesía: "Me secuestraron en Caracas porque yo era miembro de un partido político. Pasé por Colombia, donde la xenofobia fue horrible; luego por Chile, tuve una hija ahí, y finalmente llegué a México antes de cruzar la frontera con mi familia".
Encuentro político que aviva emociones
El lunes 9 de marzo, decenas de venezolanos esperaron horas bajo el sol floridano para ver a Trump. "¡Tengo que verlo, él es el superhéroe del mundo!", gritó un trabajador de una peluquería cercana. Aunque solo quienes estaban en lista pudieron ingresar, muchos permanecieron en la calle con banderas venezolanas.
Trump llegó a 'El Arepazo' y la euforia fue inmediata. Desde la calle se escuchaban gritos de "¡Gracias, presidente!" en referencia a la captura de Nicolás Maduro. El encuentro duró apenas cinco minutos, pero suficiente para que el mandatario saludara a los trabajadores del local, quienes portaban gorras con la bandera venezolana.
Alexis Mogollón, dueño del establecimiento desde hace más de 25 años, comentó: "Para nosotros es un honor que el presidente haya tomado tiempo para saludarnos. Trump está comprometido con la libertad de Cuba y Venezuela". Mogollón reveló que al mandatario le gusta la comida latina y que se llevó arepas para el Air Force One.
Divergencias en la comunidad
No todos compartían el entusiasmo. Algunos cubanos que preguntaban sobre el movimiento policial mostraron gestos de rechazo al saber de la visita presidencial. Mogollón, aunque no planea retornar permanentemente a Venezuela, sí desea visitarla. Sin embargo, para muchos otros en la diáspora, el anhelo de pisar nuevamente el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía se ha intensificado.
La venezolana que estuvo dentro del encuentro con Trump relató: "Nos dijo que vienen cosas buenas y que está con Cuba y Venezuela". Al salir, el presidente saludó desde su vehículo a los concentrados en la calle, quienes respondieron con gritos de "¡Gracias, Trump, gracias por ayudarnos!".
Estas escenas, repetidas en múltiples establecimientos donde trabajan venezolanos o se reúnen expresos políticos, marcan un punto de inflexión en la narrativa del exilio. Después de años de adaptación a la vida en Estados Unidos, la posibilidad concreta del retorno se instala en conversaciones cotidianas, mezclando emociones encontradas con la cautela de quienes han vivido la inestabilidad política de primera mano.
